De libros

Un político diferente

  • El jurista, catedrático y antiguo eurodiputado Francisco Sosa Wagner recorre los grandes hitos de su trayectoria personal y profesional en unas memorias dialogadas con el profesor José Lázaro

Sosa Wagner, en junio de 2011 durante un debate en el Parlamento Europeo sobre el brote de la bacteria E.coli. Sosa Wagner, en junio de 2011 durante un debate en el Parlamento Europeo sobre el brote de la bacteria E.coli.

Sosa Wagner, en junio de 2011 durante un debate en el Parlamento Europeo sobre el brote de la bacteria E.coli. / efe

De los más de 70 años de vida de Francsico Sosa Wagner (Alhucemas, 1946) apenas ha dedicado diez a la política, por lo que hablar de político parece algo descompensado, pero bien es cierto que sin esa proyección pública su figura hubiera pasado inadvertida para la mayoría y raramente se hablaría, por ejemplo, de este libro. En fechas recientes ha sido durante un quinquenio eurodiputado por UpyD (quizá lo recuerden por sus recurrentes pajaritas), del que se fue cuando propuso la unión con Ciudadanos antes de que este partido acabara absorbiendo al electorado del de Rosa Díez, y en la primera legislatura del PSOE fue secretario general técnico del Ministerio de Admnistraciones Públicas, entonces denominado de otra manera, donde desempeñó un papel más técnico que político, fundamentalmente centrado en el desarrrollo legislativo del Estado de las Autonomías y en el municipalismo, fraguando normas que aún siguen vigentes (como la Ley de Bases del Régimen Local, que vino a renovar normas que se arrastraban desde la dictadura de Primo de Rivera).

Si para ser jurista basta con estudiar Derecho y dedicarse profesionalmente a él, para ser un buen jurista hay que escribir bien. Sosa Wagner pertenece al raro y escaso gremio de los buenos juristas, el de los Clarín, Carande, Garrigues, García de Enterría, Martín Mateo, Alejandro Nieto, Tomás y Valiente y un corto etcétera, aquellos cuyos textos más técnicos pueden ser entendidos aun por legos en la materia porque acomodan su conocimiento al lector, lo basan en una clara e inteligible exposición. Ya Stendhal señaló que el mejor francés de su tiempo lo leyó en el Código Civil y Miguel Delibes, que fue catedrático de Derecho Mercantil en la Escuela de Comercio de su ciudad natal, siempre refirió que lo que lo empujó a hacer literatura fue la lectura y el estudio del curso de Derecho Mercantil de Joaquín Garrigues. Los intereses literarios de Sosa Wagner son tan variados que no sólo ha escrito de su especialidad, el Derecho Administrativo (y sería interesante poder expurgar en leyes y reglamentos de su época ministerial su huella literaria), sino sobre las materias más diversas, unas más allegadas a su profesión (ha sido catedrático de la especialidad señalada), como la constitución jurídica del frágil Imperio Austro-húngaro en El Estado fragmentado o la universidad en El mito de la autonomía universitaria, otras más alejadas, como las curiosas biografías de dos personajes decimonónicos, el político español Posada Herrera y el papa Pío IX (sí, el que da nombre a los célebres dulces), haciendo incluso sus pinitos en narrativa (ha ganado premios en este campo, como el prestigioso Café Bretón) y colaborando con artículos, a los que denomina "soserías", en prensa desde hace decenios.

De todo esto habla en diálogo con José Lázaro, uno de los cofundadores de esta nueva editorial. De esto y de muchas más cosas: de su infancia en el Marruecos aún español, adonde se trasladó su padre médico, descendiente de militares; de cómo, pese a tener un abuelo alemán, hubo de aprender este idioma en sus estancias en universidades germanas; de la fructífera y formativa movilidad universitaria perdida desde la malhadada reforma de Maravall (hijo, claro), que lo ha llevado a profesar en Bilbao, Oviedo (ha vuelto allí a cortarse el pelo hasta la jubilación de su barbero) o León (entre su alumnado tuvo a uno nada sobresaliente: Rodríguez Zapatero); de su afición a los toros y y su nulo interés por el fútbol; de políticos españoles con los que ha tenido trato (como Arzallus o Tierno Galván: al primero lo conoció porque dejó de ser el inquilino de la casa que Sosa alquiló al trasladarse a Bilbao, cuando el nacionalista colgó los hábitos y se casó con una rica vasca; del segundo fue compañero de partido y dice que, por su carácter taimado, supo darle la vuelta al destino político envenenado que le dieron González y Guerra, la alcaldía de Madrid); del inexplicable giro nacionalista de la izquierda moderada, en España y en otros países, que la aleja de su ideario fundacional (el de Lassalle) y de los mejores logros conseguidos cuando ha gobernado (con gente como Brandt, Helmut Schmidt y el Felipe González de su mejor época, indica); del empobrecimiento del nivel educativo en general, y del universitario en particular; de su inagotable afición a leer y de su curiosidad insaciable, que lo lleva a abarcar quizá demasiadas cosas; etcétera.

A lo largo de este diálogo, Sosa Wagner repite mucho una palabra: diversión. La mayor parte de las cosas que ha hecho lo han divertido, se lo ha pasado bien. Se nota al leer este libro, que también es divertido, ameno, pero no por ello deja de albergar profundas y jugosas reflexiones y lecciones dadas como de paso. Como saben darlas los auténticos, verdaderos maestros.

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