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Agonía con final feliz

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Enfrente del Pabellón Fernando Martín, en una cafetería llamada La Fortaleza, Luis Casimiro apuraba de buena mañana un cortado. A su lado, Salva Guardia y Jorge García con sendos solos con hielo. Camaradería, normalidad. Como quien va a la oficina un martes. Llevan muchas batallas los tres en el baloncesto. Fortaleza, un sustantivo que remite a lo complicado que es ganar en el pequeño pero ruidosísimo cubil fuenlabreño. El Partizan de Belgrado inoculó el virus del baloncesto aquí en el año 1992, cuando hizo de la ciudad madrileña su hogar en el exilio por la guerra de los Balcanes y enganchó a miles de fieles. Djordjevic, Danilovic, Rebraca y compañía, con un Zeljko Obradovic recién retirado a los mandos, acabaron ganando esa campaña la Euroliga, con aquel triple del calvo Sasha, entonces todavía con un poblado flequillo. En Badalona todavía lo recuerdan, 15 años después. Aunque tienen un buen paño de lágrimas en la banda de Rudy y Ricky, los hijos de los Jofresa o Villacampa, que emocionan ahora a la cuna del baloncesto español.

Una promoción fabulosa aquella partisana, como la constante producción de valores de la fábrica verdinegra. A su manera, el Unicaja también tiene una generación quizá irrepetible por lo que significa. Entraron en el club, como muy tarde, en infantiles. Son malagueños que crecieron extasiados con el subcampeonato de 1995. Desde entonces, distintos caminos para converger en su plena madurez con actuaciones como la de ayer.

Berni, Cabezas y Germán, los juniors de oro hechos hombres, regalaron una memorable actuación colectiva para enchufar una bombona de oxígeno a un Unicaja desconocido, en el sentido positivo. Se agarró el equipo de Scariolo con una fe y un oficio encomiables a un partido perro, incómodo, agónico, a la vez visualmente agradable, que el Alta Gestión, curiosa amalgama de juventud y veteranía para producir un bloque interesante, vendió caro. No salía airoso en este último año y medio de partidos de este registro el Unicaja. Pero ayer sí (82-89), una victoria capital en la contrarreloj en la que está inmerso para llegar a Vitoria. Como Perico en Luxemburgo, como casi cada año con Scariolo en realidad, llegó tarde a la salida el Unicaja. Pero remonta y ya ve al pelotón. Concretamente, el octavo está a una victoria. El colchón de errores sigue escaso, pero intacto, aunque se divisa la alta montaña: Madrid, Akasvayu, Barça y Joventut.

El trío malagueño fue el trípode en el que se asentó el triunfo malagueño. 49 de los 89 puntos (un 55 por ciento) llevaron su sello: 18 del renqueante, de rodilla y no de muñeca, Gabriel; 16 de Cabezas, magistral con dos triples matadores para sentenciar el encuentro; y 15 de Berni, continuo en su producción ofensiva a lo largo de partido, atenuando atrás los efectos de Tomas. Popovic, Welsch y Santiago confirmaron, con matices, su tendencia alcista. Y Jiménez y Ndong cumplieron con su habitual solvencia. Es lo que hay, ocho hombres.

En un estrecho hilo se movió el partido. La máxima renta local coincidió con el descanso (55-49), después de encajar el Unicaja un doloroso parcial de 11-0, con algún error imperdonable, del que no se habría levantado hace poco. El tope de diferencia a favor malagueña se cifró al final del partido (82-89). En esos escasos 13 puntos (de -6 a+7) osciló la aventura. Kus se lesionó en la espalda y dejó mermada la ya disminuida rotación exterior. 55 puntos, excesivos, recibió el Unicaja en la primera mitad. Los dos equipos montaban una fiesta en los 6,25 (67 por ciento al descanso para los locales). Pero Scariolo y los suyos la cortaron en la segunda mitad. Subieron la presión varios grados para reducir a la mitad la producción ofensiva del rival (27). El Unicaja supo derribar la fortaleza en la que se refugiaba Casimiro para beber café. Con un ariete tricéfalo: Cabezas, Germán y Berni. Desde la factoría de Los Guindos.

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