Editorial: 'El hombre que integró a la derecha'

COMO todo en él, la biografía de Manuel Fraga es igual de hiperbólica. Ayer murió a los 89 años en su domicilio madrileño, pero no abandonó la política hasta las últimas elecciones generales, meses antes de las cuales anunció que no repetiría como senador. Algo más de 60 años dedicados a la vida pública, que le llevaron desde el franquismo hasta la integración de la derecha en el proceso de la Transición democrática española para después dejar en manos de José María Aznar ya el PP, donde ser reunieron desde los más conservadores hasta los centristas procedentes de la UCD. Su gran contribución a la democracia española fue ésa: no dejar a ningún grupo de la derecha fuera del consenso constitucional. Su mayor éxito político: fundar Alianza Popular y reconducirla hasta el PP, uno de los dos grandes partidos que articulan el actual sistema parlamentario español. El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, uno de aquellos jóvenes que se integraron en AP con motivo de las elecciones de 1977, recordaba el sábado en Málaga que sin él el PP no habría existido. En su extensa biografía, hay tantos claros como oscuros. Fraga fue uno de los ponentes de la Constitución española, en representación de AP, aunque algunos de sus diputados votaron en contra en el Congreso; fue ministro de Franco, aunque su paso por el Ministerio de Información y Turismo trajo algunas trazas de aperturismo como una tímida Ley de Prensa que, comparada con lo anterior, supuso uno de los hitos con el que el franquismo se fue extinguiendo desde dentro. Enviado a Londres como embajador, volvió como ministro de Gobernación del primer Ejecutivo de la Monarquía de don Juan Carlos. Quizás fue su período más polémico, cuando se vivieron procesos como los de Montejurra y Vitoria. Cuando llegó la Transición, no tuvo reparos en conciliarse con sus antiguos enemigos y en la historia ha quedado aquella presentación que hizo de Santiago Carrillo, entonces secretario general del PCE, en el Club Siglo XXI. Posiblemente, ese gesto simbolice como ninguno aquel espíritu de la reconciliación española, del que fue uno de sus puntales.

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