España gana su amistoso

LAS semanas son largas, siete días nada menos, y en fútbol aún más. Los días se desgranan pesadamente y al aficionado empieza a hacer sus cuentas y sus quinielas para el fin de semana que llega, mientras la tensión aumenta. España afronta tres largas jornadas de espera, el domingo el destino le ha ofrecido una vez más la oportunidad de ahuyentar viejos demonios futboleros y el país contiene la respiración. El perenne fantasma del cuarto de final vuelve a asomar, y además ante una de las selecciones calificada de grandes, aunque habría que concretar diciendo: Francia o Italia.

El recuerdo de la puñalada de Baggio, el afilado codo de Tassotti y la húngara expresión lechosa del árbitro Puhl ante la sangre de Luis Enrique traumatizó al aficionado en el Mundial yankee, y no es que el español sea rencoroso, pero es que hay cosas que no se pueden soportar. Tres días de espera que ayer se rellenaron con un amistoso privilegiado en Salzburgo y éstos se nos dan bien. Un caro partido para el español que se ha cruzado media Europa con la promesa del encuentro vital; y que se vio en medio de un duelo deslavazado, en el que la Roja se jugaba demasiado poco. Pero las ganas de triunfo no nos la quitó nadie y nada mejor que un tanto postrero para salir contento de un estadio.

Rusia crece

Otro gol en el último minuto que nos deja con la sonrisa. ¿Será el famoso trasero de Luis? Y España, que no quería ser menos, termina invicta en su grupo, pero eso ya no cuenta porque el horizonte amanece azzurro. Ayer fue un partido extraño, para inhabituales, para caras nuevas, en el debut de un grupo de hombres que sólo han jugado juntos en los entrenamientos. Con Güiza peleando cada aliento, Iniesta recuperando su peso y Xabi Alonso repartiendo diagonales. Cesc siguió con su psicoanálisis particular en una búsqueda a la que no se le adivina el final y es que, cuando se está acostumbrado a ser corazón, cuesta reconvertirse en riñón. Y eso es lo que daba Dani Güiza por su golito, hasta que llegó para batir al heleno.

La Grecia de Rehhagel siguió interpretando su rol plano de toda la Eurocopa. Torito Karagounis se empeñó en animar el partido y Charisteas tuvo su déjà vu particular para mostrar nuestros defectos. Luis enseñó a España que sus suplentes no florecen como los tulipanes, pero dan para ganar.

En el otro duelo del día, Rusia empezó a asustar a costa de una Suecia que, de inmóvil que era, se congeló. La velocidad y movilidad del impecable Zenit de Guus avasalló la torpe lentitud, falta de cintura y creatividad de unos nórdicos desalmados. Los rusos se dieron un festín cosaco para lamento sordo de un Isaksson abandonado. Hiddink ya mira a Van Basten de frente, orgulloso de la velocidad a la que Rusia crece con los días.

Y, sin pausa, comienzan los cuartos con el apetecible Portugal-Alemania. Basilea se declara lusa, también la cabeza, pero los alemanes andan sobrados de corazón. Todo o nada.

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