Las Claves

'El Chapo' Guzmán no se habría escapado de una cárcel española

  • La modernización de los sistemas de control y vigilancia en las prisiones del país ha posibilitado unos centros más llevaderos tanto para los reclusos como para los funcionarios.

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ZAKHAR Kalashov fue el preso más peligroso de España hasta que en octubre de 2014 consiguió ser extraditado a Rusia cuando faltaban ocho meses para cumplir su condena de nueve años de cárcel. Jefe de la mafia rusa, su traslado desde Dubái a Madrid se realizó en un avión de la Fuerza Aérea Española, escoltado por cazas. Durante sus años de condena permaneció en celdas aisladas en las diferentes prisiones a las que era conducido sin previo aviso, se le cacheaba varias veces al día y se revisaba su habitáculo, no se le permitieron visitas excepto la de su abogado, Javier Gómez de Liaño, y no se le permitió tampoco mantener contacto con otros presos. La versión oficial era que esas medidas tenían como objeto impedir que fuera asesinado, pero en realidad se trataba de evitar su fuga. Contaba con ingentes cantidades de dinero para pagar a quien pudiera facilitarle la huida. No lo consiguió. Y su extradición, que estaba convencido de que iba a conseguirla al poco de llegar a España, no llegó hasta que estaba a punto de cumplir sus años completos de condena.

El Chapo Guzmán difícilmente podría haber escapado de una prisión española. El jefe del cártel de Sinaloa en México, que acaba de provocar una grave crisis política y social en el país tras huir de la cárcel de alta seguridad de El Altiplano a través de un túnel de un kilómetro y medio de largo que salía desde la ducha de su celda hasta una casa situada cerca de la prisión, contó con ayuda exterior e interior. Es evidente que se le permitió escapar, de ahí la crisis política. En el México actual no sólo se compran voluntades al más alto nivel con dinero, en la mayoría de los casos son las amenazas de muerte a familiares de funcionarios de prisiones, policías, jueces, gobernantes o miembro del Ejército lo que provoca la colaboración con los narcos, a cambio de que no secuestren, torturen o asesinen a sus familiares.

Ese control institucional es lo que provoca que los jefes de los cárteles de la droga sonrían con sorna cuando escuchan el veredicto de un tribunal que les condena a prisión el resto de su vida. Sin embargo, sin la amenaza mortal a su familia, y con las medidas de seguridad que se han impuesto hoy en las prisiones españolas, difícilmente un preso se puede fugar hoy de una prisión en este país. Con la excepción de las prisiones catalanas, donde se han producido varias fugas en los últimos años, algunas con métodos ridículos propios de películas de serie B, saltando desde un tejado al exterior o incluso descolgándose con sábanas desde una ventana. Cataluña tiene transferidas las competencias penitenciarias, y la mala experiencia hace difícil que se plantee ampliarla a otras regiones.

Al contrario que en México, no existe en España una cárcel de alta seguridad. Las prisiones se dividen en módulos, con diferentes edificios, calles, patios, e incluso plazas y jardines, y en esos módulos hay espacios para muy distintas funciones y tipo de presos, desde extranjeros a madres con bebés o transexuales, que sólo tienen en común que deben recibir un trato adecuado a sus circunstancias personales. Y, evidentemente, hay módulos destinados a presos peligrosos a los que un juez puede decretar aislamiento.

La mayoría de ellos forman parte del FIES, Fichero de Internos de Especial Seguimiento, que incluye a terroristas, miembros de bandas de crimen organizado, islamistas fanáticos o presos que han demostrado especial ensañamiento con sus víctimas. Eso significa que no comparten ninguna actividad con ningún otro recluso, ni siquiera las horas de comida, que hacen solos en su celda. Tampoco la hora de patio a la que, como mínimo durante una hora, tienen derecho. No pueden recibir visitas ni llamadas, sus celdas son registradas a diario, incluso varias veces, y también se les cachea con frecuencia.

En circunstancias normales las medidas de seguridad en las prisiones españolas son más llevaderas. Entre otras razones porque la tecnología permite que el control y la vigilancia se realicen sin necesidad de un contacto visual permanente, con cámaras por todo el recinto, detectores de movimientos sospechosos, blindajes de puertas que se abren con sofisticados mecanismos. Pero esa tecnología permite también más libertad de movimientos de los presos dentro de la prisión. Incluso, desde hace unos años, se han puesto en las prisiones españoles los llamados Módulos de Respeto, en los que conviven presos a los que se les exigen ciertos requisitos antes de formar parte de ese grupo de reclusos que cuentan con más privilegios que los que residen en módulos convencionales.

Cuentan con una especie de gobierno de los propios presos, que se ocupan de que se cumplan las normas de comportamiento. Quien falle, sale de forma inmediata de ese módulo en el que hasta se mantienen abiertas las puertas de la celdas porque no se producen robos. Saben los presos que, si se da un solo caso, sus propios compañeros lo expulsarán de ese módulo en el que una vez al trimestre se permite la visita de la familia, con la que se puede compartir unas horas de compañía en las zonas comunes.

El control de las visitas está lógicamente relacionado con las medidas de seguridad. Los reclusos españoles tienen derecho a dos visitas semanales de 20 minutos en locutorio, o una semanal de 40 minutos. Los vis a vis, en celdas especiales, se pueden realizar una vez al mes y, en función del comportamiento del preso duran de una a tres horas.

Pueden hacer diez llamadas telefónicas a la semana de cinco minutos, como máximo a diez personas distintas, y el preso está obligado a dar el nombre, filiación y número de teléfono de esas diez personas. No pueden recibir llamadas del exterior. También está regulado el envío y recepción de paquetes, que siempre se hace a través de un departamento que registra todo lo que se recibe o envíe, paquetes que no pueden superar los cinco kilos de peso y que el preso debe recibir o enviar personalmente. Son paquetes que se pasan por un arco voltaico, y sólo se abren si se advierte algún indicio de que el contenido es sospechoso.

En las prisiones españolas el foco de seguridad se centra hoy en los terroristas islamistas. Además del aislamiento y vigilancia especial al que son sometidos, se ha advertido que en los casos en los que se les permite el trato con otros presos, son rechazados por la mayoría de ellos, por la atrocidad de sus crímenes. Incluso son rechazados por delincuentes comunes musulmanes, que con frecuencia rehúyen su contacto.

Nada es inexpugnable, ni la aparentemente más segura de las fortalezas, porque el factor humano siempre puede echar abajo las barreras más sofisticadas, como ha ocurrido en El Altiplano. Pero en España, las cosas se han puesto prácticamente imposibles para presos como El Chapo Guzmán.

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