Soraya contra Soraya

EN el segundo duelo en la cumbre en el Congreso de los Diputados, el presidente del Gobierno lo dijo bien claro: la reforma laboral "no va a producir efectos en el corto plazo" por la situación del país y por el entorno europeo. Pero agregó que servirá para sentar las bases para crear empleo de manera sostenida y estable en el futuro. De esta forma, sin medias tintas, respondió Rajoy a una pregunta de Pérez Rubalcaba que buscaba, principalmente, dejar constancia de que su adversario mintió cuando en plena campaña electoral anunció que no abarataría el despido (y que no subiría los impuestos).

Pese a la dureza de las medidas legislativas aprobadas por el Consejo de Ministros el pasado viernes y a la incidencia que tendrán en el mercado laboral español, el debate resultó casi amable. Quizás el espíritu pactista de una jornada propicia para desatascar las cañerías del Tribunal Constitucional, el Defensor del Pueblo, el Tribunal de Cuentas y el Consejo de Administración de RTVE en el encuentro de ambos tendrían horas después en Moncloa, pesó lo suyo. O quizás Pérez Rubalcaba, consciente de que Rajoy sigue en la cresta del tsunami sustentado por una supermayoría parlamentaria y por una ciudadanía más expectante que crítica, ha elegido un tono moderado para esta primera etapa de la travesía parlamentaria en el desierto.

Nada que ver con el mano a mano entre las dos Sorayas. Había cierto morbillo por ver esta primera confrontación entre estas dos paisanas de Valladolid. Y no defraudaron. La vicepresidenta salió dispuesta a merendarse a la nueva portavoz del Grupo Socialista en el primer asalto. Curtida en estas lides en los debates con María Teresa Fernández de la Vega, a la que acabó ganando por puntos, salió con las pinturas de guerra y, por momentos, pareció interpretar el papel asignado la bancada de la oposición. Con la herencia ZP por bandera para contrarrestar las duras críticas de la socialista a la reforma laboral, golpeó con puño de hierro en defensa del Gobierno y se tornó faltona por momentos en su tarea de oponerse a la oposición. Con tanto poder en su haber (hasta los espías entran en su negociado), es normal que vaya de sobrada. Ya se dará cuenta que estas formas parlamentarias -y victorias, porque ganó- no le convienen mucho.

Por el contrario, su homónima perdió por puntos pero salió viva, que no es poco. Es una señora que habla bien, da bien en la cámara, no tiene ni un pelo de tonta y mide un palmo más que su contrincante. Pero tendrá que curtirse en la principal plaza del parlamentarismo español para dar la talla de martillo pilón con guante de seda que se le exige. Por lo pronto, bien haría en renunciar al tono mitinero con el que debutó con picadores para encontrar otro más acorde con el lugar que ocupa en la Cámara Baja.

En clave más andaluza, la ministra de Trabajo y Seguridad Social, Fátima Báñez, fue la protagonista más destacada por la reforma laboral. Solventó con temple -apeló a la ética de la responsabilidad- las duras críticas del diputado de Izquierda Unida Gaspar Llamares por la reforma laboral.

Otros ministros -José Ignacio Wert, de Educación; Miguel Arias Cañete, de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente, y Cristóbal Montoro, de Hacienda y Administraciones Públicas- fueron objeto de preguntas relacionadas con Andalucía. Wert capeó el cambio de temarios para las oposiciones apelando a la excelencia; Arias Cañete recordó que el acuerdo agrícola entre Marruecos y la UE llevaba la marca de ZP, y Montoro negó "vacío presupuestario" para eludir la presión de Europa y de la oposición sobre unos Presupuestos que se conocerán hasta después de las elecciones andaluzas.

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