Alguien olvidó tirar de la cisterna

  • Parece que tendrá que llover mucho más para que la Ciudad del Paraíso quede razonablemente limpia l La cohorte de meones públicos insiste en hacer de las suyas, y la impunidad, más que sentirse, se huele l Ningún rincón de la bendita Málaga está a salvo del riego menos salubre

DIRÁN que es asunto de los perros y del lumpen más desagradable, pero no es cierto. Aquí, en Málaga, orinan en la calle jóvenes y viejos, estudiantes y profesionales de los más diversos sectores, varones y mujeres (ellas también, aunque lo tengan más difícil: cuidado si decide subir a su coche en ciertas calles, puede llevarse una sorpresa entre su automóvil y el siguiente), usuarios del alcohol más verbenero e incontinentes en general y en los más diversos grados. No hay más que darse una vuelta por determinadas calles a ciertas horas; y me refiero a sitios nada recónditos, sírvase la Plaza de la Marina. Hace tres días pasé por la misma puerta del McDonald's y tuve que llevarme la mano a la nariz para escapar vivo al otro extremo.

El mismo aroma se despide en ciertos enclaves del Paseo del Parque, en calles del centro histórico como Compañía y Mártires, por no hablar de Andrés Pérez, Postigo de Arance, hasta en Sánchez Pastor y Santa María. Algunas mañanas, a horas tempranas, la angustia se acumula en estos sitios y asalta sin previo aviso. Pero, más que la náusea, lo que fastidia en el fondo es la pena. Hay determinados márgenes del barrio de la Victoria y de Cruz de Humilladero, decisivos en mi biografía y por los que muestro una inconsciente sensibilidad proclive a la melancolía, que tiende trágicamente al desánimo cuando los encuentro regados por obra y gracia de quienes no acertaron, o no quisieron, aliviarse en otra parte. Y cuando esto ocurre, especialmente en esos paseos en los que uno juega a reconciliarse con la memoria y el espacio que habita, no tengo más remedio que sentir lástima por esta ciudad. Y me maravillo de que todavía esta dejadez me sorprenda. He visto, en pleno centro, de madrugada, gente dibujando sus perfiles favoritos en la pared mientras dos agentes de la Policía Local pasaban haciéndose los distraídos. Todo el mundo sabe lo que era hasta hace poco la calle San Juan de Letrán, pero quienes la frecuentaban han sabido buscarle sustitutos. Vayan cualquier mañana de domingo al entorno de las calles Frailes y Vital Aza, Huerto del Conde, Ramos Marín. Lo olerán con sus propias narices.

En este drama fatal de la micción al aire libre, cabe volver a considerar el asunto de lo público. Resulta peliagudo. En principio, la normativa municipal es meridiana al respecto, pero los efluvios demuestran que las sanciones no han sido suficientes para atajar al problema. Hay quienes reclaman más urinarios públicos, pero no hay más que recordar los motivos que condujeron al cierre de los que funcionaban hace algunas décadas para desechar esta medida. Quien confíe todavía en la buena relación entre el malagueño y su entorno, que intente hacer sus necesidades en los servicios del parking de la Plaza de la Marina, a su hora favorita. La solución al desatino se pinta entonces más que difícil: hasta parece razonable pensar que si (un poner) un consumidor de gin tonics se ve asaltado con urgencia en el bajo vientre en plena madrugada de un sábado en la calle Nosquera, lo natural es que se busque la vida como pueda en el Muro de San Julián.

El discurso tipo "qué voy a hacer, no voy a reventar, en los servicios del bar las colas llegan a la calle y no doy abasto" parece tener garantizada, socialmente, una calidad exculpatoria. Seguramente esta conmiseración se debe a la empatía que despiertan las catástrofes relacionadas con la uretra: no hay quien se haya librado de semejante trance. Sin embargo, la pregunta, por obvia, parece estúpida: ¿por qué estaría peor visto orinar en el pasillo de un centro comercial, de una casa ajena (fuera del tiesto) o de cualquier tipo de espacio privado que hacerlo en la calle, en la esfera pública? ¿Por qué se considera, por lo general, que la primera opción es mucho más dañina e injusta? ¿Por qué lo que no aparece vinculado a una firma o un propietario queda exento de alevosía en lo que a mear se refiere? ¿Por qué al bebedor del caso anterior se le podría perdonar o, al menos, comprender, que descargue en la calle pero no que lo haga dentro del bar, desde su mismo sitio, a gusto y avisando por si las moscas a los de su proximidad más letal? ¿Tal vez porque en locales cerrados las pestes perduran en cuanto que no se airean? ¿O porque en ese caso la sanción sería segura, mientras que fuera lo más probable es que no ocurra nada, e incluso el valiente se lleve los aplausos de sus colegas?

Al final, ya ven. El Ayuntamiento tiene razón: la multa marca la diferencia. Cárcel, cadena perpetua, castración química para los meones. El problema no es la orina, sino lo poco y lo mal que Málaga quiere a sus calles. A ver quién es el bonito que se atreve en otras ciudades. Pero allí son reaccionarios.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios