Iniesta, eterno cascarón de huevo

  • El genio manchego, con cero goles y cero pases de gol en su discreta campaña, regatea las críticas como regatea rivales No termina de estar cómodo en el rol que le pide Luis Enrique

"Cascarón de huevo". Dícese del niño que en la calle, dentro de la pandilla, recibía un trato especial, a la hora de jugar, por su debilidad física ante el grupo, por encontrarse enfermo o lesionado en ese momento o por ser inexperto aún en la materia en cuestión. Un término de la jerga callejera, quizá en desuso entre los retoños de hoy, pero que los lectores cuarentones seguro que utilizaron en sus años mozos.

Es probable que Andrés Iniesta, cuando jugaba al fútbol en las calles de Fuentealbilla, jamás fuera cascarón de huevo. Vista su magia con la pelota, no necesitaría privilegios ni protección alguna ante los grandullones. Todo lo contrario que hoy, ante la opinión pública. Ante la agresiva y bullanguera prensa para la que el Barça es el epicentro del mundo. Con todo merecimiento, es el segundo que más cobra en la plantilla azulgrana, con 18 millones de euros brutos al años. Pero esta temporada es aún más discreta que la pasada. Lleva cero goles y cero asistencias tras 24 jornadas. Cierto que condicionado por las lesiones, sólo ha sido titular en 12 partidos, y en otros tres salió desde el banquillo.

Con esa minúscula aportación, si el segundo mejor pagado del Barça hubiera sido otro cualquiera, y no Iniesta, la prensa afín ya le hubiera lanzado más de un envenenado dardo, sobre todo en ese periodo, tras la noche de Anoeta, en el que el proyecto de Luis Enrique amenazaba con derrumbarse.

No obstante, Iniesta sigue sorteando las críticas con la misma naturalidad, con la misma ligereza, con que sortea rivales sobre la hierba cuando conduce la pelota como sólo él sabe hacerlo. Xavi, que cuando cuelgue las botas será despedido con unos honores nunca antes vistos en el gran club catalán, ya ha pagado la factura que todo ídolo debe acometer cuando enfila el ocaso. Le va en el sueldo. Otros referentes como Piqué o Busquets también han sido sometidos a un tercer grado cuando empezaron la temporada muy lejos de su nivel habitual. Hoy, ambos se asemejan a los que ayudaron a levantar aquel equipo tan campeón. Hasta ese dios pagano que atiende por Leo Messi vio cómo alguna caña se tornó en lanza cuando se planteó si el Barcelona es el mejor entorno posible para su magna figura. Pero a Iniesta, ni tocarlo.

Y el manchego, mientras, trabaja con denuedo por subirse a ese carro al que ya se han subido casi todos los puntales del vestuario. Él y Daniel Alves aún no se han encaramado.

Iniesta es el gran damnificado por la pizarra de Luis Enrique. La apuesta del asturiano por un fútbol menos elaborado en la medular, llevando el centro de gravedad de su pizarra a la delantera, ha retrasado unos metros al manchego, quien aparece menos como falso extremo por la izquierda. Por allí maniobra Neymar a pierna cambiada y se desdobla una y otra vez Jordi Alba.

Jugar con el trío de delanteros carga de labores defensivas a los medios. E Iniesta, que no estuvo llamado para esas labores con 25 años, se topa de repente con ellas a sus 30 años, que serán 31 en mayo. Y el Barcelona necesita de su luz única ahora que la temporada empieza a decidirse, con el Manchester City hoy en la Champions y el Madrid y el Atlético apretando en la Liga.

Su lesión en el sóleo, durante el clásico disputado en el Santiago Bernabéu a finales de octubre pasado, dificultó aún más su adaptación al nuevo traje que le pide Luis Enrique. Él, con su talante discreto, no ha mostrado ni mostrará el mínimo malestar por su cambio de rol. Su sencillez ha ayudado tanto como su fútbol mágico o sus goles históricos a que sea un intocable ante el aficionado español y también ante la prensa, sea proselitista o no. A que sea un cascarón de huevo... eterno.

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