Un Málaga sin brújula se convierte en huracán

  • Vibrante El equipo llegó desbordado y desalmado al descanso (0-2) y, de la mano de Salva y Duda, remontó con justicia en la reanudación Variante Con todo perdido, Tapia dispuso una táctica anárquica con tres delanteros que liberó un torrente de fe y fútbol

A veces tienes que ver que todo está perdido para darte cuenta de que sólo puedes ganar. Lo hizo el Málaga al descanso, al que llegó mustio y desvalijado por un Almería mecánico y perfecto. Sin el alma de Apoño ni el cañón de Duda, los de Tapia eran un flan. Entonces una frase se estrelló contra las paredes del vestuario: "Si queremos ir a Europa hay que remontar este partido". Así fue. El equipo volvió al campo convertido en un huracán. De fe, de fútbol, de ocasiones. Los de Hugo Sánchez hasta volvieron contentos porque sólo les cayeron tres tantos. Ayer el Málaga fue un corazón tan grande como Martiricos, apagado al intermedio y luego taquicárdico.

Realmente fueron dos partidos en uno, dos partes que se vivieron como una eliminatoria de ida y vuelta. La primera lectura llevó al desengaño más absoluto de la afición. Se temía la baja de Apoño, pero se venía asumiendo desde hacía ocho días; sorprendió la de Duda, dosificado de inicio porque su musculatura andaba inestable y esta semana le toca jugar ante Finlandia y el Valencia. Sin ellos, el Málaga se quedó desnortado. Nadie pedía el balón y así se hizo de noche en el centro del campo. Allí el músculo de Soriano e Iriney pusieron a carburar la máquina rojiblanca, cuyos laterales modernos, Bruno y Mané, cabalgaron sin límites por sus carriles, sobre todo el primero. Con Crusat y Juanma Ortiz disfrutando del cortocuito blanquiazul entre líneas, sólo faltaba que Kalu Uche y Negredo hicieran el resto, el gol. Uno de cada uno, el del nigeriano en un córner donde otra vez Goitia estuvo contemplativo y el del vallecano culminando un contragolpe de manual, enlataron el partido al descanso. O eso creía Hugo, que disfrutaba con la inteligencia táctica de su equipo, su derroche y la pegada.

Tapia, que a posterior no tuvo reparos en reconocer que había planteado mal el partido, se redimió rindiéndose a la anarquía en la reanudación. Quitó a Nacho para arriesgar el sartorio de Duda en busca de una brújula y balón parado. Y sentó a Miguel Ángel e implícitamente reconoció que el Málaga jugaba sin timonel. En lugar de confiar en Pablo Barros, introdujo a Salva para preparar una carga cerrada sobre el Almería. Con el maño y Baha arriba y Eliseu, Albert Luque y Duda campando literalmente a sus anchas, el Málaga fue como ese Madrid desordenado que perserveró en la ida ante los blanquiazules y también el de las noches épicas del Bernabéu, porque bastaron dos minutos para que Luque prendiera la llama de las gradas y el sueño de la remontada.

Las esperanzas pasaban por un gol rápido y así pasó. Bruscamente se produjo esa combustión que desató el vendaval blanquiazul. Jesús Gámez empezó a ser el Bruno de la primera mitad, Calleja vertió otra ración de pundonor y Duda convirtió su zurda en un imán. El Almería quedó aturdido por la psicosis del 2-2 de Montjüic y porque no sabía dónde quedaban fijadas las posiciones blanquiazules salvo las de Goitia, Lolo y los zagueros.

Sin exageraciones, el Málaga ofreció un brillantísimo recital de fútbol. Eléctrico, aunque sin tino. Una máquina de ambición insaciable que hasta el empate tuvo las pupilas del público clavadas en el césped gracias a una intensidad excitante. En el 55, como si fuera una reedición del gol fallado en San Mamés, Baha se dejó atrás un balón que sólo tenía que remachar. Cuatro después Eliseu correteó solo hasta Alves, pero dudó en tirarle la vaselina y se quedó con un ridículo cabezazo sin fuerza desde fuera del área. Segundos después conectó un brutal derechazo con destino de nuevo en el brasileño. Por entonces ya era injusto el resultado, que tampoco se modificó en el 61, cuando la estrategia rematada por Baha la envió a córner bajo palos Negredo, que harto de no olerla arriba se fajó en la defensa apresurada de los suyos. Tampoco ese saque de esquina premió el denuedo, pues Alves levantó otro muro.

Fueron diez minutos vibrantes y pasionarios del Málaga que hacían mascar la heroicidad, aunque de vez en cuando Pérez Lasa amagaba con dejar al Málaga con diez y frustrar el sueño. En ocho minutos había sacado seis amonestaciones contagiado por el frenesí del encuentro. Otra prueba del infernal ritmo propuesto por los de Tapia.

Entonces apareció el destino, vestido de Salva Ballesta, en compensación por el calvario de lesiones que el jueves había cumplido un año. Primero, oportunista él, aprovechó con suspense el despiste de Bruno tras otro servicio de Jesús Gámez. Nunca su marcial celebración había liberado tanta rabia. Acto seguido saltó sobre los operarios médicos y de utillaje que le esperaban en la banda y que el último año estaban siendo más compañeros que su propia plantilla tras tanta hora en los vestuarios. Era el minuto 65 y nadie dudaba ya del triunfo. Él lo rubricó en un claro ejemplo de lo que es hoy: Duda robó, le dio la asistencia soñada y el maño corrió 50 metros más con el alma que con las piernas, que no le daban para mucho. Su último resuello lo cargó en su pierna derecha y en el segundo palo. De ahí al final el Málaga no pisó el freno y Alves puso mucho maquillaje a la derrota. Martiricos vivió una tarde inolvidable.

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