"En África tienen unos valores humanos que nosotros hemos perdido"

  • La presidenta de Manos Unidas en Málaga afirma que hay realidades "supercrudas" pero señala que en el tercer mundo hay "alegría y solidaridad" · "Los estados tienen la responsabilidad de acabar con el hambre"

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Se parece mucho a la actriz Concha Velasco pero, en realidad, se llama María Luisa Alonso y es la presidenta de Manos Unidas en Málaga. Junto al resto de voluntarios de esta ONG, está desarrollando una ingente labor para ayudar a los más desfavorecidos en los países pobres de África, Asia o Latinoamérica. Dedica buena parte de su tiempo a esta tarea sin pedir nada a cambio. Solo la "satisfacción" personal de ser "útil". Nos recibe en la oficina de la asociación en la calle Strachan.

-¿Qué es Manos Unidas y desde cuándo tiene sede en Málaga?

-Manos Unidas es la ONG de la Iglesia en España para el desarrollo en el tercer mundo. Aquí hacemos un trabajo de sensibilización, es decir, dar a conocer a los ciudadanos las carencias y necesidades que hay en esos países. En Málaga está desde el principio, en 1960, cuando se empezó con el nombre de Campaña contra el Hambre. Tenemos 52 años de rodaje.

-¿Cómo surgió?

-En 1955 la FAO dio una voz de alerta de la gran hambruna que se estaba desatando en los países en vías de desarrollo. Un grupo de mujeres de Acción Católica decidió organizarse y empezar a trabajar y, en 1959, lanzaron su primera campaña. En 1978 fue cuando tomó el nombre de Manos Unidas.

-¿Esto fue solo en España o a escala internacional?

-Manos Unidas como tal es solo española, aunque a nivel internacional estamos presentes en varias coordinadoras europeas.

-¿Qué es lo que hacen aquí?

-Sensibilizamos a la población. Lo hacemos fundamentalmente a través de materiales educativos que se reparten gratuitamente en todos los colegios. También damos charlas en colegios o parroquias, participamos en mesas redondas, conciertos, campeonatos deportivos, exposiciones... Todo lo que nos permita darnos a conocer y, a la vez, recaudar fondos para financiar los proyectos que todos los años elige la delegación provincial.

-¿Cuánto recaudan al año?

-Hasta ahora siempre hemos ido subiendo y alcanzamos en torno a 1,2 ó 1,3 millones de euros al año. Normalmente financiamos entre 15 y 20 proyectos, dependiendo del importe que suponga cada uno.

-¿Suben las donaciones incluso con la crisis económica?

-Por ahora sí, pero si la crisis sigue indudablemente nos va a alcanzar como a todo el mundo. Una cuestión básica de Manos Unidas es que el 97% de los que trabajamos aquí somos voluntarios. Solo hay un 3% de contratados para la parte técnica, pero en Málaga no hay ninguno. Otro aspecto fundamental en esta ONG es la austeridad. En nuestra oficina no hay lujos ni historias. El voluntariado y la austeridad nos permiten que el 94% de nuestros ingresos vayan a los fines de Manos Unidas. El 87% va a los proyectos, un 7% a la sensibilización y las campañas, y solo gastamos en administración e infraestructura un 6%.

-¿Cuántos voluntarios son?

-Hay diferentes niveles de compromiso. En conjunto, somos unas 120 personas en toda la provincia.

-¿Qué proyectos han financiado desde Málaga?

-En 2011 hemos financiado 22 proyectos: 10 en África, siete en América Latina, cuatro en India y uno en Camboya. En Kenia, por ejemplo, hemos financiado un proyecto muy bonito que ha sido la creación de una presa de agua en una zona rural; hemos hecho una fábrica de harina y sémola en el sur de Mauritania; en el Congo teníamos otro muy bonito y entrañable que era la reconstrucción de un escuela de primaria que fue devastada por la guerra; hemos creado equipos de laboratorio en Uganda; en Latinoamérica hemos formado a mujeres para que puedan abrir sus propios negocios; una escuela en Haití... En Paraguay estamos haciendo una granja escuela para seis comunidades de la etnia guaraní. Se les enseña a cultivar, a manejar el ganado, el castellano, y se les prepara para que puedan ir a la escuela primaria. En Camboya tenemos otro proyecto que conmueve el corazón porque trata de dar apoyo psicosocial a mujeres sexualmente explotadas y niños abusados.

-¿Cómo controlan que esos proyectos se hagan realmente?

-Nuestros socios locales casi siempre son misioneros o personas relacionadas con la Iglesia y son una garantía total.

-Hay mucha gente que, en general, duda sobre la llegada efectiva del dinero a esos países.

-Aparte de los misioneros, tenemos responsables por países y por continentes. Ellos visitan los proyectos que se hacen y tienen que justificar hasta el último céntimo de euro que se les da, por lo que el control es exhaustivo.

-¿Tiene también el donante la posibilidad de comprobarlo?

-Sí. Por ejemplo, tenemos personas que escogen un proyecto para financiarlo ellas solas a lo largo del año. Nosotros le enviamos toda la información que nos mandan desde allí durante todo el proceso.

-¿Es habitual que haya donantes que pagan por sí solos un proyecto?

-Sí. Hay personas que al fallecer dejan un legado o su herencia entera y que, en vida, han hablado con nosotros para comentarnos que le gustaría invertir ese dinero en una u otra cosa. Ahora mismo tenemos un señor que tiene unas acciones y quiere que, cuando fallezca, sean transferidas a Manos Unidas para venderlas. Su preocupación es que la gente no pase hambre, por lo que destinaremos ese dinero a proyectos relacionados con eso.

-Comentábamos que los donativos no caen pese a la crisis. ¿Es el malagueño solidario tanto para dar dinero como para ser voluntario?

-Sí, para las dos cosas. Siempre responde a nuestras llamadas y tengo que decir que el malagueño valora mucho el trabajo que se hace en Manos Unidas.

-Imagino que habrá donantes de todas las clases sociales.

-Sí, sí. Hay muchísima gente que viene y tú sabes que es un sacrificio para ellos dar ese dinero. Es muy gratificante y nos ayuda personalmente a los que estamos aquí, porque ves que hay gente muy solidaria. Nosotros decimos que el que da lo que le sobra tiene mérito, pero el que da de lo que tiene y necesita, eso hay que valorarlo mucho más.

-Vivimos en una sociedad donde hay millones de personas muriendo de hambre y otros millones malgastando. ¿Se están perdiendo valores?

-Sí. La primera vez que fui a Mozambique con Manos Unidas me llamó la atención que tienen allí una serie de valores que nosotros hemos perdido. Familiares, de amistad, del entorno, de solidaridad... Ves allí que tienen entre sí una relación que nosotros hemos perdido porque aquí vivimos en casas, nos tropezamos con el vecino y como mucho le decimos buenos días. Nos hemos aislados en nuestras casas y nos hemos encerrado en nosotros mismos. En esos países hay un gran compañerismo y una gran solidaridad. Entre ellos se apoyan y se ayudan. Por otra parte, pensamos que al estar tan faltos de todo, al pasar hambre y necesidad, todo el día están llorando y arrastrándose por los rincones y la verdad es que no. El africano es alegre, los niños son un encanto. Te cantan, te cogen, te tocan, quieren que los abraces... Son gente entrañable que te llega al corazón. No he conocido nunca a un misionero que se quiera volver. Ellos se sienten allí plenamente realizados y felices. Y trabajan de sol a sol.

-Buena parte de culpa la tienen algunas ONG y la prensa, que la fotografía que saca siempre es la del niño escuálido a punto de morir y rodeado de moscas.

-Eso no lo ha hecho Manos Unidas. Esa realidad supercruda está ahí y se ve, pero tampoco se puede explotar. Esas personas tienen una dignidad y hay que respetarlas.

-¿Es imposible acabar con el hambre?

-Las ONG no podemos terminar con eso. Tienen que ser los estados. Solo con que los estados redujeran un 4% el gasto anual en armamento habría prácticamente dinero para que desaparecieran estas desigualdades. Se supone que se tenían que estar acortando, pero no es así. La diferencia entre pobres y ricos es cada vez mayor. El 80% de la riqueza del mundo la acaparamos el 20% de la población, el primer mundo.

-¿Cuáles son los países que están en peor momento?

-Haití siempre está mal, pero también Zimbabwe, el Congo... África subsahariana es lo que está peor ahora mismo. En India también hay grandes necesidades.

-Corrupción, guerras civiles... La estampa es siempre la misma.

-Hay guerras fomentadas por los grandes estados. En Congo, por ejemplo, hay una guerra porque tienen coltán y eso se necesita para la electrónica. Los grandes países enzarzan a unos contra otros y mientras tanto se llevan el coltán. Además, los países africanos eran colonias y cuando dejaron de serlo se hundieron porque los occidentales se llevaron absolutamente todo. Es importante invertir mucho en educación, que es la llave que abre todas las puertas. Por otra parte, la corrupción es muy grande. Por eso no trabajamos con los gobiernos.

-En sus viajes, ¿cuál ha sido el momento más duro?

-Lo que más me impactó y me dejó más destrozada fue la imagen de un hospital que regentan las hermanas de la Caridad en una zona interior de Mozambique. Ese hospital lo hizo Manos Unidas para los enfermos de sida y tuberculosis y, al visitarlo, vi a la juventud ingresada comida por la enfermedad. A pesar de todo, todavía tenían fuerzas para sonreírnos y agradecer nuestra visita. Muchas veces por las noches cierro los ojos y los veo.

-Muchos de esos jóvenes habrán muerto.

-Sí. Tenemos programas de prevención pero no se puede abarcar a todo el mundo. Hemos conseguido que si las madres portadoras de sida se toman un tratamiento, acuden en el momento del parto al hospital y se le da al bebé un medicamento, se salvan muchos niños. Eso te da fuerzas y te hace seguir luchando y seguir adelante. No podemos remediar todo lo que hay en el mundo, pero la alegría con esos granitos de arena es muy grande.

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