La austeridad por bandera

OFRECIERON a la familia que la capilla ardiente se instalara en el Senado o en el Congreso, como sucedió con otros ponentes de la Constitución, pero sus hijos decidieron que mejor en casa, para recibir sólo la visita y afecto de las personas cercanas, las personas que han formado parte de su vida, tanto en su mismo partido como los que han sido adversarios políticos. Le ofreció la Xunta que se instalara en Santiago, pero los hijos respondieron con el mismo argumento, que preferían que estuviera en su casa, donde falleció; y después le trasladarían a Perbes, al lado de Carmen, su mujer.

En estos tiempos en los que se pone permanentemente en entredicho la buena vida de los políticos y en los que la gente piensa que los signos de austeridad se dan sólo y exclusivamente porque la crisis económica obliga a recortar gastos y hacer alarde de esos recortes, convendría reseñar que son multitud los altos cargos que han hecho de la austeridad una forma de vida; pero para desgracia de ellos la austeridad no se refleja en los medios de comunicación, sólo la ostentación y el derroche. Y si hay un político que ha dado pruebas más que evidentes de que no se ha enriquecido con la política y ha gastado lo mínimo, es Manuel Fraga, a quien rinden homenaje personalidades de muy distinta procedencia.

No era suya la casa en la que falleció, sino alquilada, puerta con puerta con la de su hija Isabel, médico, que pidió una excedencia para cuidarle cuando su salud empezó a deteriorarse. La familia Fraga disfrutó durante décadas de una espléndida vivienda en Madrid, en una céntrica zona ajardinada donde se construyeron pisos muy amplios para catedráticos. Vitalicios, pero Fraga renunció a aquella casa, en la que crecieron sus hijos, cuando ganó las elecciones gallegas y se instaló en Santiago. Pocos catedráticos lo hicieron, por no decir ninguno; allí viven todavía algunos catedráticos eméritos que por edad hace ya muchos años que dejaron la docencia y la investigación. No es el caso de Fraga.

"Tengo Perbes", solía decir a quienes le reprochaban que hubiera renunciado a su casa de toda la vida. Pero Perbes estaba lejos del Senado, su última pasión política, su último destino político, y poco pudo disfrutar de aquel refugio gallego en los últimos años por sus problemas de cadera. Sus lujos han sido escasos: la compañía de sus hijos y nietos, los encuentros con los amigos de siempre, la lectura sosegada -no compulsiva, como años atrás- de libros y periódicos y, hasta hace unos meses, la escritura, que tuvo que ir dejando a medida que le empezaron a fallar los ojos.

Su austeridad fue ejemplo para sus hijos. Rajoy le ofreció continuar en el Senado y con toda seguridad sería elegido, pero los hijos consideraron poco adecuado que ocupara un puesto y recibiera un sueldo oficial cuando su salud le impediría cumplir como era habitual, a diario, desde primera hora de la mañana y sin mirar el reloj. Como rechazaron la capilla ardiente en el Congreso, el Senado o el Palacio de Raxoy en Santiago, demasiado boato para un hombre que se encontraba mejor en escenarios sencillos.

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