javier vela. poeta y director de la fundación carlos edmundo de ory

"Economía y política han emponzoñado las palabras"

-¿Por qué seguir escribiendo poemas en este mundo de prisas?

-Para seguir leyéndolos. Así de sencillo. Porque hemos llegado a un punto en que nuestras palabras están emponzoñadas por el lenguaje técnico que emplean en la economía y en la política y que los medios de comunicación continuamente remedan. El poema les da una nueva vida, haciéndonos más libres y conscientes para desentrañar nuestro día a día.

-Asaltan poemas en la pantalla del autobús, en las pantallas callejeras... Poesía en la calle, lo llaman. ¿Se sobresalta?

-No. De hecho, me parece que es una buena iniciativa, aunque pienso que está muy poco aprovechada. Pero es buena en la esencia. Me sobresalto más con la publicidad y con la propaganda que con los poemas.

-La gente lee tuits, que en su enorme mayoría son idioteces, y apenas lee poemas. ¿Desmoralizador?

-Hoy día, muchos versos, ficciones y aforismos toman, por su extensión, forma de tuits, lo cual no es nada nuevo, basta con leer a Carlos Edmundo de Ory. La poesía está en el cine, en la fotografía, hasta en la música, no solo en el poema. Twitter tan sólo es una plataforma.

-Hablemos de amor, que es la especialidad de los poetas. Leo en su último poemario, Hotel Origen, que trata del amor y el erotismo: "Amar es ser consciente / de que el amor se mide por sus límites. / Es aceptar su pérdida. / No amo".

-Ese fragmento habla de la separación, de despertar un día y que a tu lado no encuentres a quien amas, ya sea porque se ha ido o porque ha muerto, o porque ya no es ella, como esos dos ancianos que retrató Michael Haneke en su última película, que se llamaba Amor. No obstante el libro abarca muchos temas, y ese, precisamente, no es el mayor de ellos.

-Por cierto, ¿qué hizo con la pestaña de Amara, la mujer que protagoniza su poemario? ¿La sigue conservando?

-La guardo entre las páginas de un libro.

-Los poetas, como los griegos, no pueden creer en las leyes de mercado.

-Los poetas, que yo sepa, pueden creer en todo, hasta en sí mismos. Pessoa traducía cartas comerciales para manutenerse, César Vallejo fue maestro, Eliot banquero. No nos engañemos. Es un error que viene ya de lejos. El verdadero fraude revolucionario fue hacer que los obreros celebrasen aquella nueva fe, una nueva religión, por el trabajo como si fuese propia cuando era una fe impuesta, lo cual benefició a la burguesía, claro. Hoy vemos sus efectos: producir sin descanso, como si los mercados nunca se saturasen, y espolear al pueblo para que consuma los frutos de su propia producción. Con leyes como esas, uno comprende mucho mejor a los griegos.

-Es usted, de algún modo, el custodio de la memoria de Carlos Edmundo. Su puesto de trabajo es como un mausoleo. ¿Inquieta?

-Reconforta. De alguna forma todos sus lectores, familiares y amigos son custodios de su memoria y su obra. Yo sólo velo porque se divulgue lo máximo posible, y porque reverdezca, no como un mausoleo, sino como un jardín.

-¿Qué nos legó Carlos Edmundo que nos sea imprescindible?

-Su legado fue una actitud de lucha ética y estética, una mirada próxima pero clarividente y una forma de estar, lúdicamente, en el mundo, manifestada a través de sus textos.

-¿Le conmueven los malditos? ¿Aspira a serlo?

-En absoluto. "Sé poeta un instante y hombre todos los días", puede leerse en un aerolito de Ory, que abominó, por cierto, del malditismo que otros le atribuyen. Me conmueve la buena literatura, sin más.

-El fracaso de la Fundación Alberti ¿es un ejemplo a seguir? -para no hacerlo, digo-.

-El ejemplo de la Fundación Alberti y otras fundaciones encarna, desde luego, todo un contramodelo de gestión. Un patronato cáustico, un personal ajeno o poco preparado y una programación antojadiza y despilfarradora no auguraban lamentablemente otro fin que el fin que tuvo.

-¿Cuál es su fundación favorita, ya puestos, los espejos en los que se mira?

-Admiro la eficacia y los buenos oficios de la Fundación Francisco Ayala y la Fundación José Manuel Caballero Bonald, en Jerez, por poner solo dos ejemplos cercanos. Podría decir muchas más.

-El franquismo tuvo sus poetas del régimen. ¿Nuestro régimen da para eso?

-Me temo que sí. Hoy nuestra sociedad y nuestros medios amparan a los autores panfletarios, a los voceros de la moralina, mientras margina a los verdaderos rebeldes.

-Carlos Edmundo tiene una estatua en bronce, Quiñones otra... Valle Inclán, Alberti -una en El Puerto en la que parece un gnomo-. Proyéctese en el tiempo. ¿Se ve en bronce?

-Me veo en carne y hueso, o, en el mejor de los casos, moldeado en plastilina por las manos de mi mujer y mi hija.

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