El efecto Zapatero

El Financial Times considera un notable acierto que Zapatero haya anunciado un adiós deseado por muchos y celebrado por todos. En realidad, el periódico británico no explica la conexión entre esta renuncia y los destinos económicos de España, alejados del moho pig (ya en singular, porque Spain se libraría con sus sacrificios de caer en el equipo de los pringados: Portugal, Ireland& Greece) por una secuencia de reformas que nada tiene que ver, al menos en apariencia, con la suerte del presidente.

La bendición del rotativo quizás tenga más que ver, siquiera inconscientemente, con la animadversión británica al cacique, que en el fondo no invoca el concepto indígena original sino el apego ibérico (y latinoamericano) a la autoridad, las dictaduras y la permanencia en el cargo. Divertido y contradictorio es recordar que la Thatcher ejerció el poder entre 1979 y 1990, y Tony Blair entre 1997 y 2007, bastantes más años que Suárez o Aznar, aunque unos cuantos menos que González, Fraga, Pujol o Chaves.

La decisión de Zapatero tiene, en cualquier caso, consecuencias económicas. Traslada a los mercados un mensaje positivo: España es un país endiabladamente estoico, ha iniciado una autoenmienda sin retorno a la totalidad y está enjaulado en las bridas que sujeta el dirigente político más austero y responsable de la historia reciente (los mercados nunca han tenido el olfato demasiado fino, claro). Al desvincularse de la lucha electoral de 2012, ZP obtiene además el plus de autonomía necesario para resolver las tareas pendientes. Entre ellas, principalmente, la cuestión salarial que sindicatos y patronal manosean sin éxito en la negociación colectiva y, tal vez, una segunda ronda de reformas laborales para reparar las tuberías de un sistema que aún hace aguas, tal y como recuerdan la EPA y los datos del Ministerio de Trabajo. Desde una perspectiva ya más simbólica, Zapatero ha demostrado cierto grado de independencia respecto al lobby banquero (uno de los culpables de la crisis, al menos desde el ojo anglo) al ignorar las peticiones de Botín respecto a la gestión de su futuro político.

La jugada podría desatar, y este es el tomo malo de la lección, una guerra voraz entre los candidatos a la sucesión que despiste no sólo al equipo de Gobierno sino también al propio ZP, obligado por las circunstancias a actuar como árbitro entre leones. El PP, siempre víctima de esa dualidad esquizofrénica poder a toda costa/sentido de Estado, tampoco colaborará de buena gana en el remate de la gran obra reformista. Si Zapatero lidia bien este toro de múltiples cabezas, quizás su leyenda negra dé paso, como pronostica el FT, a un juicio más benévolo de la historia.

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