De cabeza al fondo de todas las piscinas

  • La Feria, como todo en la vida, se agota · Los malagueños, conscientes de ello, se lanzaron ayer masivamente a disfrutar el último bastión de las fiestas con ganas de apurar el cáliz · Que la vida es corta, dicen, y algunos trabajan el lunes

Una veinteañera borracha arrastra sus zapatos de tacón fino por calle Alcazabilla mientras su novio la increpa, más rápido Mari, que no llegamos, agarrado de la cintura de otro tipo. La minifalda de la chica se sube peligrosamente, sin pudor, la mirada perdida. Sus acompañantes no hacen caso. El peligroso pulpo que vigila los yacimientos romanos, verdadera estrella de esta Feria, reclama su diálogo de besugos. Pues a mí me mordió un pulpo cuando era chico y me dolió un montón, es que un bicho de éstos te muerde y es capaz de llevarse la mano, pero es que me dolía mucho, te lo juro. Mari se tambalea con las rodillas tibias, camina apoyada a la verja, es demasiado temprano, a dónde vamos ahora, a dónde me llevan. Justo entonces sale un grupo de jubilados del Museo Picasso, vestidos todos iguales, hombres y mujeres, camisetas rojas, sombreros negros de paja, pantalones cortos y vasitos de Cartojal colgados del cuello como escapularios. El acento les delata, no son de aquí, demasiado castellanos a la hora de reírse, que lo hacen y mucho, qué raro era todo ahí dentro, afirma un señor con bigote, tal vez probo empleado de una compañía de seguros el resto del año, no me he enterado de nada, la de Sorolla sí que me gustó. Es que no tienes sensibilidad, le responde una mujer, tal vez su esposa. No, es cierto, no tengo sensibilidad, vamos a comer más jamón que para eso hemos venido. Los jardines traseros del Museo Picasso representan una especie de región fronteriza en esta Feria. Quienes ya no pueden soportar la cogorza se tienden allí a dormir mientras otros feriantes celebran botellones, sacan de paseo a sus perros, meriendan sus picnics y bailan al compás de palmeros cortitos de ritmo pero muy entregados. Por la noche, los perroflautas de turno confieren un ambiente medieval al asunto. Tocan sus guitarras y sus flautas melody, cambian de Bob Dylan a Los Cantores de Híspalis sin inmutarse , por algo es Feria. A veces se les unen algunos rumanos que llevan tocando su acordeón en la calle desde las 11:00. Comparten todos los cigarrillos que fuman. Junto a ellos, algunos malabaristas juegan con sus mazas en llamas, cuidado, algunos niños señalan con sus índices frenéticos. A la misma hora, las colas en la Alameda para coger un autobús no son kilométricas pero lo parecen, llega el 1 desde el Parque del Sur pero absolutamente abarrotado, hay que esperar uno que venga ex profeso a Stella Maris, un anciano pasa vestido con una bata, pantuflas y un paraguas, desapercibido entre quiénes saben que no podrán llegar mucho más lejos, vamos al Cortijo de Torres pero una vez allí qué haremos, nos hemos quedado sin dinero, hay botellones en las puertas, dicen que se liga fácil. Entre los adolescentes espera su turno una pareja atípica: él es un profesor universitario, cuarentón, alopécico, más gordo que el mes pasado, asegura a su compañera, a la que parece haber conocido hace un rato. Ella es de la misma quinta, hace lo que puede por evitar el brazo extraño sobre sus hombros, a mí lo que me gusta es pintar, de pequeña gané algunos premios. Parecen perdidos en una noche que no es suya, buscando una oportunidad para no saben muy bien qué último consuelo. Están rodeados de chavales de quince años que no tienen el carné de moto. Ella habría dado un brazo por una tarrina de limón de Casa Mira. Pero él no ha caído en la cuenta. La Feria no es, como diría Ángel González, un espacio propicio para el amor. Más bien favorece a quienes prefieren no recordar cada mañana lo que ocurrió la noche anterior. En el real, cerca de los aparcamientos, un boliviano de semblante triste vende falsos chalecos de lana de alpaca, falsa la lana, falsa la alpaca, tienen más éxito los monederos y pulseritas, el colorido llama la atención de muchos niños. El género se muestra extendido sobre una manta, se recoge enseguida, es sólo un bulto que se lleva en la espalda. La Feria es un paisaje humano o no es nada. Quedan dos días: suficientes para viajar al fondo.

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