Un país pobre (y no por su economía)

  • Roures lamenta que prensa y televisión no hayan logrado insuflar cultura, respeto y debate a una sociedad plana y sin referentes

La sombra de Jesús Polanco es tan alargada que los gurús de lo mediático se afanan en buscarle sucesor. El delfín, la gran esperanza blanca se llama Jaume Roures (Barcelona, 1950), pero no responde al perfil: se declara nacionalista, progresista, izquierdista y algún otro ista bastante incompatible con la idea del emperador editorial. De timbre y vestuario discretos, este empresario incómodo por serlo sube al estrado sin darle el típico achuchón a quien le presenta -Alfredo Sánchez Monteseirín, alcalde de Sevilla-, parapetado en unas gafas de montura vetusta y dispuesto a repartir cera entre propios y extraños.

"España es diferente, pero no tiene que ser tan diferente, no hace falta poner a lo peor de casa casa en primera línea". Es el preludio de su línea argumental, impregnada del perfume de la decepción, una decepción multidisciplinar que, confiesa, también afecta a su niña prodigio -La Sexta- y a ese hijo adolescente al que no acaba de acostumbrarse -Público- pero en el que no deja de confiar. "Los gobernantes no están ofreciendo salidas a largo plazo ante la crisis. Nosotros, los medios, tampoco somos capaces".

A la falta de inventiva se añade según Roures la desnaturalización de la prensa. La semilla del diablo fue la Transición, "cuando se produjo un maridaje con los políticos que, aunque perseguía un fin legítimo entonces, se ha revelado muy insano con el tiempo". "Aquí no hay debate, sólo insulto, batallas tacticistas a cortísimo plazo que corroen el espectro social. Nos ha faltado desarrollar más cultura democrática", lamentó.

Ahí está el ejemplo de la generación ni ni (ni estudian ni trabajan), una masa de 120.000 jóvenes de entre 18 y 24 años -sólo en Cataluña- "que son la perfecta expresión de nuestro fracaso". Ahí están las tres erres -rigor, responsabilidad y respeto-, una biblia que los medios no han sabido o querido respetar para que otros -los lectores, la sociedad, los dirigentes- los respetasen luego.

También vino Roures a hablar de lo suyo, o mejor, de lo más genuinamente suyo, que es la tele. Pronosticó pocos días de gloria para la nueva TVE sin publicidad -"en seis meses se le va a acabar la gasolina"- y subrayó la paradoja de que las cadenas más afines -Cuatro y La Sexta- hayan acabado negociando con las más antagónicas -Antena 3 y Telecinco- "al no ponerse de acuerdo en cosas básicas". Y dio pistas sobre la clave del negocio en el futuro: "No podemos volver a los canales temáticos, hay que dejar participar al espectador y canalizar su creatividad y su talento". La publicidad, "víctima y pagano de todo esto", tendrá que integrar sus mensajes en los contenidos "sin que ello suponga un asalto al consumidor". Ése sí que es un reto.

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