Apuntes sobre ruedas para un carnaval

  • Desde el Paseo del Parque hasta Puerta Blanca se desliza una Málaga que juega a confundirse, a hacerse pasar por otra, con sabor a vecindario pero a la vez enferma de urbanidad aséptica

Son las 10:38 en el Paseo del Parque. Es una mañana de claroscuros, fría, que anuncia la lluvia que vendrá. En la acera del Ayuntamiento se cita un trasiego de peatones cubierto de bufandas, gorros y guantes, pero también bolsas con marcas de moda, ropa deportiva para la práctica del footing y reparto de pasquines. El autobús de la línea 3, distribuido en dos módulos, comienza su andadura con ocho personas a bordo. Apenas avanzados unos metros, el chófer, un chico joven con gafas de sol, detiene el vehículo y abre la puerta de salida del área central. Entra a toda velocidad un empleado de la EMT que viste una rebeca azul con el logo de la empresa. Parece un revisor. Uno de los viajeros, un hombre con gafas gruesas y abrigo cerrado hasta la nuez que se ha sentado en la parte trasera, saca de hecho el billete adquirido para tenerlo preparado ante la inspección que se promete. Pero no ocurre nada de esto. El recién llegado ocupa el primer asiento solitario del autobús, el que se dispone junto al puesto del conductor, y ambos entablan al punto una conversación sobre el clima que pronto derivará al fútbol. El hombre de las gafas gruesas vuelve a guardar su billete.

En la segunda parada del Parque, junto a la Plaza de la Marina, suben otros tres usuarios. Uno es un hombre trajeado, con el pelo engominado y bufanda de hilo, que tira de una enorme maleta roja, por lo que no resulta difícil anticipar que se apeará en la Estación María Zambrano. Este hombre se sienta también en la parte trasera, hasta donde arrastra su vistoso equipaje. Una señora entra con un carrito de la compra a cuadros y camina directamente hasta la primera puerta de salida. Nada más reiniciarse la marcha, pulsa el botón para solicitar la parada y ya se dispone a quedarse en la Alameda. Dos mujeres sentadas en la zona intermedia mantienen la única conversación distinta a la que practican el chófer y el otro empleado. Una, con falda corta, medias negras, gabardina y maletín de ejecutivo, explica a la otra, extrañamente cubierta de arriba a abajo por un impermeable y botas de agua, lo que desgrava su nueva hipoteca a Hacienda. "Pues me iba mejor con el alquiler", responde la compañera.

En la Alameda baja únicamente la señora del carrito y suben diez personas. Se trata de un grupo heterogéneo: hay más señoras con carritos de la compra (ahora atestados tras la adquisición de productos en el mercado de Atarazanas), jóvenes estudiantes con libros y carpetas y hombres de edad madura con atuendos poco significativos. Todas las ocupantes del autobús menores de treinta años son mujeres, y todas viajan solas. Una de las señoras que ha subido con un carrito lleno presenta un aspecto de poderosa distinción: va muy maquillada, con su larga melena blanca recogida con pulcritud y una bufanda rosa al cuello y a juego con un gorro de lana que le reporta cierta elegancia. Camina despacio, y sonríe. Alcanza el nudo central de los dos módulos del autobús y se queda allí de pie. Entonces extrae de un bolsillo un pequeño espejo de mano, redondo, en el que se adivina una grieta. Saca de otro bolsillo un lápiz de labios y, tras solventar algunos problemas iniciales de equilibrio, consigue retocarse. Semejante empeño en mejorar su apariencia contrasta con otros rostros que viajan a bordo, surcados de ojeras, labios apretados y expresiones de hastío. Una de las estudiantes revisa unos apuntes mientras observa de reojo a esta mujer. Sospecha.

En la siguiente parada, frente a Hacienda, baja un pasajero y suben ocho. Uno de ellos es un hombre de edad avanzada pero de constitución ágil, delgado y hábil. Llega un gorro de lana y un abrigo azul ajado que le cubre hasta las rodillas. En la mano derecha lleva una bolsa de plástico. Emplea la izquierda para asirse a las barras. Se sienta también en el centro del autobús. A su lado queda un asiento vacío, en el que deja su bolsa. Entonces saca de su interior una botella de agua mineral y bebe un trago largo. Se seca la boca con la manga del abrigo y devuelve la botella a su sitio. Sus ojos claros, su rostro anguloso y su nariz prominente recuerdan un poco a Samuel Beckett. En la misma línea de asientos, a babor, se ha sentado una adolescente que maneja con fruición su teléfono móvil. El hombre la mira un instante, como asombrado por su pericia, y enseguida pierde la vista hacia el exterior. Allí el tráfico se hace más denso, especialmente en el puente de la Aurora.

En la primera parada de la calle Cuarteles baja un pasajero y suben cinco. Una joven oriental con el pelo moreno recogido en dos trenzas se sienta junta a la chica del móvil. Un tipo con barba de tres días y expresión malhumorada, vestido con un chándal del Unicaja y apoyado en una muleta, atraviesa los asientos reservados a personas con discapacidad, ocupados todos por jubilados y señoras con carritos, y llega hasta la segunda puerta de salida. El tráfico es ahora sorprendentemente ligero. En la segunda parada de la vía baja otro pasajero y sube una señora con serios problemas para mantener el equilibrio. La mujer que se había maquillado la sostiene agarrándola del abrigo. Ya en Héroe de Sostoa, junto a la Estación María Zambrano, bajan el hombre de la maleta roja y otros dos pasajeros mientras cuatro personas suben a bordo, entre ellos una mujer de expresión cándida y una boina gris que le aporta cierto toque parisino. Otro de los ocupantes es un joven oriental que se abre paso hasta la parte trasera. Lleva una chaqueta de cuero agujereada y una bolsa de H&M. Se sienta y murmura algo en voz baja.

Ni en La Princesa ni en Barriada Girón se produce intercambio de viajeros. Una mujer relata a un hombre que viaja sentado junto a ella (aunque no parecen conocerse) un suceso que al parecer ocurrió en este mismo barrio el día anterior. Un toldo, o un trozo de un toldo, se desprendió de la ventana de un piso y fue a caer sobre una niña de 13 años, que tuvo que ser ingresada en el hospital. La mujer cree que está muy grave. El hombre desconocía la noticia. En El Torcal bajan doce pasajeros y suben tres. Una es una señora que empuja también un carrito de la compra. Su atuendo es llamativo: un abrigo sintético que imita la piel animal cubre una blusa estampada y una falda bajo la que lucen unos calcetines blancos y unas pantuflas marrones. Corona su cabeza un gran moño con el que recoge su melena rubia y un tocado de jazmines que parecen hecho de porcelana. Se sienta y empieza a rascarse la pantorrilla izquierda. La Luz regala su consabido paisaje opresivo y en Virgen de Belén la sede de Peugeot juega a hacer de frontera. En Camino del Pato bajan todos los pasajeros menos un anciano pequeño y arrugado que devora un sobao además del chófer y el otro empleado de la EMT. Los jardines de Gregorio de Diego están demasiado sucios. Son las 11:08. Fin del trayecto.

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