Jornada del sábado 14

La colorida bacanal de los ¿seis millones?

  • La jornada inaugural del gran derroche de agosto dejó tras de sí una tónica creciente: menos ambiente ferial y más alcohol barato, aunque claro, hubo para todos los gustos

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Se preguntaba Jardiel Poncela, sumido en una razonable duda teológica, si hubo alguna vez 11.000 vírgenes. Cabría plantear el mismo interrogante a los señores responsables del recuento de feriantes en Málaga: cada año, éste también, tanto las previsiones como los balances se detienen en la esotérica cifra de los seis millones de visitantes, y bueno, no es cuestión de dudar del noble arte de la estadística demográfica, pero lo cierto es que ayer, contrariamente a lo esperado, la primera jornada de Feria no gozó de la incuestionable respuesta popular de otros años. Durante el mediodía, al caminar por el centro, uno tenía la impresión de estar en el lunes o el martes de la semana grande, pero no el primer sábado: demasiadas lagunas quedaban allí donde otrora reinaron los empujones.

Ya a las 19:00 apenas quedaba ambiente en la misma calle Larios, y algunas horas después, tras la inauguración del tendido eléctrico del Real, el Cortijo de Torres se llenaba de la primera ocupación que precede al jolgorio juvenil e insomne, pero nada como para tirar cohetes. ¿La culpa es de la crisis? ¿Del calor? ¿O es que realmente más de uno está harto de Feria? Quizá haya que poner en juego varios motivos. De cualquier forma, quienes esperaban estas fiestas como agua de mayo para salvar la economía tendrán que esperar unos días antes de apagar las velas prendidas al santo: según lo visto ayer, escaso gasto hizo el personal.

En correlación con lo anterior, al menor ambiente general hubo que apuntar un menor ambiente propiamente ferial, especialmente en el centro durante el día. Será que uno es un descreído, pero se vieron pocas peinetas, poca vestimenta tradicional, poco abanico, menos desde luego que otros años; en su lugar, bastante más botellón de lo que venía siendo costumbre. Sólo en la calle Larios y la Plaza de la Constitución se respiraba un ambiente propio de la Feria de Agosto, con la música y los vuelos.

Pero, ya a las 14:00, los chinos de la calle Victoria y aledaños no daban abasto para suministrar mercancías a los botellones de la Plaza de la Merced. Este público, mayoritariamente joven, sí que salió con ganas de darlo todo, y alguno dio más de lo que tenía: a eso de las 16:00, dos caballistas que habían participado (presuntamente) en la ofrenda floral matinal, jugaban a John Wayne en la misma calle Victoria, en evidente estado de embriaguez, subidos a sus bestias con las riendas tomadas en una mano mientras sostenían el mojito en la otra. Una señora que paseaba con su bebé mientras éste dormía en su cochecito y que pretendía llegar al Jardín de los Monos vio el espectáculo y afirmó categórica: "Por ahí no paso". Sabia decisión.

Pero lo que realmente sale barato en la Feria de Málaga es el amor, o cuanto menos el sexo. Buena parte de esta alegre juventud se metió en el centro con ganas de saltarse los prolegómenos y entrar a matar en el arte del ligue. Las camisetas con lema se han convertido en unos aliados de primer orden en estos menesteres: las que vestían unos amiguetes en la calle Granada lucían un recatado "No hay niñas feas, sino copas de menos", aunque otros más gamberros decidían ir al grano en calle Alcazabilla con un directo "Niña te comía toa la piña". Seguro que con esta diplomacia, próxima a la de George Bush, tuvieron más éxito. Hay que tener valor, de todas formas, para salir a la calle con un disfraz semejante, aunque con la barbaridad escrita el presunto se ahorra el mal trago de soltarla por la boquita.

Aun así, éstos eran preferibles a los descamisados, que ayer volvieron a ser mayoría para escarnio y desazón de un Ayuntamiento al que quizá sólo le resta amaestrar lobos para salir a atacar directamente los torsos desnudos en la Feria: los propietarios de bares y casetas se las vieron y desearon para expulsar o cuanto menos no atender a los frescos que deciden pasarlo bien en bañador. Y por mucho que la Plaza de los Mártires pareciera ayer una piscina, no hay derecho, hombre.

En toda esta báquica procesión de ditirambos insatisfechos, el ambiente familiar se presentaba como un oasis de calma, como un Gymnopedie de Satie interpretado el piano en una fiesta pastillera. Tanto en la citada ofrenda a la Virgen como en las más diversas postales del centro, las madres que lucían orgullosas a sus pequeñuelas vestidas de gitana, los cuñados que se reencontraban al sabor de un sobre de jamón bien cortado, los matrimonios que avanzaban de la mano por Calderería o Sánchez Pastor y los mayores que se reunían en la Plaza del Obispo al calor de una panda de verdiales ofrecían una resistencia amable, cariñosa, por la que uno estaría dispuesto a jugarse el tipo.

La Feria de Málaga real es cada vez más un matiz, una caricia oculta entre alambradas de ruido. Pero ahí está. Por ella sí merece la pena brindar estos días.

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