El paraíso como industria

  • Theodore Roosevelt narró con desgarrado lirismo, y también con una ponderación excesiva de sus hazañas, su expedición a la selva brasileña en 'El río de la Duda'.

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El río de la Duda. Theodore Roosevelt. Trad. Jaime Moreno Tejada. Ediciones del Viento. La Coruña, 2011. 336 páginas. 22 euros.

A finales de 1903, el ex presidente norteamericano Theodore Roosevelt viaja al Paraguay, por encargo del Museo Americano de Historia Natural, para tomar muestras de la fauna de El Chaco y la tierra lindante con la altiplanicie del Mato Grosso. Le acompañaban en la expedición los naturalistas George Cherrie y Leo Miller, aventureros de renombre, cuyo cometido era la captura de ejemplares autóctonos tanto de aves como de mamíferos. Ya en Río de Janeiro, sin embargo, el Gobierno del Brasil propone a Roosevelt unir su expedición a la del coronel Cándido Rondón, que se dirigía al interior del Mato Grosso para determinar el cauce exacto de un río, nombrado provisionalmente como el río de la Duda. De este modo, entre casual y diplomático, se formaría la expedición científica Rondón-Roosevelt, que se adentró en la selva austral, nunca antes hollada por el hombre civilizado, cuando el Viejo Continente preparaba ya sus armas para la Gran Guerra.

Unos años antes, Rondón había inspeccionado aquellos parajes con el fin de extender la red telegráfica brasileña. No obstante, dicha aventura, que le valió justa fama y la consideración de héroe nacional, casi le cuesta la vida; tanto Rondón como sus colaboradores estuvieron al borde de perecer por las enfermedades infecciosas, la prolongada inanición y el persistente acoso de los insectos. Algo muy similar ocurrirá con esta expedición Rondón-Roosevelt (expedición que el viejo mandatario norteamericano llama, como por descuido, Roosevelt-Rondon), cuando cruzada la invisible frontera de la civilización, se interna en la rala foresta de la meseta. A partir de ahí, el vigorizante paseo cinegético, lleno de pirañas, caimanes y grandes ofidios, dará paso al severo ascetismo del colonizador y del pionero.

De fondo, sin embargo, El río de la Duda plantea empíricamente el giro ideológico operado en el XIX industrioso. Ya no se trata, como en el XVIII, del regreso a la Naturaleza, del benéfico equilibrio que se instaura entre el buen salvaje de Rousseau y la selva circundante. Tampoco es la naturaleza providente del Robinson de Defoe o La isla del tesoro de Robert Luis Stevenson. Quiere decirse que si el XVI encontró en América un eco del paraíso bíblico, el espectro de una pureza arcana, lastrada por el motivo clásico (El Dorado, La Florida, La Fuente de la Eterna Juventud, etcétera), el XIX y el XX de Roosevelt y Conrad, de Livingstone y Stanley, encuentra en la Naturaleza un infierno sin nombre, abiertamente hostil, y susceptible de mejora sólo por la industria humana. Queda muy lejos, pues, la épica virginal de Vaz de Caminha, Hernán Cortés y Bernal Díez del Castillo. Incluso el reformismo ingenuo de Bartolomé de las Casas. La Naturaleza en Roosevelt es bestial e inhumana. Y será el ferrocarril, la agricultura, la ganadería, la industria del caucho, quien la libere, a su juicio, del ominoso estado de naturaleza en que se encuentra. Esta mentalidad, vigente en nuestros días, se complementa con dos facetas, quizá tres, también inclusas en el formidable personaje de Theodore Roosevelt: su ecologismo (él fue quien creó la ley de parques naturales estadounidenses), la pasión cinegética y el desgarrado lirismo con que retrata, en pasajes memorables, los atardeceres del trópico.

No hay contradicción alguna en estos términos: el ecologista, el cazador responsable, es también el alma trémula que sabe -que sospecha- la próxima desaparición de ese mundo. La bárbara naturaleza del Mato Grosso desafiaba al aventurero Roosevelt, de igual modo que la colorida fauna del altiplano le hacía imaginar una tregua, una breve suspensión del horror y la amenaza, de la continuada fatiga en la que se hallaba inmerso. Se trata, con todo, de la crónica de un hombre de acción cultivado en las ciencias. Esto implica cierto sentimentalismo y, también, una ponderación excesiva de sus hazañas. Implica, en última instancia, la postulación del hombre como redentor, alzado contra un horizonte infinito, contra la fauna adversa, contra la impenetrable selva.

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