La portada de Larios o el caballo de Troya

  • Alguien, según dicen, conquistó esta ciudad algún día, pero ayer cualquier invasor habría sucumbido a la fiesta · Con todo el jaleo, parece que esta Málaga se olvida de sí misma y se ofrece, coqueta, a cualquiera que la quiera como 'souvenir'

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Lo cantaba Roberto de Tabletom, quién mejor: "Málaga, Málaga bonita / ay, quién te pudiera coger / en una esquinita". Como la Sodoma milenaria, como la Roma del Apocalipsis, esta ciudad se consume en el desenfreno estos días y se ofrece, seductora, a quien quiera probar sus encantos. Hasta en su coquetería, directa y arrebatada, es mediterránea como la madre que la trajo. Basta darse un paseo por el centro al mediodía y encontrarla satisfecha de sí misma, con la camiseta mojada, moviéndose desvergonzada frente a la indignación piadísima de los castos. Málaga se entrega en sus gentes, sus vinos, sus colores, sus sonidos (lo de los olores lo dejamos mejor para otro día), sus ganas de estirar lo que queda de esta semana para que dure siempre, hasta alumbrar una Feria inmortal, incombustible. Son tantos los cantos de sirena, los sabores de bacanal antigua que filtra por sus pasillos, que nadie, ni el emperador más bravo de la Historia, podría negarse a sus placeres. Si Alejandro El Grande hubiera dirigido sus ejércitos hacia esta cuenca del mundo y hubiese roto el nudo gordiano de esta plaza fenicia en plena Feria, habría tomado del brazo a su Hefestión y con él habría bailado hasta el amanecer reggaetones y canciones de El Barrio. Habría vendido gustoso la gloria del Olimpo por un plato de lentejas, o mejor de queso curado, o de gambas, y un buen vino de la tierra. Julio César y Escipión habrían hecho las paces en cualquier caseta, La Galia se nos rebela, querido, y Gengis Khan se habría subido a lo más alto de la noria para coronar el mundo, con Mongolia en el olvido y China perdida en una apuesta en el casino. La Feria es así: Málaga se entrega entera, sin reservas. No sabe de medias tintas. Por eso no se la puede conquistar, sólo amar u odiar.

Ayer, martes, fue jornada festiva, lo que significó otro lleno absoluto (y van...) en el centro y en el real. Los motivos de la citada festividad causaron debates a menudo temperamentales entre los feriantes. Que si era San Ciriaco y Santa Paula, Patronos de Málaga, que si el aniversario de los Reyes Católicos, que si la Virgen de la Victoria, que si la Virgen de Agosto, que si la Cruz de Caravaca, dos jubilados que habían bajado temprano a calle Comedias a buscar sitio con sus respectivas señoras casi llegan a las manos, que sí, que no. Alguien conquistó esta ciudad, según dicen, alguna vez. Entró por la puerta, pidió las llaves y expulsó a los musulmanes y a los judíos. Lo mejor en estos casos es acudir a las mejores fuentes; en concreto, al mayordomo del Submarino (oh, oráculo), quien explica que el 18 de agosto de 1487 "Málaga se rindió a los Reyes Católicos en uno de los episodios más costosos y sangrientos de la lucha por expulsar a los musulmanes de la Península", y que al día siguiente, 19 de agosto, festividad de San Luis, obispo de Tolosa, la ciudad "se incorporó a la Corona de Castilla". Éste es el motivo de la celebración de ayer, nada que ver con los Patronos, cuya festividad corresponde al 18 de junio. Eso sí, Málaga quedó ayer también incorporada a las jaurías, los pisotones, las postillas y rajas en los pies, los botellones organizados como duelos a muerte, los embotellamientos en la Plaza de los Mártires, las raciones de callos y berzas consumidas a pleno sol y con las frentes empapadas, las mandíbulas destrozadas a carcajadas, los vuelos de los vestidos, la ilusión de los niños, los excesos etílicos y los trasiegos de las ambulancias, las paradas de los autobuses que recuerdan los tiempos del hambre y todo un paisaje de serenatas y escándalos, como un hormiguero en el que la reina ha muerto y cada uno busca su propia satisfacción, como un solo animal que se retuerce en sus arterias, que gime de dolor o de placer. Alguien pintó en un graffiti que el tiempo es la solución que encontró Dios para evitar que todo sucediera a la vez; pues bien, en Málaga, durante Feria, el tiempo no existe, su noción se disipa, parece que toda la tormenta ocurre en un solo instante, eterno, nadie quiere saber nada del silencio que acontecerá después. El taconazo de una flamenca, el vino que se derrama, el cante que se quiebra, el chaval que se desmaya, el beso que se niega, el tobillo que se disloca, el polvo que se contagia y el caballo que trota coinciden en un segundo, el big bang definitivo tras el que se abre el cosmos.

Málaga es incontenible en Feria. El resto del año parece que cabe en un puño; estos días, son tantos los detalles que exhala que su territorio es el de un continente no traspasado. Por eso tuvieron la suerte los Reyes Católicos de no conocer la Feria: otro gallo, tal vez, les habría cantado. O quién sabe, quizá la portada de las biznagas de calle Larios sea un caballo de Troya y dentro los bravos griegos esperan, a las órdenes de Ulises, el momento propicio para salir al exterior, hacerse con el gobierno de la ciudad y salvar a Helena de su angustioso secuestro. Los incautos se arriman a la sombra que regala y los chorritos de frescor que expulsa, consuelo de las acaloradas madres de familia que tienen los abanicos trastabillados de tanto uso. No importa: en Feria, todos los días son fiesta en Málaga y todos los días puede venir el más valeroso a conquistarla. Se encontrará un rincón ganado al mar ansioso de que no se le escape un ápice, que ha reunido y reinventado sus propias tradiciones para hacerse con un pasado, ya ganaremos el futuro. Se enamorará perdidamente, aunque sea un amor fugaz, aunque luego la recuerde como un souvenir.

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