Y 'Helicóptero Ben' perdió la inocencia

The holy grail of macroeconomics [el santo grial de la macroeconomía] era como Ben Bernanke se refería en su alabada tesis doctoral al crash del 29. Muchos años después, su ranking saltó en pedazos con una contundente confesión: el aluvión, la verdadera masa de mierda financiera, comenzó en agosto de 2007. Ben, la brillante estrella de sexto grado (pulverizó las marcas estatales de deletreo con 1.590 puntos sobre 1.600 y un único titubeo, la palabra edelweiss), el hombre al que acreditaban las mejores universidades de EEUU, el valido económico de Bush (y en menor medida de Obama), tuvo que cambiar de discurso. No sería la última vez.

1 de febrero de 2006. Al tomar de otro judío, Alan Greenspan, el testigo de la Reserva Federal (Fed), Bernanke prometió "transparencia" a los inversores para evitar incertidumbres. George W. Bush se refirió a él en vísperas de su primer mandato como un tipo poco amigo de rodeos y ambigüedades. Era alguien, dijo el presidente, que garantizaba independencia política y brillantez en la gestión.

Paul Giamatti (Entre Copas, American Splendor) rueda en la actualidad Too big to fail, una película basada en el batacazo de Lehman Brothers donde interpreta precisamente a Bernanke, que debutó en la Fed, como casi siempre cuando alguien asume algún reto profesional, con una ilusión ilimitada y esas ansias de limpidez que al actor no le cuadran con sus indagaciones posteriores. Giamatti le definía hace poco en una entrevista como un stoneface, un rostro "inexpresivo, aburrido y opaco". "Quizás sea su forma de defenderse", le disculpa.

En un discurso titulado The great moderation (2004), Bernanke lanzó una reflexión que el tiempo ha demostrado extremadamente naif: "En esta nueva era, la moderna política macro ha rebajado la volatilidad de los ciclos de negocios hasta el punto de que nunca más debería ser un tema central de la economía". Transparente y cándido... pero sólo en el amanecer de su gran misión como hombre Fed.

Una de sus obsesiones fue y es la evolución de los precios. Nombrarle la deflación es mentarle al diablo. Cuando era gobernador de la Reserva Federal (2002), avanzó la que sería su estrategia como presidente: haría lo que fuera necesario para evitar una caída sostenida del IPC. Ese "lo que fuera necesario" incluía una rebaja a cero de los tipos de interés -que hoy siguen entre el 0% y el 0,25%- y una inyección de liquidez bestial cuya explicación oficial le valió el mote de Helicopter Ben: citando a Milton Friedman, describió los efectos del quantitative easing como el equivalente a una lluvia de dólares procedente de un escuadrón gubernamental de helicópteros. Transparente, candidote y bastante creativo.

Greenspan era de su palo: entre 2002 y principios de 2006, los tipos se mantuvieron en umbrales bajísimos. Y ahí siguen. El 3 de enero de 2010, ante un auditorio de lo más ilustre, la Asociación Económica Americana, Bernanke ondeó su bandera justificativa: "Los tipos de los últimos cinco años eran los adecuados a las circunstancias y no son el origen de la burbuja. La burbuja fue producto de la nula supervisión a préstamos descaradamente arriesgados e irresponsablemente concedidos por la banca". En su frase, Helicóptero Ben deslizaba una crítica a la debilidad de la Fed, que debía ganar músculo a toda costa. Así fue: nunca antes desde 1913 la institución reguladora contó con tantas y tan afiladas armas. "La Fed ha trabajado fuerte para identificar los problemas y mejorar y reforzar sus prácticas y políticas de control", anunció.

Durante esa transformación orgánica, Bernanke también cambió: su lenguaje directo y luminoso dio paso a una jerga críptica y evasiva. Fue la fase superman, es decir, el momento elegido para salvar las piezas claves del sistema financiero americano, aun con enormes contradicciones. Ante la quiebra de Lehman Brothers, Bernanke defendió el principio de no intervención. Paradójicamente, el plan funcionó porque el propio mercado descuartizó el enorme cuerpo de la víctima quedándose las partes buenas del negocio. "La Fed no protege a los prestamistas e inversores por sus decisiones finales", proclamó entonces.

No los protegió al primer embate, pero después llegaron tres tandas de monstruosas ayudas a colosos en llamas como AIG y Citigroup. 700.000 millones de dólares cayeron a la primera, 788.000 a la segunda y 474.000 a la tercera. El New York Times le reprochó su miopía ante la crisis (la negó hasta 2008), el descarado compadreo con Wall Street y jugadas sucias como la compra de Merril Lynch por Bank of America sin que de su boca salieran datos sobre las fabulosas pérdidas que registraba la primera. Incluso un tribunal federal exigió a Bernanke transparencia en la concesión de las ayudas públicas tras una denuncia deBloomberg News.

¿Qué pasó con Ben? Pasó que ni siquiera para él, presunto espíritu puro, existe el milagro de la conducta impoluta.

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