Placeres culpables

  • El cine tiene momentos muy calientes que a más de uno han levantado de la silla. Quién no recuerda a kim Basinger en 'Nueve semanas y media' o a Bo Derek desnuda en la playa.

La evolución del sex-symbol aplicado al mundo del cine, es decir, de ese actor o actriz que por distintas razones provoca la llamada del sexo (sex-appeal) en los espectadores, ha estado marcada esencialmente por dos factores: uno interno al universo de las películas, por la paulatina relajación de las restricciones censoras, que posibilitaban que creciera la pierna y menguara la falda; y otro externo, la siempre paralela transformación tecnológica en el ámbito del consumo audiovisual: la popularización del formato doméstico que, del vídeo más rudimentario al reproductor digital de última generación, ha permitido parar la imagen, retrodecer o acelerar, revisar hasta el éxtasis los fotogramas que han momificado al objeto deseado.

Lejanos parecen los días en los que el único hombre que se podía pasear en paños menores durante toda una película era Johnny Weissmuller en sus encarnaciones de Tarzán. Los años hicieron entrar la carne en las retinas y, en la actualidad, la mitomanía de corte erótico se expande en rizoma por una internet ya infatigable y multiforme proveedora de fetiches. El sex-symbol, sin embargo y no sólo por tratarse a fin de cuentas de un fantasma proyectado, nunca se dio ni se da del todo, pues el abandono del erotismo blando y la sensualidad controlada por una exhibición explícita y pornográfica lo expulsaría del paraíso: no dejaría de ser sexual por ello, pero perdería lo simbólico, ese consenso general (y que traspasa la barrera de los géneros) en torno a lo inefable y misterioso de su atractivo, siempre más allá de la belleza equilibrada y apolínea. Se ha tratado siempre de un hilar fino, desde la sutil atmósfera sensual que rodeaba a las actrices clásicas en tanto femmes fatales (Rita Hayworth, Ava Gardner, Barbara Stanwyck, Laurence Bacall…), o a los fornidos héroes del western y la aventura (Tyrone Power, Robert Taylor, Gary Cooper, Clark Gable…), hasta los más directos efectos de casting debidos a la permisividad de los nuevos cines y Hollywoods que han sido hasta nuestros días (una somera cadena de casos indudables: Elizabeth Taylor, Ursula Andress, John Travolta, Steve McQueen, Kathleen Turner, Kim Bassinger, Sharon Stone, Leonardo DiCaprio, Brad Pitt, Tom Cruise, Johnny Depp, Scarlett Johansson…). De unos a otros, el cada vez más decisivo "dar a ver" era periódicamente matizado por la necesidad de mantener algunos velos (y no sólo los que ahora ofrece el photoshop como quita-celulitis virtual).

Dejando al margen a los jóvenes y a la intensidad irracional y desprejuiciada con la que se relacionan con los sex-symbols que hacen furor en cada época, es preciso advertir que las décadas que van del clasicismo al multiplex han intensificado en muchos aficionados la sensación del guilty pleasure (placer inconfesable) con respecto a los actores y actrices sexualmente morbosos. Es una de las consecuencias de algo que siempre pasó, pero que ahora parece más acusado: la poco probable coincidencia de atributos apetecibles y talento interpretativo en actores y actrices. O sea, el buen actor que esté bueno es rara avis. Desaparecido el sistema de los estudios, cada vez fue siendo más complicado convencer al marido, esposa o pareja sentimental para ir a ver una película con Bo Derek, Farrah Fawcett, Patrick Swayze, Don Johnson, Richard Gere o Cindy Crawford. Así, el espacio para la contemplación del mito erótico ha ido encogiendo, alimentando una soledad teñida de culpa. Siempre nos quedará, claro, el subterfugio de Woody Allen, que será capaz de sacar a Elsa Pataky con gafas de pasta.

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