Málaga CF

Bajo esas gafas oscuras

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José Carlos Pérez Fernández (Málaga, 1948-2012) ha dicho adiós en primera línea de batalla. Cumpliendo dos décadas desde su ingreso en el club, estaba a punto de contemplar lo que siempre soñó y nunca pensó que pudiera ver: un Málaga grande. Se había pasado toda la vida trabajando denodadamente por el club a la sombra. Quizá por eso vivía escondido casi siempre bajo unas gafas de sol, la primera de sus corazas. Hombre de carácter recio y absoluta lealtad, esas características le procuraron el rol de poli malo en la mayoría de los siete mandatos distintos en los que participó. 

Afincado en Benalmádena, nació y se crió en Alhaurín de la Torre. Su vida estaba condenada a enlazarse con la del Málaga. Socio desde crío, a principios de los 80 se hizo con un nombre como director de sucursal de La Caixa en Torrequebrada. Allí, sólo sus amigos más veteranos lo saben, cuadraba números entre chiste y chiste. Muchos jugadores del CD Málaga le confiaban sus cuentas. Así fue conociendo cómo se agrietaba el club de sus amores. Una mañana, harto, se presentó en una de las Juntas del entonces presidente, Antonio Pérez-Gascón, para quejarse. Armó un circo terrible, recuerdan algunos de los presentes. Pero ya nunca dejó de asistir a ellas. Ese carácter sedujo a Eduardo Padilla, sucesor de Pérez-Gascón (1985). Le dio un cargo de importancia y su amistad. Pero se fue al año y medio. El siguiente, Francisco García Anaya (1987), dejó de contar con él. A partir de ese momento, fue empleando sus virtudes como empresario en el sector textil. En pleno éxito, su inseparable Paco Martín Aguilar le recuperó para la directiva de Serafín Roldán el año de la UEFA (2002) ocupando la vacante de Hernández Navarrete. 

Ahí empezó a ofrecer un sinfín de servicios de manera desinteresada, aportando dinero, trabajo o favores cuando se le requería. Recorrió todos los campos de Primera y Segunda y alguno que otro de Europa. En uno de esos conoció a su segunda esposa, Cristina, otro de los regalos que le hizo el fútbol. Vistió a las plantillas con trajes de Selected o Best Seller, firmas de las que era responsable en España, consolidó con Martín Aguilar amistades institucionales que hoy perduran (Lendoiro, Patxi Izco, Del Nido). Y vivió momentos oscuros en los que tragó por el bien del club. Lideraba la facción de consejeros que avisaba a Serafín Roldán de los desaciertos en el club que él no podía controlar desde Barcelona. Asumió ser un “directivo florero”, como a veces bromeaba, en la época presidencialista de Fernando Sanz e invirtió mucho dinero y horas en el declive concursal. 

Cayó con Martín Aguilar en la limpia del jeque para modernizar el club. Pocos días después Abdullah Ghubn se reunió con ambos para darles las gracias. En unos minutos descubrió a un empresario gran conocedor del Málaga y Málaga (fatigó en innumerables ocasiones con las instituciones), de los pocos angloparlantes y gran financiero. Así que lo repescó, lo hizo su enlace y le dio el protagonismo que nunca tuvo. Sabedor de la importancia de su figura, capitalizó el día a día, tomó decisiones poco políticas por el bien del club y tanto esfuerzo y peleas fueron erosionando su carácter, temido por muchos de sus trabajadores. Hasta parecerse cada vez menos a ese consejero anónimo que invertía muchas de sus horas con el Bere, popular pescadero de El Palo, en sobremesas de intercambio de chistes y puros felizmente disfrutados. Todo por el Málaga.

Deja tres hijos, uno de ellos adoptivo, y también un hueco enorme en la vida de Martín Aguilar, que vivió sus últimos días pegado a él. Su consejero siamés y su Pepito Grillo, el dúo que en cada viaje pagado de su bolsillo se convirtió en la mejor embajada posible de malaguismo.  Sospechaba que diría adiós en acto de servicio; ya con apenas 30 años sufrió un infarto con un par de réplicas menores, una de ellas poco después de evitar el descenso a Segunda B (06/07). Parte de la gloria que viene es culpa suya. 

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