Siempre quedará Bilbao

  • El calor sofocante fue la nota más destacada de una última jornada a medio gas con algunos despistes

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Un tipo con pinta de andar más despistado que borracho no creía lo que tres amigas bastante más enteras le aseguraban ayer en la Plaza de la Merced: "¿De verdad se acaba hoy la Feria? ¿Y por qué? ¿Por qué dura un día menos? ¿Por qué han quitado el domingo?" "Es por la crisis", contestó una de las acólitas, adornadas con faldas cortísimas y provocadoras camisetas. "Entonces hay que bebérselo todo hoy", concluyó el anterior. Y así fue: cuando usted esté leyendo estas líneas la Feria de Málaga 2010 ya será historia, a no ser que sea aficionado taurino (hay corrida hoy en La Malagueta) o tenga hijos y quiera llevarlos a los carricoches a mitad de precio. Hoy mismo unos suspirarán aliviados, por fin se acabó toda esta tortura, no más vómitos en las aceras; otros, en cambio, ya la echarán de menos y habrá incluso quien inicie la cuenta atrás hasta la Feria de 2011. De todo hay en esta Málaga en la que los grandes acontecimientos parecen no terminar del todo. Los nostálgicos, sin embargo, y en el caso de que sigan de vacaciones, pueden continuar sus aventuras feriantes siempre que estén dispuestos a viajar; mientras termina la Feria de Málaga otras grandes fiestas españolas inician su andadura: algunas no quedan muy lejos, como la de Almería, y otras, aunque más lejanas, prometen ingredientes más exóticos, como las de San Sebastián y Bilbao. ¿Por qué no? A lo mejor una txalaparta no alcanza la variedad tímbrica de una panda de verdiales, pero les puedo asegurar que el escándalo es el mismo. Y en cuestiones gastronómicas, seguro que por ahí se habla de lo que han subido los precios de los pintxos este año. En el fondo, y más allá de sus singularidades, todas las ferias están cortadas por el mismo patrón; y en ello tienen que ver orígenes ganaderos y comerciales similares, aunque también la evidencia de que, a la hora de divertirse, las adscripciones humanas reducen al mínimo sus diferencias.

Así, la jornada de ayer tuvo en la Feria de Málaga un sabor de canto del cisne, pero de un cisne como recién salido de un túnel muy largo, con la noción del tiempo en los espolones. Seguro que influyó el calor, que ayer fue extremadamente duro en la ciudad, por más que los registros de temperaturas hubiesen alcanzado cotas más altas en semanas anteriores: la sensación era como de fuego aplastante, y poco apetecía quedarse al amparo de la intemperie por mucho que el Cartojalentrara fresquito en el gaznate; pero lo cierto es que, si bien se esperaba ayer mucha gente tanto en el centro como en el Real, la asistencia, comparada incluso con días previos de esta misma edición, fue más bien discreta. No faltaron, por supuesto, bailaoras incansables ataviadas con sus trajes de gitana, veteranos vendedores de biznagas, charangas (ayer menos ordenadas, más improvisadas) empeñadas en convertir la calle Larios en una coreografía digna del sambódromo más caliente, adolescentes que no se tenían en pie después de cultivar varios litros de mojito en las venas ni controles policiales con las correspondientes navajas requisadas, pero todo fue a menos, en cantidad y en intensidad. ¿Sería, tal vez, que, además de embriagada, la ciudad estaba realmente cansada? ¿Tenía razón el alcalde cuando aseguraba que la mayoría de los ciudadanos le daban la razón en su decisión de acortar un día la juerga? Con el desmadre ocurre como con los viajes: lo mejor siempre es volver a casa, y algo de regreso tuvo el periplo de ayer. Todo transcurrió como a una velocidad más lenta, como si en realidad Málaga echara de menos su cotidiana refriega, su piedra de Sísifo, su lucha cotidiana, su más particular batalla por cambiarlo todo para que todo siga igual.

Llega la hora de los balances, de los resúmenes de noticias, de las advertencias y los puntos flacos. En realidad, llegará dentro de unas semanas, cuando se haya curado la resaca que nos espera. La comitiva municipal se marcha de vacaciones (que Dios les perdone) y Málaga se queda huérfana de mando. En fin, hasta el año que viene. Y que para salud sea.

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