Feria de Málaga

Y dos huevos duros

  • Sumar al lunes la categoría de festivo puede causar estragos tratándose de la Feria; ya por la tarde, a la hora del café, las ambulancias entraban por la calle Larios en procesión para atender desmadres etílicos

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Cuando al poeta Dylan Thomas le dio por beber whisky hasta caerse muerto en el Hotel Chelsea de Nueva York no sabía lo que se perdía. La influencia literaria del gran autor ha quedado plenamente contrastada en los escribientes de ripios que resisten en esta generación de iPad, dietas basadas en grasas y redes sociales, pero son muchos más, claro, quienes pretenden emular su final. Especialmente en Feria. Ayer no había que moverse mucho para comprobarlo: en la mismísima calle Martínez, donde se encuentra la redacción de este periódico, una ambulancia acudió poco antes de las 19:00 al auxilio de un muchacho que, harto de mollate hasta el pellejo, no reaccionaba por más que dos compañeras le arrojaban por el cuello botellas y más botellas de agua fresquita. Resultaba curioso ver mientras tanto a las señoras que tomaban café plácidamente en las terrazas de calle Larios y aledaños comentando la jugada; la ambulancia se marchó pero seguramente no se dirigió al centro sanitario pertinente hasta después de recoger a otros damnificados por el camino. Pronto, mientras los coches de Limasa intentaban hacer lo suyo, otras dos ambulancias se abrían paso a golpe de sirena y atravesaban la piscina formada justo bajo la puerta de las biznagas a la mayor velocidad posible, salpicando a quien tuviera pantorrillas. Poco antes, en el cruce de la Plaza de la Merced y la calle Victoria, tres muchachotes que apenas se mantenían en pie se enfrentaban a base de insultos a un señor mayor armado con su peligroso bastón que, al parecer, únicamente les había pedido paso. Y desde la calle Granada hasta la Plaza Uncibay abundaban episodios de desmayos y desmadres que a menudo pagaban quienes únicamente campaban por allí para divertirse de manera inteligente o quienes cumplían con su trabajo, especialmente comerciantes y camareros. En fin. Es cierto que desde la melopea incestuosa de Lot ha habido borracheras históricas sin las que el curso de la humanidad habría sido bien distinto; pero contemplar tan públicas e impunes cogorzas cuando el resto del año están perseguidísimas no deja de resultar paradójico. Divertido, incluso: no hay etólogo competente si no ha visitado la Feria de Málaga.

Ayer fue lunes y fue festivo, una combinación que en un trance como el que corresponde puede resultar explosiva. Hubo gente a rabiar durante el día en el centro, pero también en el Real del Cortijo de Torres, que estuvo especialmente animado con un ambiente bien distinto, más familiar. Algunos niños intrépidos hacían lo imposible por meterse debajo de los caballos, y otros padres despistados preguntaban cuándo iban a encender los carricoches. En cualquier caso, uno prefería prestar atención a quienes se lo pasaban en grande con las degustaciones de paella o callos en las casetas mientras intentaban mantener una conversación sobre el atronador volumen de la música que hacerlo a quienes se empeñan en convertir estos días un botellón portátil. Y tanto en el centro como en el Real había que reparar en la cantidad de gente que trabaja estos días para que la Feria funcione. Será porque a uno también le toca darle al teclado, pero la proximidad hacia quienes sirven bebidas y comidas a destajo en bares y peñas, los agentes de seguridad, los operarios de limpieza, los profesionales de urgencias y otros mil y un empleados es más que filial, casi maternal, ánimo hijos míos, ya falta menos para que esto acabe. En la misma calle Sancha de Lara, una camarera se liaba a cantar por alegrías mientras se jaleaba ella solita, tirititrán, y a poco más de diez metros otras dos discutían a voz en grito sobre cierta comanda mal servida o mal apuntada, vaya por Dios. Los clientes, de cualquier forma, parecen tener menos paciencia en Feria, y se quejan de que todo está más caro. En la calle Nosquera, a eso de las 14:00, un matrimonio discutía por el elevado precio de algunas raciones recién degustadas. "Así salvarán la economía", se quejaba el marido, no si cierta sorna. Tal vez. Pero es mucha gente la que está partiéndose la cara estos días, y seguramente muchas familias que dependen de los ingresos de la Feria para el resto del año. Quizá la fiesta se haya convertido en un artículo de lujo, pero la alternativa del botellón no resulta muy estimulante. Y sí, todavía es posible encontrar en el centro lugares donde se puede tomar una copa como lo hacen las personas; mientras no terminen de irse al traste, igual vale la pena.

De cualquier forma, borrachas o sobrias, ayer se juntaron en Málaga más almas que en el purgatorio. Como insinuó otro ilustre neoyorquino, Groucho Marx, dos huevos duros habrían entrado justitos. Quizá era el espíritu de Dylan Thomas el que se desplomaba ayer como una cuba en la calle Álamos mientras insultaba duramente a un compañero inexistente. Tampoco hay que matarse, hombre.            

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