Las pruebas del horror

  • La editorial Galaxia Gutenberg publica la escalofriante recopilación de testimonios donde Grossman y Ehrenburg documentaron la aniquilación de los judíos en la Unión Soviética.

El libro negro. Vasili Grossman e Ilyá Ehrenburg. Trad. Jorge Ferrer. Círculo de Lectores-Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2011. 1.232 páginas. 35 euros.

No se trata ahora de una obra maestra como Vida y destino, de su predecesora Por una causa justa o de la inacabada Todo fluye, pero hablamos de nuevo de Vasili Grossman. Obra conjunta del escritor ruso y de su colega Ilyá Ehrenburg, este libro terrible tiene en común con la primera, hoy elogiada como una de las grandes novelas del siglo, el haber permanecido oculto durante décadas y por las mismas razones. Ambos escritores eran judíos y comunistas, ejercían el periodismo, se mostraban fieles a la ortodoxia y fueron por ello comisionados para dar fe de las atrocidades cometidas por los nazis en los territorios de la Unión Soviética. Por conveniencia más que por convencimiento, Stalin había accedido a fundar un Comité Antifascista Judío que, siguiendo una sugerencia de Einstein, se propuso consignar en un libro negro los crímenes de los que ya entonces, en 1942, se tenía noticia, de modo que no cayeran en el olvido y pudieran servir de base para las futuras acusaciones contra los verdugos.

Desde 1943, Grossman y Ehrenburg, no sin diferencias de criterio y ayudados por decenas de colaboradores que les enviaban cartas, informes, documentos y todo tipo de testimonios sobre las matanzas, fueron recopilando un ingente corpus que en lo fundamental estaba concluido un año después. Sin embargo, una vez terminada la Gran Guerra Patria, como la llamó la propaganda soviética, a Stalin no le interesaba denunciar las masacres cometidas contra los judíos, dado que él mismo, feroz antisemita, ordenaba sus propios pogromos. Escudadas en el especioso argumento de que no debían privilegiarse unos crímenes sobre otros y para intentar ocultar que en muchas zonas del territorio soviético los pueblos ocupados habían colaborado de buen grado con los criminales, las autoridades prohibieron la publicación de la obra, disolvieron el mencionado Comité y persiguieron a muchos de los redactores, que años después fueron recluidos en el gulag o condenados a muerte.

De este modo, el magno trabajo recopilatorio acabó confinado en los archivos de la Seguridad del Estado. Descontando los fragmentos publicados en la posguerra en Estados Unidos y Rumanía, El libro negro no vio la luz, después de rocambolescas vicisitudes y en una versión incompleta, hasta 1980, en una editorial de Jerusalén. Hubo que esperar a la desintegración de la Unión Soviética para que apareciera publicado en Rusia, en una edición -al cuidado de Irina Ehrenburg e Ilyá Altman- que restituía los pasajes censurados por los burócratas en las sucesivas cribas a las que fue sometido el manuscrito. Sobre esa versión que cabría llamar definitiva, publicada en 1993, ha trabajado el traductor de la edición castellana.

En El libro negro aparecen los nombres malditos de Auschwitz, Treblinka o Sobibor, todos ellos asociados a Polonia, pero la mayoría de sus páginas se dedica a documentar los crímenes de los nazis en Ucrania, Bielorrusia, Rusia, Lituania o Letonia. Las tropas alemanas que invadieron la Unión Soviética en junio de 1941, en el marco de la Operación Barbarroja, lo hicieron acompañadas de los tristemente célebres Einsatzgruppen o comandos especializados en la aniquilación de los judíos y otros grupos "indeseables", responsables de centenares de miles de ejecuciones y asesinatos que prepararon el terreno para la "solución final". En los países citados, el Holocausto no comenzó en los campos de exterminio, que fueron concebidos como último recurso para acelerar, a escala industrial, un plan que ya estaba en marcha.

Precisamente, uno de los objetivos de los compiladores era demostrar que el genocidio fue cuidadosamente planificado y ejecutado por unidades adoctrinadas, al margen de los avances de la contienda. Su acción criminal no podía ser enmarcada, como pretendieron después algunos de los responsables, en el cuadro general de los desastres de la guerra, ni tampoco como consecuencia de una violencia indiscriminada. Hubo muchos millones de víctimas no judías, pero estas últimas fueron objeto de un tratamiento especial desde el principio. El odio racial y la enloquecida convicción de que se trataba de enemigos naturales de imposible asimilación en el nuevo orden que surgiría tras la conquista actuaron como los motores de una persecución implacable que no respetó sexos ni edades. Pero la azarosa trayectoria editorial de este libro demuestra, además, que los no menos odiosos jerarcas de la tiranía soviética no eran capaces de recordar con piedad ni siquiera a sus propias víctimas.

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