La verdad desnuda

  • 'HIROSHIMA'. John Hersey. Trad. y prólogo de Juan Gabriel Vásquez. Debate. Barcelona, 2015. 184 páginas. 19,90 euros.

Eran las ocho y cuarto de la mañana del 6 de agosto de 1945 cuando el "silencioso resplandor" se abatió sobre Hiroshima, señalando con absoluta precisión el inicio de la era atómica. El hongo nuclear, los cadáveres apilados, la niña corriendo con los brazos extendidos, las vistas aéreas de la ciudad devastada, la memoria colectiva guarda para siempre estas y otras imágenes de un horror que no admite calificativos, pero esa memoria está hecha también de palabras y entre ellas las de John Hersey ocupan un lugar ineludible. Publicado en 1946 por la revista New Yorker, que le dedicó un número monográfico, Hiroshima ha sido calificado como el reportaje más famoso de la Historia, pero más importante que la formidable repercusión que obtuvo en su momento es el que su lectura, casi siete décadas después, siga siendo tan emocionante e iluminadora como entonces. Como afirma el traductor, Juan Gabriel Vásquez, los norteamericanos, acogidos al falaz argumento de que el uso de la bomba ahorró vidas, no se habían mostrado interesados en observar de cerca los estragos causados por la decisión de arrojarla. Hersey les mostró y nos muestra cómo lo vivieron los habitantes de Hiroshima.

Lejos de regodearse en el patetismo, el periodista fue a lo concreto sin perder el tiempo en debates teóricos o condenas expresas, cediendo todo el protagonismo a las víctimas. Sobrio, riguroso, estrictamente factual, su relato refiere la experiencia de seis personajes -la viuda Nakamura, el padre Kleinsorge, la señorita Sasaki, el reverendo Tanimoto y los doctores Sasaki y Fujii- llamados no supervivientes, palabra que los japoneses tendieron a evitar para no ofender la memoria de los muertos, sino "afectados por la explosión", pues las consecuencias de la misma fueron perdurables a una escala desconocida y de hecho el propio Hersey escribió un capítulo posterior (1985) referido a Las secuelas del desastre, donde retomaba años después los maltrechos destinos de sus protagonistas. Magistral en su forma de manifestar compasión desde una distancia teñida de respeto, el reportaje vale también como admirable paradigma del objetivismo que define, mucho mejor que la retórica del yo con la que se adornarían los mitificados reporteros de la nueva ola, el reto moral de la tarea periodística.

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