¿Y si esto no tuviera que acabar nunca?

  • Más de una propuesta para la perpetua celebración de la juerga, más allá del tradicional periplo de agosto, se escuchan estos días en el centro y en el Real: la nostalgia ya pide paso

Por su sencillez, como diría Calígula, la idea es genial. Si el PSOE malagueño quiere que haya actividad durante todo el año en el Cortijo de Torres, pues adelante; pero en lugar de perder el tiempo investigando sobre qué diantre meter allí cuando no haya Feria, lo mejor es optar por el sentido común y lo más sencillo: prolongar la misma Feria, sin cortes, durante todo el año. Como suena. Y en el centro, ídem. Si el alcalde quiere una solución definitiva para la Plaza de la Merced, lo mejor es dejarla a perpetuidad como está durante estos días: encharcada, pero atestada. ¿Acaso existe un sentido mejor de la utilidad pública? Hasta en tres ocasiones escuchó un servidor durante la jornada de ayer, y sólo en el centro, comentarios sobre lo poco que falta de Feria y lo rápido que ha pasado el tiempo; y es cierto: nadie lo diría, pero hace ya una semana que se pronunció el pregón y mañana sábado se cierra el telón. Por más que Francisco de la Torre afirme que la mayor parte de la gente está de acuerdo en eliminar un día del tránsito, la solución es justo la contraria: añadir, añadir hasta los 365 calvarios anuales. Uno de quienes parecían haber caído ayer en la cuenta, Dios mío, esto se acaba, era un probo señor con pinta de haber entrado en los 50 después de haber dado muchas vueltas: se agarró en la calle Sánchez Pastor a la que debía ser su esposa, sonriente y espléndida con una peineta que debía recoger las más ímprobas señales de telefonía móvil, y soltó: "Con todo lo que llevo en lo arto, a ver cómo voy el lunes a trabajar. Que encima se me acaban las vacaciones". Y pregunta un servidor: ¿Por qué hay que hacer pasar a este hombre tan mal rato? ¿No podrían hacerse realidad sus deseos y convertir a Málaga en un definitivo y envidiable rincón internacional de asueto?

Seamos honestos: lo mejor que se puede hacer en esta ciudad es no hacer nada. Nada, al menos, que entrañe una responsabilidad. Málaga es una ciudad genial para tomar unas cervezas mientras se discute cualquier asunto banal, pero no para tomársela muy en serio. Lo de la cultura nunca se nos ha dado bien, por más que a cuenta de 2016 ahora nos quieran convencer de lo contrario (si Nietzsche afirmó que en toda la Historia sólo hubo un cristiano y acabó muerto en una cruz, de Málaga se puede afirmar que sólo hubo un personaje con verdaderas inquietudes culturales y terminó siendo un pintor francés); lo de los mercados estratégicos y las nuevas tecnologías está muy bien, pero ¿quién sabe algo del PTA, por más que su facturación anual crezca como la espuma?; definitivamente, la salud de esta plaza depende de que lo que ocurre en la Feria se mantenga durante todo el año: que venga todo el mundo a beber, a descansar y a pasarlo bien. Entonces, ¿por qué no acometer esta reforma que la lógica parece pedir a gritos de una vez, a la grande? En el centro, la calle Larios, acostumbrada a ser invadida por todo tipo de festivales, promociones publicitarias y mil y una estrategias para la venta directa, no iba a notar mucho la diferencia. Y lo de limpieza, bueno, todo es acostumbrarse. El día en que Málaga renunció a ser una ciudad civilizada se estaban sentado las bases para que no amaneciera aquí una sola calle saneada. Y acudiendo de nuevo a Calígula (mi estadista favorito, al menos en la versión de Albert Camus; deja a Maquiavelo al nivel de una zapatilla): total, un poco más o menos, no importa.

Durante la fugaz noche del miércoles hubo al final chaparrón, aunque el Real no se resintió. El botellón mantuvo sus niveles de aceptación y cerraron algunas casetas más por asuntos de drogas. Cuando volvía a casa, no muy tarde, un transeúnte muy colocado me ofreció en la calle Victoria compartir con él un porro "to gordo" mientras atormentaba a base de cariños a una chica que tampoco andaba muy fina. Costaba rechazar una propuesta tan atractiva, pero decliné alegando malestar general. En el Real los hay tan generosos que incluso invitan a cocaína. Eso es ser acogedor. Lo peor es esconder estas canalladas que florecen solas a los niños que vienen de disfrutar los carricoches. ¿Quién dijo que en Feria somos todos iguales?

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