Y Picasso creó a la mujer

  • El genial andaluz inmortalizó a la modelo Sylvette David con su cola de caballo rubia, con un 'look' vigente que sirvió a su vez para encumbrar a Brigitte Bardot hace 60 años

Un pelo rubio algo desordenado, recogido en una pizpireta cola de caballo, ojos claros, tez pecosa para un rostro juvenil, de ingenua ternura con un trasfondo sensual, en un cuerpo espigado, con ropa estival, una camiseta de amplio escote y faldas ligera, amplias, con estampados. Un look que ahora llamaríamos pretendidamente casual. Picasso quedó admirado con la estampa de la joven parisina Sylvette David hace 60 años y la plasmó en más de 40 retratos.

El genio andaluz, que entonces tenía 73 años y con una de las vidas más merecedoras de ser vividas, creó así a la mujer del siglo XXI. La efigie de Sylvette, vigente durante tanto tiempo, es ahora más actual que nunca. Picasso proclamó su existencia y sería otra joven francesa, de igual edad, el icono sexual del momento, quien se encargó de divulgarlo. En octubre de 1954 la revista francesa París Match se extendía sobre las últimas obras del pintor malagueño y Brigitte Bardot asumió la estética de la musa del siempre inquieto artista.

Esa estética fue la que la terminó de encumbrar en el cine. Se tiñó entonces de rubio y recogió su pelo, tal como la plasmó su marido, Roger Vadim en Y Dios creó a la mujer. Frente a las diosas etéreas de Hollywood llegaba la mujer europea moderna, juvenil, guerrillera y de trasluz tímido pero segura de sí misma. Bardot convirtió en tendencia urbana lo que Picasso transfiguró en arte permanente, en la Gioconda del siglo XX.

La casual cola de caballo de Sylvette fue una sugerencia de su padre, que la había contemplado en un bailarín, un peinado que la acompañó en su adolescencia. Tenía 19 años cuando junto a su pareja, el diseñador Toby Jellinek, acudieron al estudio de Picasso en la localidad de Vallauris, en la Riviera Francesa, en la primavera de 1954, para atender el encargo de varias sillas metálicas, Picasso pidió volver a ver a la que sería su modelo, la que pintó horas después de memoria y a la que se entregó durante meses en una relación platónica que fue uno de los mayores estímulos para el artista andaluz. Le recordaba a un amor de juventud y también musa, la sueca Marie-Thérèse Walter. Picasso recreó desnuda a Sylvette, pero ella nunca posó así. Quien no hubiera tenido problemas para esa petición era su entonces vida paralela, Bardot, que aceptó el desafío de Marilyn cuando se conocieron en 1952, las grandes divas eróticas a un lado y al otro del Atlántico. La inspiración picassiana terminó impulsando a la francesa sobre la norteamericana y cada una, a día hoy, siguen siendo referentes y, vía Warhol, hasta la estadounidense entró en los mismos museos que el espejo de Brigitte.

En 1955 Bardot visitó a Picasso, mostró sus armas de seducción, pero el pintor rechazó utilizarla como modelo: ya había plasmado a Sylvette, no hacía falta repetir. "Eran dos gotas de agua", le justificó. La musa sí declinó por su parte ser una estrella de cine pese a la petición de Jacques Tati. Se volcó en su vida familiar y el retrato que le regaló Picasso (eligió el que más le gustó) terminó siendo vendido pocos años después para sufragar la atención a la enfermedad de su marido y por temor a que algún día ese cuadro fuera robado en su casa. Jellinek, el entonces prometido de la joven, acompañaba hace unos meses a Diana Widmaier, nieta del pintor, en la panorámica Sylvette que en este pasado año se inauguraba en Bremen.

La musa, casada en segunda nupcias, ya como Lydia Corbett, tomó los pinceles con 45 años y hace seis años reaparecía en Málaga para unas jornadas en el Museo Picasso. Días en los que recordó su vínculo con su descubridor, a quien se sintió muy unida pese a que tras los posados de 1954 no volvió a verle.

Bardot, sobrepuesta al desdén del malagueño, fue el más rentable emblema francés en los 50 y 60, pero sin alcanzar la cota del impacto de su revisión como la ingenua rubia de la cola de caballo. En una trayectoria artística exhausta la francesa dejó el cine en 1974.

Su última biografía cita un centenar de parejas durante su vida pero encontró la tranquilidad en su defensa a los animales, en su mansión en Saint Tropez, recluida allí de 1992, y en su actual marido, el cuarto, Bernard D'Ormale, asesor en el partido de Le Pen. La audaz Brigitte, que ya no concede entrevistas, es ahora una cascarrabias reaccionaria. La chica que la inspiró para convertirse en rubia es también una octogenaria, calmada, observadora y casi tan jovial como Picasso, el andaluz más universal, la inmortalizó.

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