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Sobrevivir en pañales

  • Previsible El Valencia desarbola con facilidad a un Málaga despistado como colectivo y con mucho trabajo por delante Reacción La casta de Quincy devolvió al equipo al encuentro, hasta que surgió Joaquín

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Antes de que Rafa Benítez se peleara con Jorge Valdano en la cantera del Real Madrid por culpa de estilos enfrentados (mediados de los 90), el hoy técnico del Inter sembró en la fábrica blanca una impronta en el ADN de aquellas potenciales perlas. Aprendió las técnicas de Arrigo Sacchi, figura de culto con su Milán, en primera persona, siendo un oyente en Milanello. De allí exportó la espartana metodología para construir un equipo: los miembros de cada línea se entrenaban atados por cuerdas, obligados a conocer de memoria a su socio. Jesualdo trae aquí la fe ciega en varias décadas desarrollando el 1-4-3-3. Pero no se trata sólo ponerse el traje, hay que construir un esqueleto y regarlo de un gen ganador. El Valencia pisoteó su nuevo jardín casi con saña. Como bienvenida de la Liga española y como moraleja que sabe a receta.

Se pretende un Málaga eléctrico, veloz por bandas para triturar al oponente. Admirable visto que el alma de este equipo no es, aún no, ganadora. Pesan las cicatrices recientes, los encargos de supervivencia sin respaldo en más estilo que la austeridad. Seguro que Ferreira sabe que su equipo necesita forjar su guardia antes de aprender a golpear. El pentagrama es tan ambicioso que el periodo de transición se antoja angosto. Mientras, corren la competición y los puntos. Lo sabía Emery, gran amante del laboratorio. Vio al Málaga desencadenado y lanzó a los suyos hacia sus agujeros, con hambre voraz.

Tan deslavazado estuvo el conjunto blanquiazul que el Valencia pareció un ciclón desde el primer silbido. Más que eso, se encontró un campo yermo y hurgó a la caza con prisa, castigando la línea de flotación. Llegó el primer misil al tercer disparo y no había aún dos dígitos en el cronómetro. Ya entonces quedó claro que el Málaga era una partitura que nadie descodificaba; el Valencia flotaba en torno a la batuta de Banega.

Y es que se puso el partido canchero, como disfrutaría cualquier argentino del talento de Ever. Sin presión rival, con compañeros volando descaradamente hacia Arnau. Pero aún quedaba un dique: Arnau. Sin él, el partido se habría acabado a los 27 minutos. Y habría empezado el escarnio.

Contenida la sacudida, Quincy apareció como una cantimplora en el desierto. Cabalga contra el viento y contra todos a lomos de una potencia descomunal. Se perfila como un actor que pone en pie los teatros. Sus músculos activaron a sus compañeros. El partido empezó a mirar a César, aunque siempre con la amenaza flotante de las contras valencianistas. Rondón, Papelito y Weligton reclamaron la gloria del estreno, que llegó lamiendo el descanso por la insistencia de Eliseu y el oportunismo del charrúa, que no sólo empató, sino que sembró la esperanza del cambio.

La reanudación rehabilitó al Málaga, aún sin conexión sobre el tapete, pero sanguíneo y ambicioso. Quincy siguió desafiando sus depósitos de gasolina con taconazos de pinacoteca y arranques de raza incontestables a estas alturas de competición. Le sobró individualismo siempre; le faltaron centímetros a los 60 minutos.

El intercambio dibujó una fosa en la medular, de modo que el partido estableció una autovía hacia Arnau y otra hacia César. La situación engulló a Apoño, a quien buscó Jesualdo, más que como un remedio, como un amuleto para contagiar a los demás. Pero ahora mismo es una presencia fantasmagórica. También lo pareció Joaquín, que en cuatro minutos rejuveneció para ser el extremo codiciado en Europa, el puñal que levantaba el Bernabéu y el Camp Nou. Dos latigazos, el primero en gran arrancada a petición personal, el segundo irguiéndose entre el caos físico y táctico que ya era el Málaga, compusieron el epílogo. Y el prólogo para Jesualdo. Su equipo está en pañales, pero la Liga es una apisonadora. Sobrevivir a corto plazo es ahora el proyecto.

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