Gigante mediático, gusano económico

  • El peso de la industria cultural en el PIB cae en la última década pese al mimo de la clase política. El sector concentra menos del 3% del empleo en España. Las cifras con Aznar eran mejores que con Zapatero.

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Ah, la cultura. Crece el paro, suben la luz, la gasolina y el Euríbor, cientos de empresas se arruinan, rescatan a Grecia, Irlanda y Portugal... pero ella sigue ahí. Valor refugio, la llaman. Oasis de ocio e intelecto en el áspero Sahara de la economía. Piropos y suspiros para la niña bonita de toda vida ilustrada... pero, más allá de la poesía, ¿qué implica este sector? ¿Cuáles son sus cifras?

De Gaulle creó el primer Ministerio de Cultura del planeta en 1959 y eligió a Malraux para dirigirlo. No había números detrás de la cartera. No los hubo, en verdad, hasta que en 1995 el Consejo de Europa admitió la necesidad de un marco estadístico. Dos años después, Eurostat se inventó el LEG-Cultura (European Leadership Group) con el objetivo de unificar criterios y ponerle cara -o datos- a un sector precioso pero fantasmal.

La misión fue parcialmente exitosa. Visitando la web de Eurostat, puede accederse a un inmenso estudio sobre el estado de la cuestión en la UE-27. Problema: el último boletín (192 páginas) se publicó en 2007, toma como referencia 2005 y, a veces, las menos, 2006, una etapa demasiado alejada de la actual crisis y por tanto ajena a su impacto. Aun así, la diapositiva permitía hacerse una idea de las hechuras del paciente, que representaba el 2,4% del total del empleo comunitario, presentaba una balanza comercial positiva con el resto del mundo y contaba, sólo en la esfera editorial, con 55.000 empresas, 750.000 trabajadores y una facturación anual aproximada de 118.000 millones de euros.

La Junta maneja su propia cuenta satélite -la herramienta utilizada para lograr ese esqueleto contable-, aunque con la misma pega: sus cifras datan de 2005. Así que sólo queda el espejo del Estado, que sin embargo no recurre al INE sino a Cultura, circunstancia que da una idea aproximada del peso de la disciplina en el conjunto de las ciencias estadísticas. El consuelo es que el departamento que gestiona Ángeles González-Sinde rebaja notablemente el desfase del calendario: en 2009, el sector empleaba a 544.800 personas (la población ocupada en España era de 18,6 millones) y sumaba 102.945 compañías (el 3,1% del total), los hogares dedicaron al consumo cultural 16.695 millones y los editores inscribieron en el ISBN 110.205 libros. Son sólo pequeños botones del vestido. ¿Qué más?

Inspirándose en el esquema sugerido por Bruselas, España divide la cultura en siete sectores: patrimonio; museos y colecciones museográficas; archivos; bibliotecas; libro (categoría que incluye la prensa); artes escénicas y musicales; y cine y vídeo. En el desglose aparecen epígrafes que un observador protestón podría considerar discutibles (publicidad e informática, por ejemplo). Y posiblemente acertaría, porque la variedad interpretativa es otro de los defectos recurrentes: el LEG incluye en sus listados la arquitectura; la Unesco apuesta por el deporte, los juegos, la naturaleza y el medio ambiente; el Gobierno británico hace hueco al diseño y los modistos; y la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI) se inclina, además de por su obvio negociado, por la industria del videojuego.

Volver al regazo del Ministerio es pues la mejor forma de evitar un brote psicótico. En la mente del político español, la cultura inyecta mucho empaque al líder que la promueve. José María Aznar unió los destinos de esta cartera a Educación, primero (Esperanza Aguirre), y Deporte, después (Pilar del Castillo). José Luis Rodríguez Zapatero sí despojó al departamento de apéndices para que echara a andar en solitario. En realidad, no importa demasiado: entre 2000 y 2008, las partidas presupuestarias fueron siempre (con la excepción del primer ejercicio de Zapatero como presidente, en 2004) crecientes. Si en 2000 el PP reservó 561 millones, en 2008 el PSOE ya había elevado la cuenta hasta los 1.075. Ese mismo año, las CCAA aportaron 2.129 millones y la Administración local 3.907. Parece mucho pero no lo es: en conjunto, apenas el 0,66% del gasto liquidado, y sin tener en cuenta el ejercicio 2010, verdadero pistoletazo de salida de la austeridad en las cuentas públicas.

El sector traza no obstante una ininterrumpida curva ascendente según otros indicadores: su aportación al PIB pasó de los 19.833 millones de 2000 a los 31.094 de 2008 (+5,8%), aunque, paralelamente, el peso de la cultura haya caído del 7,3% al 6,9%. Curiosamente, con José María Aznar alcanzaron sus picos porcentuales históricos tanto las actividades estrictamente culturales como las vinculadas a la propiedad intelectual.

El turismo es un aceptable factor dinamizador. El 18,4% de las visitas (extranjeras o nativas) a las distintas regiones de España tienen una motivación cultural y generan un desembolso de casi 11.000 millones al año. El pulso exportaciones/importaciones (836 contra 872 millones en 2009) está equilibrado. Y se trata también de un modesto yacimiento de empleo (396.400 trabajadores hace una década, casi 545.000 ahora). Pese a que la melodía suena aceptablemente bien, la comparación con el todo macro rebaja cualquier arrebato optimista. La cultura es un gigante mediático, un enano estadístico y un gusano económico.

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