Un puñado de vidas en claroscuro

  • Dickens firmó con 'Casa desolada' un complejo fresco social y una de sus obras más pesimistas.

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Casa desolada. Charles Dickens. Trad. José Luis Crespo Fernández. Montesinos. Barcelona, 2001. 756 páginas. 24 euros.

Resumir en unas pocas líneas las vidas que contiene Casa desolada, no digamos ya contar un argumento, obliga a realizar una operación delicada, prácticamente imposible, que pondría en un aprieto importante a cualquiera. Podría decirse que es la historia de una identidad perdida entre sombras y finalmente conquistada, la de Esther Summerson, la deliciosa heroína dickensiana que narra buena parte de los capítulos de la novela; cabría hablar también de un mosaico de historias de amor en casi todas sus formas, desde ese fuego en el pecho que hace creer en la juventud que el mundo no tendrá más remedio que ponerse a nuestros pies, a esas inevitables negociaciones domésticas, hechas de pequeñas renuncias y silencios, que recompensan con algo parecido a la tranquilidad cotidiana. Tampoco puede dejar de subrayarse la tenue pero poderosa intriga que atraviesa todo el libro, ese pleito casi fantasmal que pasa de generación en generación consumiendo literalmente a los miembros de la familia Jarndyce, una trama que se desarrolla en una Cancillería decadente y monstruosa que corrompe y ensombrece cualquier empeño humano, una durísima visión del anquilosado sistema judicial de mediados del siglo XIX que -de no ser esto un atrevimiento o una tontería- se lee como una especie de anticipo de la angustia kafkiana sin el filtro estilístico de la abstracción.

Ninguna de estas pistas, sin embargo, hace justicia a esta novela, la novena del gigante inglés, que la fue escribiendo y publicando por entregas entre marzo de 1852 y septiembre de 1853, porque lo que a la postre fascina y abruma en esta especie de summa dickensiana, que va mutando de sátira a melodrama, de relato de aventuras a intriga policial, de historia de misterio a tragicomedia social, y que hasta incluye un pequeño y encantador esbozo de sus famosas y admirables narraciones espectrales; lo que finalmente conquista, en fin, es la amplitud y la profundidad, ambas prodigiosas y sin embargo logradas sin aspavientos, con una naturalidad y una vivacidad conmovedoras, del extenso ramillete de personajes que pululan por este fresco londinense, cada uno de ellos inmerso en subtramas que -como ocurre en esa convención narrativa tan exprimida en el cine de los últimos tiempos- están relacionadas entre sí aunque no lo parezca en primera instancia, como cosidas por hilos invisibles.

Chesterton y Nabokov admiraron de manera particular esta Casa Desolada, una de las construcciones más complejas de la obra de Dickens y también, por momentos, una de las más sombrías y desencantadas. Una vez citado el aval de estos otros dos gigantes, es preciso matizar que la novela puede defenderse sin argumentos de autoridad, entre otros motivos porque siempre será mucho más elocuente el placer que encierra su lectura. Y es que uno de los grandes logros -el milagro, casi- de este libro es que su rotundo pesimismo nunca aplasta a los personajes, tantos y tan memorables, y cada uno de ellos con su contorno propio. Ellos son el libro. Ellos son la condición humana, el fracaso y el deseo, la compasión, la crueldad, la negligencia, la locura, el placer y la vanidad, son el férreo sistema de clases y la hipocresía de la sociedad victoriana, cuestiones que trascienden su condición de tema, de cavilación ensimismada de un hombre en su escritorio, porque se nos muestran encarnadas en estas criaturas en acción.

Junto a un narrador omnisciente, es la propia Esther Summerson quien relata gran parte de los hechos. No en vano, es quien está más cerca de ser la protagonista de esta historia coral, que arranca cuando ella y dos amigos, Ada Clare y Richard Carstone, son acogidos en la casa de John Jarndyce, un familiar lejano de estos últimos que decide ejercer de tutor y protector de los tres. Los cuatro llegarán a ver el final de ese absurdo pleito judicial, aunque a uno de ellos la obsesión le saldrá demasiado cara y hasta que eso ocurre pasa de todo, desde un crimen hasta el descubrimiento de un terrible secreto ligado al origen de Miss Summerson, cuyo encanto tiene bastante que ver con ese raro don de apreciar las cosas mientras suceden.

Hay muchas virtudes en estas más de 700 páginas (en la edición de Montesinos; casi 1.100 en la más reciente de Valdemar). Todos los personajes crecen, cambian, no siempre para mejor. Ocurre por ejemplo con el inefable Mr. Skimpole, cuya pureza infantil revela un doble filo: ingenuo, encantador y excéntrico al principio, taimado, egoísta y miserable poco a poco. Y al contrario con la aristocrática Lady Dedlock, una deidad cansada, encerrada en su museo de cera lleno de primos lánguidos, aburridos y de patrimonio venido a menos, que va ganando hondura, desde la caricatura hasta la dignidad secreta y dolorosa de una vida trágica, malgastada.

Dickens dedica no pocas páginas deliciosas a dejar en evidencia la estupidez congénita del pensamiento reaccionario, y se aplica con fiereza hilarante en denunciar la endogamia y otros pecados originales de las clases altas, pero en ningún caso se permite el maniqueísmo. En su libro, los sentimientos de las personas son de mejor o peor calidad, pero lo son independientemente de su extracción social. Lo que por otro lado no evita, aquí no cabe duda, que siempre esté del lado de los débiles y los inocentes, de los bondadosos y los generosos. Ahí está, por ejemplo, Jo, ese barrendero a quien una vez le dijeron que ni siquiera era una persona; alguien que "no vive, sino que no ha muerto aún". O ese pobre copista, Nemo, es decir, Nadie, cuya muerte en una soledad y una pobreza infames se narra en un capítulo titulado Nuestro querido hermano: basta leer esa joya, esas páginas eléctricas y emocionantes, en las que despliega el teatro de la vida, la grandeza y la vileza de la especie humana, para admirar el magisterio de Dickens, para querer darle un abrazo por no perder la esperanza, a pesar de todo.

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