"Éste es un país optimista, aunque no se admite"

- ¿Se siente neoyorquino?

-Es fácil ser neoyorquino. Nueva York es una ciudad universal, un mosaico de países. Allí me siento neoyorquino y aquí, andaluz. Me voy adaptando.

-¿Qué le ha dado Nueva York?

-Casi todo, salvo la parte de mi infancia, adolescencia y juventud que discurrió en Sevilla y la influencia de mi padre, que era andaluz. Me marché con 24 años, con la carrera recién terminada.

-Luego su vida ha discurrido allí.

-Todo lo he hecho allí. Y eso que cuando llegué no sabía inglés, ni ellos podían pronunciar mi apellido, por las erres. Pero siempre ha habido un ángel que, de forma anónima, me ha ayudado.

-¿Notó un gran cambio al llegar?

-Llegué a un mundo en el que el mero hecho de preguntar y mostrar curiosidad te da puntos. Allí las metas te persiguen, en lugar de perseguir tú las metas.

-Además, dejaba atrás el franquismo.

-Había crecido en un mundo de autoritarismo que empapaba la sociedad y la familia, de tensión entre la derecha y la izquierda. Aquí cuando hacías una pregunta en clase, te jugabas la autoestima de un mes.

-¿Y cómo consiguió trabajar con tres alcaldes?

-Empecé con Eduard Koch, que me ofreció dirigir el servicio de psiquiatría de los hospitales públicos y me apoyó mucho con el proyecto Help [Homeless Emergency Liason Project]. Me acompañó incluso a visitar a los sin techo en la calle y a entrevistarlos.

-Pues sí que le apoyó.

-Hasta tal punto que a algunos llegamos a hospitalizarlos en contra de su voluntad, porque veíamos que estaban poniendo en peligro su vida.

-¿Y a cuántos homeless localizaron?

-Había unos 5.000 que buscaban refugio y otros tantos que vivían en la calle. Ahora la situación ha mejorado.

-¿Cuál fue su segundo alcalde?

-David Dinkings, el primero de raza negra. Me hizo consejero de Salud Mental de los servicios municipales. Ya sabe: drogodependencias, alcoholismo, retraso mental… Y luego vino Giulianni, que me nombró presidente ejecutivo de los hospitales públicos.

-Habrá visto casos de pesadilla.

-Y cosas positivas también. Estados Unidos es un país donde la idea de un futuro mejor te ayuda a superar el presente terrible. Nueva York es una ciudad con mucho estímulo.

-¿Y qué ve ahora cuando viene a España?

-Veo un país que ha cambiado de forma milagrosa. Me fui en el 68, imagínese. Es un país vitalista y optimista, aunque aquí está mal visto decir que se es optimista y la gente no lo admite.

-¿Por qué?

-Creo que se debe a los filósofos del siglo XVII, como Voltaire con la caricatura de Cándido, el optimista ingenuo. Muchos filósofos que han influido en España eran personas que no le veían a la vida nada positivo.

-O sea, unos cenizos.

-Aristóteles se preguntaba: "¿Qué les pasa a los filósofos, que todos tienen la bilis negra?". Ahora hay filósofos modernos que tienen una visión que aprecia los valores positivos del ser humano. Pero esto es un fenómeno nuevo.

-¿A qué obedece?

-Antes los filósofos que no salían a la calle a preguntarle a la gente: "¿Del cero al 10, qué te das?". No hacían encuestas.

-Y ahora la gente opina.

-Si en un salón con 70 personas pide que alce el brazo el que se dé más de un cinco de nota en satisfacción, verá que lo hace el 98% de los presentes. Todos salvo los tímidos. Éste es un país muy sano.

-¿Seguro?

-Aquí hay un espíritu de conexión social muy saludable. Vas por la calle y ves a mucha gente hablando, lo que es bueno para el corazón, porque baja la presión arterial, y bueno para la mente, porque nos hace compartir.

-Pues habrá que emplearse a fondo.

-Al comunicarnos nos desahogamos. Recomiendo a mis pacientes, cuando no tienen a nadie y no pueden salir de casa, que hablen con seis personas al día.

-¿Tiene que ser con seis?

-Sí. Es un número mágico. No se por qué, pero funciona.

-¿Y si le digo que España está fatal?

-Eso es un pensamiento automático, que tiene bastante gente que vive aquí pero que no responde a la realidad, que es positiva.

-No se referirá a la realidad económica.

-La economía va mal en todo el mundo y en España habrá aspectos de la economía que van peor que en otros países. El optimismo no anula la importancia del problema, ni hay que quitársela. Pero te da esperanza.

-¿Recomienda entonces el optimismo?

-Pues sí. La humanidad ha superado las peores atrocidades, empezando por la Segunda Guerra Mundial, en la que murieron 52 millones de personas. No es lógico pensar que no vamos a poder superar esta adversidad.

-¿Cuántas crisis se pasan en la vida?

-Dos crisis importantes de promedio. Hay personas que no pasan ninguna.

-¿Y ésta es una de las dos que nos tocan?

-Depende de cómo le haya afectado a cada cual. Para quien caiga en el desempleo y pierda la seguridad económica será sin duda una crisis.

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