La botella medio llena

  • El último tramo de la fiesta es el más llevado al extremo, el más aprovechado, pero también el que a su paso deja estampas de una ciudad que espera ser reconquistada

Quizá haya tenido usted oportunidad de pasear durante estos días bien temprano por la capital malagueña; habrá asistido, entonces, al espectáculo de una ciudad bien distinta a la que tan acostumbrados estamos. Ayer me di mi particular madrugón y el esfuerzo valió la pena. A eso de las 7:00, en Feria, la urbe es una resaca parecida a una posguerra. Desde mi barrio, la Victoria, hasta el centro, todo se reducía a un silencio abrumador, como si realmente de puertas adentro no viviera nadie, o como si la población entera durmiera un hechizo de sueño en espera del beso de amor que la despierte. Algunas cafeterías insomnes abrían ya para servir sus primeros desayunos, los quioscos se disponían también a distribuir la prensa en sus muestrarios y tres o cuatro amos sacaban a pasear a sus mascotas, pero el mundo parecía haber reducido el ritmo de los relojes, como en un adagio de Berger. De vez en cuando aparecían feriantes que regresaban a sus casas después de una larga noche de excesos, escupidos por algún autobús en la Alameda y arrastrados, más que desplazados, por su propio pie desde allí. Agrupados sobre todo en parejas y tríos, abundaban entre ellos miradas perdidas y sonrisas a destiempo, como rescoldos del fuego, pero si emitían algún sonido lo hacían en voz baja, ahora preferían no molestar. El ambiente era fresco, muy agradable, todavía olía en algunos recodos a tierra mojada, herencia de la lluvia caída dos días antes. Ya en el centro, a pesar de que los esfuerzos de los operarios municipales han sido evidentemente dignos de Hércules, quedaban restos de la batalla en forma de residuos; pero eliminar estas ruinas definitivamente requerirá al menos un par de días de calma, después de que la fiesta haya dado sus últimos coletazos (lo que ocurrirá precisamente hoy). Sin embargo, mientras paseaba desde la Plaza de la Merced hasta la calle Cister, me venía a los sentidos cierta emoción de ciudad recuperada; pronto, no obstante, todo se disolvería en la soflama feriante de estos días, y lo haría con más ímpetu, el propio de la penúltima oportunidad para quien quiera perder la cabeza y llevar la fiesta hasta el último suspiro. El contraste resultaba idóneo para una comedia romántica, como de una ciudad que despierta pero al mismo tiempo no ha terminado de dormirse del todo. De vuelta, cuando aún era bien temprano, algunas paradas de autobús estaban ya ocupadas por veraneantes impacientes que esperaban la línea que habría de conducirles a La Malagueta, con sombrillas en ristre y sillas plegables colgadas a los hombros. No tardarían mucho las primeras peinetas en encontrar aparcamiento en el Parque, por fin, Eduardo, no tenemos que meterlo en el parking, sí, pero a ver quién vuelve dentro de un rato a pagar el Sare, que hoy no es fiesta. Y vuelta a empezar, la puerta de las biznagas como punto de encuentro universal, los descamisados, los verdiales, los farolillos, la bebida y la comida, la música, el baile. Muchos de quienes poco antes habían viajado a sus domicilios u hoteles para dormir un par de horas ya estaban allí de nuevo, a las 12:00. Como un bucle en el espacio-tiempo.

Con semejante búsqueda de la Arcadia en paisajes urbanos propios del alba, lo que uno buscaba en realidad era desquitarse. Hay pocas ocasiones en las que se puede pasear por las calles de Málaga sin tener que encontrarse con mucha gente y con unas mínimas garantías de seguridad, y las mañanas de Feria son idóneas: quién iba a decir que también esta tormenta de despropósitos habría de satisfacer necesidades solitarias, pero es cierto. Durante el resto del día, y mientras la juerga resiste, hay que tirar de mucha misericordia para seguir teniendo esperanza en la especie humana, sobre todo en el taxón malagueño. Siempre es un placer ver a gente disfrutar, y desde luego no falta gente amable que hace partícipe a cualquiera a que se sume a la fiesta; pero éstos ejercen su buena voluntad en competencia con otros que decididamente van a lo suyo sin importarle las consecuencias que sus actos (desde tirar al suelo una botella de cristal hasta impedir el paso a ciertas calles del centro porque sí, porque de aquí no me muevo) puedan tener en sus vecinos. El pasado miércoles, una señora entrada en años y una pareja que paseaba junto a una niña de no más de tres primaveras discutieron hasta llegar a las manos por el único modelo de sombrerito cordobés que quedaba en un puesto ambulante del Cortijo de Torres; poco antes, en la calle Larios, hasta cuatro agentes de policía tuvieron que emplearse a fondo para reducir a una muchacha más que ebria que por poco no le abre la cara a otra chica a base de golpes y arañazos. La Feria es como el mundo, con lo mejor y lo peor. Pero conviene, quizá, ver la botella medio llena. Eso sí, que sea de gaseosa, por favor.

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