Málaga

Acerca de la llama de Montaigne

  • Asistir a la salida de un instituto de enseñanza cualquiera el día antes de un puente permite componer un interesante mapa humano, repleto de emociones contrarias l La práctica docente se está convirtiendo en el 'punching' de los complejos y prejuicios de muchos l Pero pagamos todos

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HAY días que encierran sorpresas agradables. Hace poco me encontré en la calle Alcazabilla con Asunción Lucio, que fue mi profesora de Religión en BUP en el instituto Portada Alta, donde sigue ejerciendo actualmente. Habían transcurrido algunos años desde la vez anterior en que nos vimos, pero Asun, como la llamamos los suyos, es una de esas personas que uno tiene siempre presente, así que compartíamos la sensación de haber mantenido el contacto diario. Me contó sus últimos proyectos con su habitual mezcla de entusiasmo y discreción: resulta que el instituto Portada Alta se ha convertido en un centro pionero a nivel nacional en lo que se refiere a convivencia escolar (éstas son las cosas que sirven a uno para mirar su pasado con orgullo) gracias a la implicación de los alumnos como mediadores sociales y, como docente implicada en el asunto, Asun es requerida con frecuencia en otros institutos de todo el país para dar a compartir su experiencia. Me habló de cierta conferencia que iba a impartir próximamente en alguna ciudad lejana, y mientras lo hacía yo recordaba sus clases. Quienes piensan en un profesor de Religión como en un catequista corren el riesgo de darse de bruces con profesionales como ella: baste decir que su influencia fue decisiva para que yo, a mi más tierna adolescencia, me iniciara en la lectura de Camus, Orwell, Kundera, Unamuno y Joyce, entre otros muchos. Sin sus lecciones y sin su empeño en hacer de mis compañeros y yo personas librepensantes, nuestra historia habría sido otra. Asun y Victoria Toscano, que impartía entonces Filosofía y Ética y que actualmente se hace cargo además de la Educación para la Ciudadanía, componen un tándem ejemplar que nos ha cambiado la vida a muchos, para bien.

Asunción Lucio encarna así, como pocos, el axioma contrario a los fanatismos. Cuando nos vemos, siempre me dice que los alumnos de hoy no tienen nada que ver con los de mi época, que con nosotros "era más fácil". Tal vez. Ni mis compañeros ni yo teníamos móviles para interrumpir las clases. Pero, desde la perspectiva que confieren los años pasados y la cercanía que mantengo con el sistema educativo por cuestiones familiares, creo que Asun no lo tiene más difícil sólo porque los alumnos muestren un mayor déficit de atención. No me cuesta adivinar que a una profesora como ella le resultará cuanto menos incómodo sobreponerse a los continuos cambios legislativos, a la reducción de la consideración social de su trabajo y a las 1.390 objeciones presentadas en Málaga contra la Educación para la Ciudadanía por padres que quieren hacer comprender a sus hijos que la homosexualidad "acarrea cantidad de problemas fisiológicos", según arguyó el portavoz de la plataforma constituida para tal ocasión. Como si eso, en el caso de ser cierto, fuera contrario al respeto que toda persona merece independientemente de su identidad sexual, que al fin y al cabo es lo que enseña la asignatura de marras. ¿Explicará este padre a sus hijos que en más de medio mundo la práctica homosexual está castigada con la pena de muerte?

Qué le vamos a hacer, alguien tenía que fregar los platos. La práctica docente se ha convertido en el punching en el que todo quien desea dar rienda suelta a sus complejos y prejuicios se emplea a gusto. No hay más que asistir a la salida de un instituto la víspera de un puente, cuando todo se manda a hacer puñetas: entre la euforia y los rostros de cansancio se comprende que Montaigne no tenía razón, que la educación ha dejado de prender llamas para trabajar con botellas que todo el mundo quiere llenar con sus miedos. Ignorantes: deberían escuchar a Asun.

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