Seguridad, transparencia y lealtad

HACE pocas fechas hemos podido contemplar la enésima puesta en escena del acuerdo comercial entre la UE-Marruecos, el cual ha quedado, tirando de argot jurídico, visto para sentencia. Resulta sorprendente que, aun con el informe de la Comisión de Agricultura del propio Parlamento en contra, por esta disposición del "vale todo" nos hayamos visto empujados hasta ese punto de no retorno. A partir de ahora empezará a reinar la incertidumbre, primero en los sectores productores afectados, a continuación en las condiciones que fijan y regulan dicho acuerdo comercial y por último en el mercado y los consumidores.

La imagen de unidad en la UE, hoy por hoy, y a duras penas, solo la otorga el euro. En la cuestión agrícola la disensión es patente: todos estamos en desacuerdo con todos. Solo coincidimos en que estamos en desacuerdo, y cada uno por motivaciones bien distintas. En el concreto caso de Marruecos la diferencia es notable. Mientras los popes de la UE dan la bienvenida al mismo, la periferia productora mira con recelo y pavor las consecuencias.

Los recursos productivos a un lado y al otro del estrecho de Gibraltar son exactamente los mismos. Solo necesitamos agua, tierra, mano de obra y el cultivo. Aun así, la diferencia existe y es más que patente. No pretendo dar lecciones de humanidad a nadie. Si en Marruecos su gobierno estima que un trabajador debe cobrar por debajo del 10% del sueldo diario de su homólogo europeo es muy libre de hacerlo, estemos de acuerdo o no.

Pero es bien distinto que no se tengan en cuenta ni se penalicen actuaciones sobre los recursos hídricos, el uso más o menos eficiente de los regadíos, la calidad de las aguas o su reciclado, el impacto en el medio de vertidos procedentes de lavados o escorrentías, o la organización administrativa al respecto. Nos insinúan que tampoco los tengamos en cuenta como consumidor. Poca transparencia.

Pero continuamos y no observamos medidas de seguridad alimentaria, de trazabilidad. Sospechamos con fundamento que las prácticas fitosanitarias campan a sus anchas, sin limitaciones aparentes ni oficiales, al menos no como las europeas. Por tanto, no prevén las posibles consecuencias para la salud humana, animal y ambiental. También trataremos de no herir sensibilidades en estas importaciones que nos hacen y nos harán, evitando establecer comprobaciones analíticas como las que se realizan a todo lo que se produce, cultiva y viaja desde España a Europa, por ejemplo. Si a pesar de esto, siguen creyendo en Bruselas que de esta forma se llegará al equilibrio comercial entre la UE y Marruecos, argumento esgrimido por las partes, y que esto permitirá una mejor convivencia entre los vecinos, me temo que les han vuelto a tomar el pelo, a costa de nuestra seguridad como consumidores y de la viabilidad de nuestras explotaciones como productores. ¿Donde está la seguridad?

Me cuesta trabajo pensar que esto sea naturalmente así. Existen otras razones para este despropósito, por aquellos que apoyan con su acción, o por quienes con su ausencia bendicen todo lo expuesto. Estos últimos se jactan de estar muy presentes en cualquier fiscalización en suelo europeo, otorgando con su verde justicia, bendecida por los estados, la bondad o maldad de tus actividades como agricultor, dependiendo si estás a un lado u otro de la balanza, comercial claro. Con estas reglas no se es más competitivo y se debe competir en igualdad. Ciertas cuestiones no se pueden poner en juego. Y mucho menos a la sociedad.

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