"Les leí un poema a los católicos, y el párroco me pidió cien copias"

-Debe ser el poeta con más años de cárcel...

-El poeta y el ser humano. En prisión de los 19 años a los 42. Nacer a los 42 años es una cosa muy seria. Lo difícil es adaptarse a la libertad. La cárcel era mi hábitat. Al salir, los ojos se me pusieron rojos de la luz. En los horizontes amplios, me mareaba hasta el vómito.

-¿Como encontró España en 1961, cuando sale libre?

-En un encuentro con la Unión de Mujeres Francesas, muchas lloraban por las cosas tan tristes que les contaba. Aproveché que una me preguntó por lo que más me había sorprendido al salir. Le dije que dos cosas, los coches y las mujeres. Tenga cuidado, me dijo otra, son las dos cosas que le pueden atropellar.

-¿Memoria o historia?

-Las dos cosas. En Béjar me dieron el Premio Libertad en recuerdo a un episodio entre liberales e isabelinos por el que esa ciudad tenía el título de Liberal y Heroica que Franco le quitó. Allí murieron 33 jóvenes. Uno de los que habló en el homenaje se sabía los nombres de los 33 héroes y nunca había oído hablar de Franco y de la dictadura.

-¿Dónde cae preso?

-En el campo de concentración de Albatera. Estábamos en el puerto de Alicante esperando los barcos ingleses y franceses que nos habían prometido. Los que llegaron fueron los de la escuadra franquista. Pasé a la prisión de Porlier, un colegio de calasancios en el Retiro, al lado de donde vivo, y de allí a Ocaña, la cárcel más dura. Con la pluma de Dostoievski, en una noche habría escrito el libro más estremecedor. Me mandaron a Alcalá de Henares y a Burgos, donde me conmutaron las dos penas de muerte por sesenta años.

-¿Cómo mantuvo en prisión su vocación literaria?

-Yo no empecé a escribir seriamente hasta 1954. Me metieron en una celda de castigo cuarenta días. Te quitaban el petate por la mañana, el colchón, del que se hacía cargo otro preso. Por una ranura me metían un trozo de queso, pan. Alguien metió unas hojas sueltas del Canto General de Neruda y Canciones del Paraná, de Alberti. Me las leía día y noche hasta memorizarlas. Vi que había una música interior en mí.

-¿Sin antecedentes?

-Cuando se produce la sublevación, con 16 años me apunto en Alcalá de Henares al Batallón Libertad, que me utilizaba de mascota. Yo era el que hablaba al enemigo en las comunicaciones que teníamos cuando las trincheras estaban muy próximas. No era poeta, pero improvisaba cosas muy apasionadas.

-¿Coincidió con otros poetas en la cárcel?

-Cuando cerraron Porlier, pasé tres días en la cárcel del Conde de Toreno, convento habilitado como prisión. No había cárceles para tanto preso. Coincidí tres días con Miguel Hernández. Le hicimos un homenaje en la cárcel de Burgos.

-El 28 de octubre se cumplen diez años de la muerte de Alberti. No faltaba en El Puerto a sus cumpleaños...

-Rafael decía que yo era su comisario político. María Teresa León era más política. Alberti convertía en poesía todo lo que tocaba, hasta la muerte de Grimau. María Teresa se echaba a la calle. Es más conocida como esposa de un genio que por su propia genialidad.

-¿Encontró el amor al salir de la cárcel?

-Conocí a una mujer que se llamaba Vida, aragonesa. Nos separamos en 1975. Fue un error elegir la vida de pareja. Yo era un toro en medio de una tormenta. Pero fue una separación civilizada. Vive en París. Nos seguimos viendo y nos une un hijo que nació justo veinte años después de que me conmutaran en 1944 la pena de muerte.

-¿Es comunista?

-Desde los 18 años. Que se llame comunismo o como sea, yo soy de lo que acabe con la guerra, el hambre y las desigualdades sociales. En mi barrio, cerca del Retiro, vive mucha gente del PP, me respetan y me dicen: si todos los comunistas fueran como usted. Y yo les digo que son mejores que yo.

-En los cumpleaños de Alberti, se metía a ver los partidos de fútbol...

-Yo jugué en los alevines del Madrid. No voy al fútbol. No tengo tiempo ni para ir a los médicos. Tengo compromisos hasta mayo con mi último libro, Decidme cómo es un árbol. Lo presenté en el Parlamento Europeo y en una iglesia de Vallecas. Les leí un poema que escribí en la cárcel a los católicos. Al día siguiente, vino el párroco adjunto a pedirme cien copias.

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