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De la ansiedad al éxtasis

  • La Rosaleda pitó por primera vez en los pobres 45 minutos iniciales l La afición acabó cantando "Málaga es de Primera"

Un termómetro en el final de cada parte habría arrojado dos temperaturas antagónicas en la parroquia del Málaga. Los excesivos problemas para hacer fútbol en la primera mitad, seguramente la peor de la temporada, desembocaron en los primeros pitos de la campaña, pero La Rosaleda acabó despidiendo a los suyos al grito de "Es de Primera, Málaga es de Primera". El vigor final enfatizaba el sufrimiento anterior. Cada vez quedan menos jornadas para el final y el objetivo del ascenso está tan cerca que la ansiedad se convierte en compañera inevitable.

El referente de nervios quedó patente en el cambio de Sandro por Peragón (31'). Los pitos con los que respondió la grada no castigaban al madrileño, sino la decisión de Muñiz. Ante un Alavés que ahogaba al Málaga, eso de prescindir de un delantero no sentó bien.

Ni siquiera el efecto balsámico que siempre supone la entrada de Sandro en La Rosaleda sirvió para calmar la situación. El propio canario, en el segundo balón que tocó e intentando sacarlo desde atrás, lo perdió y propició un ataque del Alavés que sólo la torpeza de Aganzo para culminar la jugada -decidió driblar a Goitia sin apenas espacio cuando su posición era franca para el remate a puerta- evitó que supusiese el 0-1.

La lesión de Salva ensombreció aún más el panorama. Iván Rosado saltó al césped por el maño, lesionado. La Rosaleda reflexionaba y se daba cuenta de que sus hombres gol, Salva, Baha, Antonio Hidalgo y Peragón, 26 tantos en total, no estaban en el encuentro.

Al descanso, el técnico blanquiazul apuraba su cupo de revulsivos. Eliseu entró por Carpintero, otro caído. Muchos desconocían por entonces que el leonés se quedaba en la caseta con una contractura. Fue el explosivo luso quien revertió la tendencia tristona de Martiricos. Perdonó un claro gol ante Ardouin apenas iniciada la segunda mitad, pero contribuyó a germinar la semilla de la esperanza.

Iván Rosado pudo haber recogido los galones, pero su cabezazo tras un magnífico centro de Paulo Jorge se estrelló contra el larguero. Tal y como sonaban los graderíos, en el ambiente flotaba la sensación de que el cántaro se acercaba una y otra vez a la fuente, no que el castigo por tanto perdonar iba a ser mayor.

Apoño hizo buenas las vibraciones. Sentó especialmente bien ver que una jugada de estrategia diera sus frutos, más allá de que la acción no fuese muy compleja -Paulo Jorge amagó con tocar en corto a Rossato para abrir un poco más y buscar el disparo frontal del malagueño-. Apoño, hasta entonces gris, se acercó a la esquina de Fondo con Preferencia, como si corriese a su Palmilla natal. Allí estalló La Rosaleda, se volatilizó la ansiedad y se instaló la felicidad.

Los palcos de La Rosaleda, el presidencial y el de futbolistas -que está en la grada de Preferencia- no fueron ajenos. En el primero, Luis Yáñez, que volvía a ocupar su plaza de director general cuatro meses después de la última vez -Málaga-Eibar- y tras más de diez combatiendo a un cáncer al que ha tumbado. Aprovechó la bonita ocasión Lorenzo Sanz, padre del presidente, para completar la estampa familiar. La evolución fue la misma que en el pueblo llano: de la ansiedad al éxtasis. "Partidos como este se recuerdan a la hora de ascender", señaló el ex dirigente del Real Madrid antes de irse. En el palco de jugadores no estaban Tiago Gomes ni Erice, que luego fueron a celebrar el triunfo al vestuario, pero sí Baha, que no paraba de morderse las uñas. Al final, pudo respirar aliviado.

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