España festeja con reservas

  • Las calles de las principales ciudades no se colapsaron como en otras ocasiones

Récord histórico de audiencia televisiva y fiesta en todo el país, aunque con límites: España celebró con alegría contenida su histórico pase a las semifinales de la Eurocopa, casi como si no se atreviera o supiera festejar en los grandes instantes. Algo que no deja de ser extraño en un país tan festivo. Quizás el sufrimiento acumulado y lo poco habituados que están los españoles a celebrar éxitos de su selección explican que el país no se convirtiera en una enorme y desenfrenada fiesta en la noche del domingo. Justificado estaba, porque España no alcanzaba desde hacía 24 años las semifinales de un gran torneo.

Eso sí, la victoria ante Italia rompió récords. La definición desde los 11 metros marcó un registro inédito de audiencia en la historia de la televisión, pues fue presenciada por una media de 15.372.000 espectadores, con una cuota del 77,5%. El minuto más visto se registró cuando Cesc tiró el último penalti que dio la victoria a la selección española. Ese lanzamiento alcanzó una audiencia de 15.922.000 espectadores y 79,9% de todos los televisores encendidos en ese momento. Fue el momento en el que sólo se escuchó un grito en todo el país: "¡Gooool!".

Una media de 11.501.000 espectadores, con un 68,8% de cuota de pantalla, siguieron la victoria.

Lo curioso es que no hubo grandes celebraciones, al menos no al estilo de lo que sucede cuando el club de una ciudad gana un título importante o festeja un ascenso. No hubo grandes concentraciones de hinchas, ni el desfile habitual de coches haciendo sonar sus bocinas. Fue como aquella fábula en la que el león queda amansado después de que el buen pastor le quitara la espina que le atormentaba. España soltó lastre, se quitó un peso de encima, rompió la llamada maldición de cuartos y, en vez de gritar su euforia se quedó anestesiada, como plácidamente dormida después de tanto sufrimiento.

Hasta los periódicos deportivos huyeron en cierto modo de la euforia que suele acompañar cada éxito en España y adoptaron una postura más mesurada de lo habitual. Parece que, a fuerza de derrotas, hubiesen aprendido de tantos ataques de campeón por anticipado.

España recobró su actividad diaria, la del tremendo ruido, la de los camiones descargando con descuido, la de los turistas enrojeciendo bajo el sol aplastante. Y en los bares los españoles sólo hablaban de fútbol, aunque sin la euforia habitual que acompaña al éxito. Quizá sea que España por fin ha aprendido a festejar sólo el éxito final.

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