Málaga c. f. | Celta de vigo · la crónica

El Málaga gana un punto

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A veces no se sabe reconocer la valía exacta de un punto. Especialmente en esta Liga donde la victoria te da tres y tú lo consigues en tu estadio, que es un fortín, con la falta de costumbre que esto acarrea. Pero el logrado ayer ante el Celta es de los que uno pone entre los importantes al final de temporada cuando hace sus últimas cuentas. Porque se consiguió ante un equipo que fue superior sobre el terreno de juego, que se puso delante en el marcador, que vio cómo el colegiado le había anulado un gol por fuera de juego inexistente -aunque también debió jugar en inferioridad más de medio partido- y que tuvo en su portero a un espectador privilegiado de lo que acontecía.

Así se resume a grandes rasgos el primer empate del Málaga en la temporada. Un resultado -que en las 14 jornadas anteriores parecía inalcanzable- con sabor agridulce, aunque su regusto final sea, y así debe ser, más que bueno. Pues los de Muñiz pusieron todo ante el mejor oponente que ha pisado La Rosaleda este año, no volvieron la cara en ningún instante, mantienen el liderato y una buena distancia sobre el primer conjunto que no ascendería (el Hércules tiene 23 puntos y está a 8 de los malagueños) y a este Celta de tan buena imagen lo dejan a tres victorias de distancia.

Era un choque en el que ambos contendientes lucían la vitola de favoritos al ascenso. Uno, el Málaga, porque se lo ha ido ganando desde el trabajo que le ha llevado a líder sempiterno. El otro, el Celta, porque su plantilla así lo decía en verano y así lo empezó a demostrar hace nueve jornadas, justo las que llevan sin conocer la derrota, justo las que llevan sin Hristo Stoichkov, que volvía locos a sus jugadores.

Sorprendentemente, esta traza se traducía en que la cautela era el principal valor con el que saltaban al campo. Algo que ya normal en este Málaga que plantea los partidos bajo tres premisas: primero hay que asegurar antes que nada, después hay que estudiar en qué se puede mejorar y cuáles son las debilidades del rival y, por último, sacar provecho de los cambios.

La buena presión y mejor basculación del Celta sin balón obligaba al Málaga prudente de los inicios a jugar con mucha gente detrás del balón y abocaba al fracaso la apuesta por la movilidad de Peragón. Sólo dando velocidad al balón y con las galopadas de Rossato se encontraba la espalda de la zaga celtiña, pero sin inquietar a Pinto.

Todo ello provocaba que los gallegos se fueran creciendo, controlando más el balón y buscando a un Quincy inmenso o, en su defecto, faltas en las inmediaciones del área de Goitia. De estas dos suertes llegaron los dos goles de los de López Caro. El primero, el anulado, vino tras una maravillosa galopada del nigeriano, capaz de irse de cuatro rivales. El segundo, que sí valía el 0-1, llegó de un libre directo, como todos ejecutado por Canobbio, que, sin encontrar rematador, entró por el palo que defendía Goitia.

Curiosamente eran los instantes en los que la entrada de Salva había dotado al equipo de algo más de presencia arriba y Paulo Jorge, ese jugador de altibajos, se había activado. Pero también en los que se mascaba que el Celta marcaba o empataba. Esta discordancia caería del lado malaguista justo un minuto después. De las botas del portugués salió un pase prodigioso a la espalda de la defensa que Calleja aprovechó para fusilar a Pinto.

Se lograba empatar en un momento psicológico. Y de ello se intentó aprovechar el equipo llevado por la euforia hasta que el Celta le metió el miedo en el cuerpo con las constantes faltas que provocaba de tres cuartos de campo hacia el área malaguista. Canobbio las convertía en un punzamiento agudo para el malaguismo. Encima, pese a que en la primera mitad Weligton había leído muy bien estas jugadas, en la segunda no ocurría lo mismo. Siempre había un jugador gallego que conectaba con el esférico.

Y no sólo llegaba el peligro a balón parado, sino que también en jugada. Quizás es que el Málaga juega excesivamente responsabilizado ante su gente en este tipo de partidos en los que no se siente dominante. Así, lo gallegos llegaron a hilvanar una jugada durante un minuto, que acabó en disparo del incomodísimo Diego Costa desde dentro del área. Goitia la detuvo.

Esta agonía la cortó, para suerte del Málaga, López Caro cuando uno a uno fue quitando a los tres hombres que más incomodaron. Sus razones tendría, o al menos se supone. Y hasta a punto estuvo de salirle bien cuando Manchev, aprovechándose de un error garrafal de Apoño, se plantó solo ante Goitia. El meta ganó el mano a mano al búlgaro y ya sólo quedó tiempo para que Contreras viera la segunda amarilla. Y para que se certificara que el Málaga ganaba un punto desde el sufrimiento. Un punto de verdadera valía.

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