La última fantasía

Recuerdo un reportaje de Cuatro en el que Jesús Calleja pateaba con Zapatero algunas de las montañas de juventud del aún presidente. Me sorprendió que masticase un kilométrico monólogo sin atención ni interacción alguna con los figurantes montunos. Entonces comprendí que ZP se lo ha creído todo este tiempo. El hombre pensaba que era un crack y que España acabaría rebasando los indicadores de bienestar de perros viejos como Alemania o Francia. Inconscientemente, me acojoné. Deseé que se fuera y dejara paso a gente más sobria o al menos no tan iluminada. Y al final se va, eso sí, en 2012, y con la incógnita de unas primarias y una sucesión que puede encumbrar (a efectos orgánicos, no de Gobierno) a Rubalcaba, otro perro viejo sin las prestaciones, claro, de Francia o Alemania.

El PSOE perderá las próximas generales. Perderá pese a la abúlica incompetencia de Rajoy. Perderá incluso si encuentra un conejo en la chistera de sus desdibujadas siglas en forma de candidato audaz, creativo y soñador. Al presidente le honra imitar a Aznar en lo del tope de las dos legislaturas. Y le revaloriza más aún despreciar la táctica del dedazo y auspiciar unas primarias. Pero, objetivamente asumida la derrota, tal vez hubiera sido mejor (re)presentarse, hacer la estatua sin paraguas bajo la lluvia de mierda y desinfectar Ferraz a posteriori para que el nuevo líder no debute con un gargajo tan horrible en el currículum.

Por resumir sus tres legislaturas en primera línea en apenas un párrafo, diría que ZP arrancó con el encanto de los bobalicones inofensivos, maduró con medidas más simbólicas que efectivas, exageró su sueño de una España primermundista con derroches y guiños sociales mal medidos, y se curtió a base de hostias durante el increíble chapapote de la crisis, primero negada, después rebajada y finalmente aceptada en toda su magnitud y con todas sus consecuencias hasta el punto de que, hoy, la seña distintiva de la política del presidente es el permanente sacrificio económico por el bien de la nación. Despreciado y marginado por la opinión pública, Zapatero, en el fondo, se ve paralelo a Suárez. Será su última fantasía política.

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