La revolución de Sastre aquel julio de 2008 en busca de la leyenda

  • El abulense atacó a los pies de Alpe d'Huez para conquistar un Tour en el que pocos apostaban por él

El Alpe D'Huez no es el puerto más duro del Tour, ni el más largo, ni el más legendario, pero posiblemente sea uno de los más famosos y pintorescos debido al ambiente que vive en sus cunetas. Una especie de carnaval por todo los alto.

Una de las señas de identidad del Alpe d'Huez son sus 21 curvas, cada una de ellas con el nombre de los ciclistas que desde 1952, año de su primer ascenso, han sido capaces de levantar los brazos en su cumbre.

La primera curva, la 21, lleva un nombre ilustre: el del italiano Fausto Coppi, ganador del Tour de 1952, y la 20 está dedicada al holandés Joop Zoetemelk, ganador de la segunda ascensión. La fila de afortunados llega hasta 2013, cuando se impuso el francés Christophe Riblon. Desde 2001, cuando ganó el desaparecido del palmarés Lance Armstrong, hay que compartir placa en la curva, pues hay más ganadores que giros. Aquel año puso su nombre junto al de Coppi. Actualmente el estadounidense, que también ganó en 2004, no figura en el palmarés como vencedor. Cinco han sido los ciclistas que han ganado en dos ocasiones en Alpe D'Huez.

En número de victorias sigue al frente Holanda con ocho triunfos, pero los italianos pisan los talones con siete. Los españoles tienen tres curvas al nombre de Federico Etxabe, que la estrenó en 1987, Iban Mayo (2005) y Carlos Sastre en 2008, quien logró una victoria decisiva para ponerse el maillot amarillo en París. El abulense se convirtió el 23 de julio de aquel año en el séptimo español ganador del Tour de Francia, una hazaña precedida por una rebelión contra el desconcierto que reinaba en el equipo CSC de Bjarne Riis y los intereses contrapuestos de los hermanos Schleck. "Sabía que si quería ganar el Tour era mi última oportunidad, la que llevaba mucho tiempo esperando, era el día ideal para abrir diferencias y me dejé la vida en ello", recuerda Sastre, que añade: "Cuando ataqué desde abajo, a 15 kilómetros de meta, hubo desconcierto. No se lo creían. Sabía que era mi día, pero aposté por todo. Subiendo me dolía todo, pero pensé que no me podía ir a casa sin haberlo intentado por lo menos. Fui cogiendo tiempo en solitario y me centré en sufrir. Quería ganar una etapa que te da nombre y prestigio, no me planteaba ser líder. Aquello se me quedó grabado para siempre".

Es lo que deberá hacer hoy Nairo Quintana si de verdad quiere exprimir su última oportunidad de vestirse de amarillo en París. Un ataque lejano para hacerse leyenda en una cima mítica.

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