Un desierto llamado Real

  • La jornada de ayer al sol en el recinto ferial devolvió a la Feria una nueva postal de la crisis · El cansancio y las pocas ganas de gastar dinero se notaron en las casetas, prácticamente vacías a pesar de las ofertas

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El desierto de Tabernas no debe parecerse en nada a Málaga. Pero quien se diese un paseo ayer por el recinto ferial a la hora del almuerzo podría haber montado, allí mismo, un western contemporáneo. El sexto día de Feria se debe sentir en los bolsillos y hasta en los músculos. De ahí que el paseo del jueves deparara pocas imágenes para el relato. Aún así por el albero desfilaban sus habitantes habituales. Los caballos y coches de caballos sorteaban como podían el poco tráfico de peatones, y de las furgonetas de Limasa. Clemente Arrabal no se cansaba de repetirlo. "Deberían hacer como en Jerez y Sevilla, poner un paso de peatones y que la gente nos respetase y caminase por la acera", imploraba este ganadero, sentado en un reluciente coche con nueve caballos, un enganche "de potencia real", como definía. Lleva tres años ganando el primer premio en el certamen de enganches y otras tantas distinciones en Ronda. Es uno de los mejores y más veteranos cocheros de Málaga, una labor que le pide paciencia, tiempo y dedicación. Sus días de paseo por el Real comienzan sobre las dos de la tarde pero unas invierte unas cuantas horas antes en vendar 36 patas equinas y 18 orejeras, además de limpiar a los animales y prepararlos para exhibirse por el albero.

El coche lo suele reservar para sus amigos, pero cuando algún turista le pide subirse a él, Clemente cede sus servicios durante un día entero por unos 1.500 euros. "No es caro teniendo en cuenta el trabajo que tiene y lo que luce", admite. No resulta fácil -reconoce- manejar seis o más riendas a la vez, ni controlar las reacciones inesperadas de los equinos cuando se asustan por la cercanía del cochecito de un bebé, o de un grupo de feriantes ajenos a la presencia de los animales.

Clemente echa de menos aquella Feria del centro y aquellos nobles paseos por calle Carretería y Alameda Principal "era mucho más bonito", lamenta. El presente le ha devuelto una circulación por el Real accidentada cuando hay gente, y poco lucida en jornadas como la de ayer. La resaca de tantas noches y tantos mediodías gastados tiene esas consecuencias sobre un recinto, convertido en agosto en una inmensa sauna a la intemperie -el invento de los pulverizadores de agua fresca entre los árboles es más molesto que refrescante-.

Como un grito a la desesperada, las pizarras a la entrada de las casetas anunciaban sus ofertas gastronómicas. Paella, estofado ibérico, salmorejo y papas a lo pobre gratis; pinchitos a un euro y serranitos a tres. En la peña La Biznaga conocen a la perfección el significado de la palabra crisis. Quiere decir rebajar las bandejas de pesacado de 15 a 12 euros, y las de carne a la mitad.

Lola Rodríguez lleva 14 años  despachando en Feria y éste es el que más le sorprende. "Yo no me puedo quejar, pero viene de día muy poca gente y hay noches como la del miércoles muy raras, fue festivo y no se notaba en la gente", aseguraba. Desde que Lola conoció la primera Feria trabajada para la Peña Carlinda en Los Prados a hoy el panorama ha mejorado "en calidad" aunque no tanto en rentabilidad. " Hacíamos más negocio antes", subrayaba.

Un poco más adelante la queja continuaba. José Manuel trabaja en el catering Ángel Utrera (de Dos Hermanas) desde la caseta de la Peña Cruz de Mayo. Mientras repartía en platos de plástico las degustaciones de paella insistía en la necesidad de adaptarse a los tiempos. "Lo que nos da dinero son las copas. La comida lleva mucho gasto y la bebida además no se pone mala nunca, no hay que tirarla", resumía para justificar el haber pasado de  cobrar los cubatas a 4'25 euros a cobrarlos a 3'50. Como novedad este año se ha incluido una oferta más. Por  más de 100 euros gastados, la caseta regala un fin de semana en un hotel de cuatro estrellas en cualquier lugar de España. "Está la cosa mu mala", recordaba José Manuel. Y como muestra un botón: "Éramos seis empleados y este año sólo trabajamos en Feria tres".

Buscando su oasis particular, los grupos de familias, amigos, guiris -los que menos- y compañeros de trabajo deambulaban entre las calles del Real, abanico en mano, sin saber muy bien donde estaba la animación. Ángeles y sus empleadas del Burger King habían dejado en el restaurante a los chicos trabajando para poder disponer ellas de su primer día de Feria. Vestidas de faralaes regalaban unas de las pocas pinceladas de folclore al paisanaje. "Nos hemos comprado el traje por primera vez este año", afirmaba ufana una de las jóvenes. De los 20 euros del atuendo más simple a los 280 que invirtió Ángeles en su modelito ferial. Por si fuera poco, nada más llegar al Real y pedir un refrigerio llegó la primera decepción. "Nos han cobrado 10 euros por una jarra de vino tinto. Nos han clavado", se quejaba Alicia.

Entre golpetazos de calor y residuos de caballos, la travesía por este eventual desierto continuaba ofreciendo estampas para el lamento, o simplemente la resignación. La zona infantil de atracciones no empieza a funcionar hasta bien entrada la tarde y a su alrededor, los puestos de buñuelos, gofres, turrones y demás caprichos bostezaban a la espera de algún cliente despistado. Sólo habría que esperar unas horas, justo cuando el centro de Málaga empezase a palidecer -a eso de las ocho-para que el Cortijo de Torres despertase de su letargo. Los autobuses y coches volcarían esa masa de fiesteros dispuesta a agotar sus últimas fuerzas en la cola de las casetas de copas, en la de los tickets o en la del cuarto de baño. En Feria toda espera es buena.

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