Más allá del resultado

  • Reto La eliminación está casi asumida, aunque no sea matemática, pero el viaje a Siena debe valer para que el Unicaja comience a sentirse de nuevo el buen equipo de baloncesto que ha sido hasta hace poco

Las caras de la fotografía que acompaña a este texto corresponden al partido del pasado jueves, en medio del repaso que el Montepaschi le propinó al Unicaja en el Martín Carpena. El rictus de todos (Sinanovic, Lima Garbajosa, Payne y Darden) denota la crisis de identidad por la que atraviesa el Unicaja, despojado de ese brío contagiosamente optimista que le había acompañado durante el primer trimestre de competición.

Existe un antes y un después del tiro de Mirotic, pero evidentemente no todo lo explica esa canasta del montenegrino el pasado 19 de enero. El desplome posterior obedece a más razones aunque esa canasta resulte el detonante de una cascada de derrotas que ha quebrado la situación idílica. Los jugadores parecen fundidos, las ideas se han disipado, el entrenador limitado... Justo lo contrario que se percibía tres semanas antes, cuando se contemplaba a una plantilla por encima de sus posibilidades previas en cuanto a resultados, con jugadores revalorizados y con altos rendimientos en el campo y en el banquillo. Es el péndulo del deporte.

El día a día lleva al Unicaja esta tarde a Siena, al Palaestra. Una de las pistas más complicadas de toda la Euroliga, donde se escapan pocas victorias al año, sea en competición doméstica o continental. Es la siguiente etapa del Unicaja, que aún no está eliminado matemáticamente. Aunque pensar en una clasificación sea demasiado cándido visto el cuadro y la situación. Se da por asumida la eliminación, pero se trata de reencontrarse, de revivir, de rebelarse ante una situación que se enquista y ante la que sólo valen pasos adelante.

Ha habido terapia de grupo, el equipo dormirá dos noches fuera de casa sin más cosas que pensar que en el baloncesto. Nunca se sabe si es bueno o malo. El reconocimiento público de los pesos pesados de que el problema está entre las cuatro paredes del vestuario, en las cuatro líneas del campo, es un buen punto de partida. El Unicaja ha jugado bien al baloncesto, ha ganado mucho desde octubre hasta mediados de enero, más de lo que se estaba acostumbrado en los últimos ejercicios. Pero sí es verdad que el pescado caro empieza a venderse ahora y es cuando peor está el equipo en este año que lleva Mateo al frente de una plantilla que necesita un impulso.

El Montepaschi Siena ya demostró la semana pasada en el Carpena que es un equipo grande. Sólo el CSKA o el Madrid en su primera visita (con Rudy e Ibaka) dejaron un aroma similar al del equipo toscano, un mecano casi perfecto que apenas cambia un par de piezas por año y que tiene una base consolidada. Algo veterana quizá, pero con una sapiencia baloncestística superior a la media y unos mecanismos adquiridos que dejan a los rivales en menos de 70 puntos por partido.

El Palaestra es un lugar de difícil acceso, aunque el Unicaja venció en dos de sus tres anteriores visitas. No parece el momento propicio para revivirlo, con un rival en celo que, si no comete torpezas, tiene amarrado el primer puesto y evitar al CSKA en la siguiente fase. Pero más allá del resultado, el Unicaja debe encontrarse consigo mismo, con el equipo alegre y descarado, además de ganador, que fue hasta no hace mucho. Quizá un paseo matutino por la bella Siena pueda atraer a las musas, esas a las que Chus Mateo se encomienda con el trabajo diario.

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