Cuando Málaga se hizo luz y canción

  • El reivindicativo y musical pregón de Javier Ojeda cumplió con la liturgia y dio paso a la fiesta de los fuegos artificiales en una playa de la Malagueta llena, con ganas de Feria y de Miguel Bosé

Paradoja: todavía a las puertas de la madrugada hacía un calor de mil demonios y las previsiones meteorológicas apuntaban tormenta para un par de horas después. Contra los elementos, sin embargo, se levantó ayer la ciudad de Málaga, que se dispuso a recibir la Feria con todos los honores en una abarrotada playa de la Malagueta. No importaba que este año la fiesta pierda un día, ni que la inauguración no contara con un patrocinador internacional como en anteriores ocasiones: las gentes de todas las edades y condiciones que acudieron al pistoletazo de salida tenían ganas de pasarlo bien, de aplaudir y gritar, de compartir un momento en el que todo lo demás, especialmente lo malo, podía quedar en un plano definitivamente distinto. En el encuentro, que se desarrolló según la más tradicional fórmula litúrgica del género, hubo luz, música, ruido, mar y una extraña comunión dotada de compás, como si en el fondo todo el conjunto constituyera una canción. Cabría parafrasear a Silvio Rodríguez para asegurar que sí, que anoche Málaga quería ser canción.

A la consecución de semejante tono contribuyó el pregón de Javier Ojeda, cantante de Danza Invisible, quien, tras la pertinente presentación y bienaventuranza del alcalde, Francisco de la Torre, subió al escenario a sus compañeros de banda, Chris Navas, Antonio Gil y Manolo Rubio, para rematar su intervención con música en directo. Lo que brindó Ojeda no fue exactamente un pregón, sino una especie de confesión en la que no faltó una personalísima descripción de Málaga ("Soy malagueño y amo esta ciudad, con sus cosas buenas y sus cosas no tan buenas. Somos alegres, bulliciosos, habladores, salvajemente individualistas y me encanta que así sea. No hay una Málaga, sino 600.000 malagueños dispuestos a opinar sobre lo humano y lo divino") ni encendidas apologías de sí mismo ("Señoras y señores, a lo mejor me falta un tornillo, pero es que al fin y al cabo soy músico, y verdaderamente es necesario que te falte uno para dedicarse a esta profesión. Aunque pienso que uno no puede escogerla, al contrario, es ella la que te elige a ti y decide que vas a actuar en su nombre").

Ojeda defendió a ultranza la singularidad de la Feria de Málaga ("¿Que nuestra feria no es muy flamenca? ¡Y que más da! Las tradiciones las hace la gente, y no por menos flamencos vamos a ser menos andaluces (...) Málaga es pija y merdellona, vanguardista y arrabalera, altiva y orgullosa") y reivindicó un mayor apoyo para los músicos malagueños, especialmente a los menos veteranos ("Necesitamos nuevos Danza Invisible, nuevos Tabletones y nuevos lo que sea. Nosotros demostramos en su momento que no hacía falta irse de Málaga para forjarse una carrera, aunque es cierto que también pillamos unos tiempos más propicios que los actuales"), a quienes hizo extensible el reconocimiento que supuso el pregón a su figura. Concluido su discurso, y con sus compañeros de Danza Invisible ya junto a él, Ojeda entonó A este lado de la carretera como homenaje sentido a su oficio: una oportunidad para la música que tuvo su coro en el entregado respetable.

Después llegó el turno de los fuegos artificiales, con más de siete toneladas de explosivos para 46.000 efectos pirotécnicos repartidos entre el Dique de Levante y San Andrés. Durante 23 minutos el cielo se llenó de tonalidades y formas, algunos perros ladraron, algunas parejas se besaron y la mayoría de los ojos se mantuvieron firmes contra los agoreros del tiempo, seguro que tanto jaleo espantará a las nubes.

Y música, claro, más música: Waka waka, esto es África de Shakira (con el necesario recuerdo al triunfo de La Roja y la visible alegría de más de un aficionado), A question of honor de Sarah Brightman, Your song de la Banda Sonora de la película Moulin Rouge, You'll be in my heart de Phil Collins, Waving Flag de David Bisbal y K´Naan, y Bad Romance de Lady Gaga sonaron mientras el fuego completaba su danza, y de nada sirvieron los peores análisis financieros, ni los vaticinios del paro ni la prolongación de la crisis: adolescentes en bañador y sacrificado corte de pelo, mayores con ganas de darse una oportunidad, descamisados peligrosamente arrimados a cuerpos ajenos, pandillas de amigos que parecían llevar allí toda la vida, solitarios que intentaban desesperadamente hablar por un teléfono móvil en pleno bullicio, degustadores de bocadillos y altramuces, matrimonios respetables, ilusionados seguidores acérrimos del Málaga, pacientes fans de Miguel Bosé, turistas que parecían no saber muy bien dónde se habían metido y otros miles de garantes para la fiesta aplaudieron cuando hubo que aplaudir y saludaron a la Feria como corresponde, como al amigo que regresa cada verano para que nada más importe.

Miguel Bosé remató la canción que fue Málaga con su concierto, al servicio de su último disco, Cardio, con una espectacular puesta en escena y un repertorio a gusto de todos. Y la noche entera cabía en un puño.

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