La reina de Eurolandia

  • A pesar de la creciente contestación dentro de sus fronteras, Merkel es la cabeza visible indiscutible de los destinos de la Eurozona, y ejerce su liderazgo con prudente firmeza

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En no pocas ocasiones, las figuras tenidas por transitorias resultan ser las más duraderas, probablemente porque su brillantez, en caso de existir, brota de forma tardía, lo que las hace más fuertes de lo común. Personajes que siguen una trayectoria gris, con los focos siempre apuntando al árbol bajo el cual se cobijan: avanzando discreta pero firmemente a la sombra de una estrella rutilante. Angela Merkel responde a este prototipo de corredor de fondo, y el panzer Helmut Kohl al de su benefactor, aunque a la postre fuera traicionado por aquella chica carente de carisma a quien el carismático -el sí- canciller cristianodemócrata alemán llamaba "meine Mädchen", mi niña. Para sobrevivir, la política puede exigir la traición, y Angela (pronúnciese Ánguela) traicionó a su mentor cuando decidió mostrar sus dientes y sus credenciales y lo criticó duramente en un artículo de prensa, y más aún cuando acto seguido propuso mandar a los libros de historia tanto a Kohl como al resto de dinosaurios de la CDU. A pesar de ser mujer, del antiguo Este y protestante (y el núcleo duro de la CDU es católico, del rico sur alemán y varón), Merkel se convirtió en la líder indiscutida de su partido aprovechando batacazos electorales y corruptelas financieras de compañeros de formación. En 2005, tras rechazar desde la oposición la invasión de Iraq y conseguir una gran popularidad entre los votantes de uno y otro signo, la primera cancillera de la historia de Alemania tomó posesión al derrotar al socialdemócrata Schröder… por tan pocos votos que tuvo que aliarse con su contendiente en la llamada Gran Coalición: un pacto de marcianos, algo impensable aquí. Su momento histórico alineaba los astros germánicos con los europeos como no sucedía desde hacía décadas. A Angie, la crisis económica global le pilló en el sitio adecuado para convertir a su país no ya en el motor económico, sino en el conductor y árbitro indiscutible de la economía europea.

Si convenimos que el euro es un marco maquillado de azul con estrellitas que reside en Fráncfort, Angela Merkel podría considerarse la reina de Europa en estos momentos, y no digamos de la Eurozona. El poder económico alemán (cuarto país en PIB del mundo), su condición de campeón mundial de las exportaciones (mano a mano con China, pero con una población 15 veces menor), y las crisis presupuestarias y de deuda de los países periféricos de Europa han hecho de la saneada Alemania el primo de zumosol comunitario. El conducator, la autoridad moral, el paraguas a unas malas, el maestro que pone deberes a los díscolos y los remolones. Y esos roles de prócer y vigilante se han acentuado en la era Merkel. Una líder que hizo lo que, con mayor o menor éxito, otros hacen ahora… aunque sus medidas estructurales fueron acometidas transgrediendo sin empacho -igual que Francia- los máximos déficits presupuestarios establecidos el Pacto de Estabilidad comunitario. Ajena a la crisis si no fuera por la marea periférica, la Alemania de Merkel crece a ritmos desconocidos desde hace 20 años, un 3,6% en 2010. Sus indicadores de desempleo -en torno al 6%- son para arañarse la cara en otras latitudes, como éstas. De hecho, la economía alemana reclama decenas de miles de inmigrantes cualificados para poder mantener su ritmo de producción. Un reclamo no exento de marketing político, seguramente, porque genera altas expectativas: al fin y al cabo las expectativas son ingrediente básico de la marcha económica de los territorios. Pero lo que es bueno para Alemania es bueno para el euro, y la navegación en popada de los germanos compensa la calma chicha que paraliza a otros socios comunitarios, y los pone a merced de los felinos financieros que huelen a ñu herido. Fraueleine Merkel gira, en fin, visitas inspectoras y prescriptoras a los orejas de burro, y lo hace con aleccionadora y delicada firmeza. Si, contra su estilo, condescendió al besuqueo con Sarkozy y otros líderes al saludarse en las cumbres presidenciales, cómo no iba ser suave con los sufrientes rezagados. Teutona y pragmática, pero adaptativa.

Nada es perfecto, tampoco para Merkel, objeto de una paradoja habitual: políticos globales con gran cartel exterior que son vapuleados de puertas adentro. Electoral y mediáticamente. Le pasó a Blair pero también a Thatcher; a Clinton y a Obama; al recién prejubilado Zapatero le pasó también durante cuatro largos años en los que su estrella brillaba en Europa. Merkel sufre dentro de sus fronteras una creciente contestación por sus dudas e incongruencias en la política nuclear tras el desastre japonés, y por su negativa a sumarse a la acción bélica en curso contra Gadafi. El votante conservador no quiere que su kanzlerin -un término nunca antes utilizado por ser todos los cancilleres hombres- aparque sus principios y programas por las contingencias del momento, por grandes que éstas sean: si en la CDU decimos "nucleares, sí" y "OTAN, también", no podemos arrugarnos y contradecirnos a las primeras de cambio. Esto le está costando a Angela y a su partido sucesivas derrotas en elecciones parciales. El año 2011 está repleto de comicios que la coalición rojiverde que aglutina a socialdemócratas y verdes aprovechará para diezmar su credibilidad. A pesar de ejercer como reina de Eurolandia, cuestiones políticas -no esencialmente económicas- pueden mermar su poder hasta hacerle perder su corona. Otros países sólo deben preocuparse de la economía en estos momentos. Y es que no son Alemania.

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