La ilusión por la apuesta y la paciencia por lo que queda

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Empezó una nueva temporada de nuestro querido Málaga, con algo de expectación y con un poco de incertidumbre por todos los cambios que se acometieron en el seno del club. Tengo que decir que este equipo me da buena espina pese al resultado de ayer. Sobre todo, por una cosa: tenemos un entrenador que apuesta por el fútbol y por la gente joven y talentosa.

En cuanto al sistema, ese 4-3-3 que se pudo ver en La Rosadela, a mí me encanta. Si Ferreira consigue que esté bien trabajado, es muy bueno porque cierra todos los huecos defensivos que puede haber, en ataque llega con mucha gente y, pese a que podemos pensar que es muy arriesgado, nada más lejos de la realidad. El 4-3-3 le da al equipo un muy buen equilibrio defensivo y ofensivo, se defiende mínimo con seis activos y se llega arriba siempre con otros cuatro al menos que, a estas alturas y después de todo lo visto el año pasado, es un regalo de Dios poder ver en el área del contrario a más de un jugador vestido de blanquiazul.

Lo tuvimos en nuestra mano y se nos escapó, pero a día de hoy el Málaga sabe a lo que juega y eso tiene su importancia. Vamos a defender un estilo y una señal de identidad que a mí particularmente me atrae. Paciencia. No hay que caer en el desánimo, hay que dar tiempo al entrenador, jugadores y, en definitiva, al club. En esta nueva andadura, lo importante es que el proyecto se consolide, porque a lo largo del tiempo veremos un Málaga mejor. Y eso es lo que queremos todos.

En cuanto a los peros, es cierto que ayer se pudieron ver desajustes defensivos graves que nos costaron el partido a la postre. Eso habrá que trabajarlo más, pero tenemos algo que en el fútbol actual tiene mucha importancia y es fundamental: velocidad y desborde arriba. Soy positivo, es cuestión de tiempo.

Para ir terminando, me van a permitir contar una anécdota que, bien entendida, nos puede servir a todos para saber asimilar el gran cambio por el que está pasando este Málaga nuestro.

Hace unos años fui con mi pibe a visitar a un amigo de la infancia, de una zona humilde de mi ciudad conocida como la Villa. De ahí, nos fuimos a tomar unos mates. Entonces, el hombre me dijo que no tenía sillas para que pudiéramos sentarnos. "Y pásame un cajón, boludo para sentarme", le dije. Al rato mi pibe pidió una gaseosa y mi amigo me dijo que no tenía vaso de vidrio. "Y que tome del pico", le contesté. Y así, cuando nos fuimos, mi hijo me dijo: "Papá, son muy pobres". Paré el auto en seco. Lo miré muy serio. "Escúchame una cosa, pendejo de mierda y la concha de tu madre. ¿Qué te piensas que sos, millonario? ¿Sabes dónde vivía yo, pelotudo?", le dije. Entonces, lo llevé a la Villa y le mostré mi casa: con el baño a 30 metros, una habitación para siete personas y la cocina incluida en dicha estancia. Desde aquello, mi hijo se adapta a todo.

Moraleja: está muy bien tener dinero como está el Málaga ahora, pero nunca podemos cometer el error de olvidarnos quiénes somos y de dónde venimos. Todo es muy lindo en estos momentos, pero lo que jamás podemos dejar que nos quiten a los malaguistas es el poder de sufrimiento y la humildad a la hora de hacer nuestro trabajo.

Por y para siempre: malagueño y malaguista.

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