Feria de Málaga

La clave de la cultura feriante

  • El principal factor en el que se sustenta la candidatura a la Capitalidad Cultural estos días es en la actitud de los malagueños · Los de fuera quieren ser de aquí, y los hay que quieren ser de fuera, para irse del centro

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Tras dos días y dos noches de exprimir la Feria al máximo, tanto en versión centro, como en la del Real, un servidor ha conseguido abrir los ojos y medio entender dónde diantres está ese factor cultural malagueño entre tantos litros de Cartojal y raciones de paella.

Uno atraviesa la puerta de biznagas y lo primero que ve, además de una riada de gente digna del Lunes Santo, es un letrero que reza: "Málaga candidata capital europea de la cultura 2016". Por si el cartel se nos ha pasado, en las bases de tan perfumadas flores, casi a modo de mosaico, vuelve a aparecer la citada fecha, en casi un centenar de ocasiones. Aunque si por si eso sabe a poco, compartiendo el cielo de Larios con los farolillos y el necesario toldo, hay una decena de pelotas blancas en las que poner Málaga 2016 es su único cometido. Ante tales anuncios, uno se espera un ambiente digno de enmarcar, de conservar en el lugar más querido de tu hogar, de querer robarlo si fueses Thomas Crown, pero nada más lejos de la realidad. Tras cruzar la calle Martínez y se empieza a subir Larios solamente se suceden puestos de souvenirs y mimos, con lo que dos cosas vienen a la cabeza: La crisis verdaderamente está haciendo estragos con la multiplicación de los puestos ambulantes y los artistas callejeros y cada uno busca las habichuelas donde puede. Y dónde está esa preciada pieza de la que todo el mundo habla y, que haría a un sabio comité elegir la capital de la Costa del Sol, antes que la vecina Córdoba, Cuenca y muchas otras.

Sin embargo, quedarse solamente con Larios sería injusto, pero es la puerta a Málaga, e igual que este año se ha quitado el botellón de la entrada del Real, Málaga no merece que la entrada a su Feria sea un mercadillo. Por las callejillas anexas solamente se encuentran contados sitios donde se conserve la esencia de lo malagueño, rincones donde los puristas, cargados de razón, entonan el "esto ya no es lo que era" ante la marabunta de gente cargada de Cartojal que han tenido que esquivar para poder llegar a ese pequeño lugar sacro en el que se come jamón bien cortado, y Juan Breva es la banda sonora. Del resto de personajes del centro, todo el mundo se sabe la historia: descamisados, pies cortados, borracheras, micciones en sitios no adecuados, y algún roce que otro que se va de las manos, y que hacen un pack explosivo para las familias que se se piensan dos veces lo de ir al centro.

Echando poco a poco a los malagueños del centro, ¿en qué cabeza cabe sacar pecho de culturalidad, y de valorar la Feria como factor determinante, tras la Semana Santa, del eslogan Málaga 2016? Con semejante enigma cerré la Feria anterior y empezaba ésta, pero no fue hasta que no me llegó un mensaje en inglés al móvil, cuando me di cuenta de la grandeza de la fiesta.

El mensaje era de una amiga polaca, de un pueblecito cerca de Varsovia para más datos; me contaba que había llegado el viernes, para ver el concierto de la playa, los fuegos artificiales, y que intentó ir al Pimpi, pero que al final no le dio tiempo. También me decía que había cogido el autobús, que llegaba al Real en 15 minutos, que si iba a estar por ahí, que lo suyo sería bailar en Amigos de Siempre Así, que se está cómodo.

De golpe y porrazo caí en que sin querer se había malagueñizado y que ella, la del país frío, estaba recomendando sitios a un perchelero desterrado en Madrid, que lleva a su ciudad como carta de presentación. Comentando la jugada con mis amigos, volví a darme cuenta de que de los nueve que estábamos, cuatro son de Granada, una de Tokio, y el resto sí que son de aquí.

Y me dirán, con razón: ¿y a qué viene todo esto, y dónde está eso tan digno de enmarcar en la Feria que nos haga merecedores de la Capitalidad europea? Sencillamente: en su gente, que son los que realmente hacen que el vino sepa tan bien, que los volantes vistan tanto, y que incluso Paquito el chocolatero suene bien. Vale, igual con la gente no es suficiente, pero ya se tiene el primer paso dado al haber conseguido que los de allí quieran ser de aquí. La pelota queda ahora en otro tejado que estimule la implicación.

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