bernardo díaz nosty. periodista y escritor

"El poder ya genera nuevos mecanismos de opacidad"

-La historia de Moura Budberg es, en gran medida, la historia del siglo XX. Pero, ¿por qué vestirla de novela? ¿No habría resultado más eficaz un ensayo?

-No sé si la novela es más eficaz para contar la verdad, pero sí nos hace más libres. El ensayo encorseta demasiado la narración en unos cánones muy dirigidos, y eso te obliga a dejar zonas vacías, porque no toda la historia es reconocible. Pero la novela admite una carga subjetiva en la construcción de la realidad. Y además es mucho más divertido.

-Moura Budberg tuvo una amplia proyección social, incluso escribió guiones de cine para Hollywood. Pero, al mismo tiempo, mantuvo sus secretos hasta el final. ¿Qué calló, en realidad?

-Tal vez nada. A lo mejor no había más. Se han desclasificado documentos británicos y de la antigua URSS, y no se ha encontrado nada relevante. Y es curioso, porque se movió bastante y levantaba sospechas. Por otra parte, siendo amante de H. G. Wells, de Gorki y del jefe del espionaje británico, Robert Bruce Lockhart, parece lógico que algo debía saber.

-Menuda seductora.

-Era una mujer fea en la foto fija, pero hermosa en la imagen en movimiento. Tenía vitalidad, demostraba siempre que controlaba las situaciones, especialmente cuando ingería vodka en cantidades importantes.

-Al final, ¿la clave para pasar a la Historia es lo que uno cuente de sí mismo?

-Ése es un plano de contradicciones que subyace en la novela. Moura Budberg supo envolver su vida para hacer frente a las dificultades, recurría al maquillaje con ambición estratégica. Pero luego hay otra lectura de la Historia, que es la que hace el autoritarismo, con su empeño en intervenir en los testimonios a la manera de Stalin, borrando lo que no le gusta. Es la lectura de los vencedores, que sigue demasiado en boga, y a la que habría que proponer otra. La memoria histórica es esto, no sólo desenterrar cadáveres de las cunetas, también la reconstrucción de la verdad que necesitan los marginados de la Historia, una recuperación de la dimensión humana desde su perspectiva, desde la constatación de su existencia.

-En ese sentido, La monja encuadernadora rinde homenaje al periodismo, aunque deja un poso agridulce. ¿Estamos condenados a no saberlo todo?

-Yo soy habitualmente optimista, pero considero difícil la posibilidad de remover los escenarios que se han construido con falsedades a lo largo de la Historia. Hay dictadores reconocidos, pero también los hay por reconocer. En la novela aparecen determinados casos, relativos a espías y asesinos, algunos macabros, que hoy pueden parecer tremendos, como que claman al cielo, pero que en su momento pasaron desapercibidos o incluso gozaron del favor de la gente. Eliminar los tópicos incrustados en la Historia es muy difícil, por más que sean ajenos a la verdad, o al menos a una revisión objetiva de lo que sucedió.

-¿Tenemos las garantías de que el tiempo presente sí será reconocido?

-Si te dijese que tengo una respuesta a eso, te engañaría. En términos tecnológicos estamos más cerca de registrar todos los movimientos del ser humano. Hemos generado una progresión de la recogida de datos que casi nos hace dependientes de los sistemas de registros. Esto nos acerca, teóricamente, a la posibilidad de reconstruir la realidad en relación a muchos parámetros, tanto en sociedades como en individuos. Pero, al mismo tiempo, la Historia transmite siempre una lucha dialéctica y unas relaciones de poder, y el poder hegemónico está generando hoy nuevos mecanismos de opacidad. Las nuevas tecnologías favorecen la transparencia, pero, al mismo tiempo, a cuenta de argumentos como la seguridad, están reapareciendo, incluso con más fuerza y sin confrontación ideológica, obstáculos serios a este proceso.

-Moura Budberg es también un puente entre los dos lados del Telón de Acero. ¿Es Ucrania la última prueba de que éste va a seguir siendo inevitable?

-Creo que no. Poco antes de la caída del Muro conocí a un ruso que se dedicaba a vender antenas parabólicas en el mercado negro, y parecía tener claro que las fronteras tenían los días contados. Internet ha contribuido después a ciertos aspectos positivos de la globalización, a considerarnos más cerca, a una superación práctica de esas fronteras, incluso a nivel afectivo. Ahora es más difícil inventar al enemigo, por eso la tecnología avanza y crea drones a la vez que favorece una automatización de la comprensión de la realidad, lo que rinde tributo al mismo poder hegemónico.

-Todo esto recuerda al pensamiento de H. G. Wells, a la posibilidad de cambiar el mundo y la Historia a través de la divulgación. ¿Considera posible un nuevo Renacimiento?

-Aquí también quiero ser optimista. El sistema tiene contradicciones, y una de las más graves es la de haber desarrollado tecnologías capaces de divulgar ampliamente el conocimiento y a la vez haber creado refugios de opacidad. Entre las generaciones jóvenes hay una inclinación a la publicación, a compartir, a divulgar, lo que no dejan de ser viejos valores democráticos, pero a la vez la verdadera influencia, la del poder, sigue enclaustrada. La diferencia, no obstante, es que la gente ya ha viajado, el mundo ha dejado de ser un desconocido, e internet ha influido mucho en esto. Hemos ido a otros sitios y hemos comprobado que, en contra de lo que se nos había dicho, la gente que hay por ahí es igual a nosotros. Y saber esto representa un arma muy poderosa para cambiar las cosas.

-Tanto en la figura de Moura como en la de la monja que da título a la novela hay una posible clave feminista. ¿Al final, la dialéctica que mueve la Historia es una cuestión de género?

-Es más que probable. Y es curioso, pero varios lectores, incluidas algunas feministas, me han llamado la atención sobre eso que dices, de manera elogiosa. Pero, que conste, no ha sido consciente por mi parte.

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