Pere Brachfield. Morosólogo

“Aviso que se avecina un ‘tsunami’ de morosidad”

  • Tiene 50 años, sangre catalana y austrohúngara en las venas y cree superado el tópico de la estrecha relación del catalán con la pela porque la mentalidad catalana ha cambiado mucho con las sucesivas oleadas migratorias. Pero no debe ser del todo casual que el primer morosólogo español, uno de los más reputados expertos en reclamación de deudas, haya vivido siempre en Barcelona, donde creó y dirige el Centro de Estudios de Morosología de la Escuela de Administración de Empresas. Tiene en su haber doce libros sobre el tema, entre ellos las divertidas Memorias de un cazador de morosos. Publica ahora Cobro de impagados (Gestión 2000), una guía sin duda útil para los tiempos que corren.

 –¿Patentó usted el término morosólogo?

–Leí un artículo de Lázaro Carreter sobre nuevas profesiones, como las de rumorólogo o tintinólogo, y me dije que había que homologar la mía. Era morosólogo de años atrás, pero no le había dado el nombre. 

–¿Cómo se inició?

–Empecé con 17 años en un establecimiento financiero de crédito. El jefe me dijo: “Ésa es la puerta de entrada. Piensa que todo cliente que va a pasar por ahí es un moroso en potencia”. Fue mi primera lección.

–¿Y la segunda? 

–Aprendí, hablando en términos taurinos, que las peores cogidas vendrán de los clientes antiguos. Si tienes 3.000 clientes, te cogerá el número 20. El que te da más confianza es el peor.

–¿Es usted como un cobrador del frac?

–No me gusta que nos metan a todos en el mismo saco. En las entidades bancarias se hacen las cosas con corrección y se buscan fórmulas antes de acudir a los tribunales.

–¿No le da corte andar reclamando dinero?

–Eso es algo que sólo ocurre en España, donde hablar de dinero es un tabú, porque se considera de mala educación.

–¿En otros países no es así?

–En Estados Unidos vas a una fiesta y lo primero que te preguntan es cómo te llamas, si estás casado y cuánto dinero ganas. 

–¿Reconoce a un moroso a simple vista?

–No, aunque hay un perfil de moroso profesional. Suele ser hombre, de entre treinta y pico y setenta años, con estatus elevado y apellidos conocidos. 

–O sea, de buena familia.

–Va muy bien vestido, con los mejores trajes, relojes y zapatos, un cochazo importantísimo, que por supuesto no paga, y una vivienda de alquiler en la zona más caras de la ciudad, que tampoco paga hasta que le echan. 

–¿Cuál es su modus operandi?

–Se presenta como emprendedor o empresario, pero no tiene activos en funcionamiento. Trabaja con varias tarjetas de visita y actúa como intermediario, comprando y vendiendo, de sector en sector.

–¿Y nadie le ve venir?

–No, si lo hace bien. Ha habido casos en que la deuda de un moroso ha llegado al millón de euros, repartida entre una legión de acreedores. Deben hasta los cafés del desayuno.

–¿Es una práctica antigua?

–Si lee El lazarillo de Tormes comprobará que el modus operandi del moroso español no ha variado en 500 años. El escudero era un moroso recalcitrante, que se las daba de gran señor. 

–Luego hay algo de endémico.

–La morosidad está en nuestros genes desde los tiempos de Atapuerca. Y eso que las culturas primitivas tenían como sistema de cobro la venganza privada.

–¿En qué consistía?

–Si los que habían entregado las pieles no recibían el trigo correspondiente a la llegada del verano bajaban con el garrote y mataban al deudor.

–Muy expeditivo.

–El Derecho Romano era mucho más estricto. El acreedor tenía derecho a vender como esclavos al deudor y su familia. Si no podía venderlo, porque el interfecto no cotizaba en el Dow Jones de Roma, tenía derecho a matarlo.

–¿Seguro?

–No me invento nada. En España, en la Edad Media, al moroso se le ponía un sambenito en la cabeza, se le hacía pasear en burro por el pueblo y luego se le linchaba.

–¿Y fue así durante mucho tiempo?

–Carlos I dictó pena de muerte por horca a los deudores insolventes. Felipe II, prisión incondicional. Cervantes, que era recaudador, fue a prisión porque no pudo liquidar los cobros de un banco de Sevilla que quebró. Ahí empezó el Quijote.

–Lo increíble es que aún haya morosos.

–Les llamo morrosos, porque compran con la idea de no pagar. Otra cosa son los morosos sobrevenidos, personas de buena fe que compraron bienes con la idea de pagarlos, pero les ha pillado la crisis.

–¿Esos son ahora mayoría?

–Con la cultura del consumismo, del carpe diem, y con el dinero barato, el que tenía 10 euros en el bolsillo se ha endeudado por 50. La cosa tenía que estallar. 

–¿Y ahora, qué?

–Avisé de que se avecinaba un tsunami de morosidad, que todavía no ha llegado. Digamos que estamos en los entremeses. El primer plato vendrá en 2009, hacia junio.

–Que no cunda el pánico.

–Tendríamos que empezar a estar seriamente preocupados por lo que puede ocurrir en España. Hay un riesgo enorme, incluso a nivel de aseguradoras de crédito. Los impagos se han duplicado y triplicado.

–¿Algún consejo para los empresarios?

–Que no abran líneas de crédito a los nuevos clientes sin pestañear. Antes hay que pedir informes jurídicos y financieros sobre esa sociedad y comprobar que su administrador no es un hombre de paja. 

–¿Y después?

–Cerrar la operación en un despacho de abogados, documentar todos los pedidos y ser proactivo en el cobro. Si aparece un impago, actuar sin esperar ni 24 horas. 

–Pero si no hay dinero…

–Una de las cosas buenas en España es que las deudas no caducan. El moroso responde con todas sus propiedades presentes y futuras. 

–¿Siempre se podrá cobrar cuando pase la crisis?

–Exactamente. Éste no es el fin del mundo. Es la cuarta crisis que vivo. En el 92 nos devolvieron el 25% de las cuotas de leasing de los camiones. ¡Estuvimos 10 años recuperando esa masa de deuda!

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