Con el Barrio a cuestas

  • Subir a la línea 9 de la EMT en dirección a Churriana constituye una oportunidad de encontrar una Málaga cómplice, vecinal e inmediata, pero también paisajes y territorios en los que cabe sentirse extranjero

Son las 10:10 en la parada de la línea 9 de la EMT en la Alameda. El autobús ya está en su puesto de salida pero el conductor ha ido a desayunar a alguna parte, aunque finalmente llega con tiempo prudencial para iniciar el trayecto con puntualidad. El acceso es más complicado de lo habitual por culpa de las tribunas de la Semana Santa, a las que un operario da los últimos retoques a base de martillazos. Cuando el chófer abre la puerta suben cinco viajeros, cuatro mujeres de edades diversas y un niño de tres años que va con su madre subido a un carrito. Cuando la última pasajera se dispone a pasar su tarjeta por el lector, formula la siguiente pregunta al conductor: "¿Usted sabe si en el anterior autobús iba la mujer del Lichi, mi cuñado? Es que ha venido conmigo a ver al Cautivo y la he perdido. Luego he estado esperándola un buen rato en casa Aranda comiendo unos churritos y como no venía me he dicho, 'ésta se ha ido ya para Churriana'. Pero tampoco la he visto en la parada". El chófer se queda unos segundos mirándola a través de sus gafas de sol sin que se le pueda identificar un solo gesto. Toma los apuntes del registro de pasajeros y echa un vistazo mientras niega con la cabeza: "Esta mañana sólo estoy yo y no recuerdo haberla visto. Pero el anterior autobús salió a las nueve menos veinte. ¿Está segura de que ha podido volver a esa hora". Y responde la señora: "Sí, como poder puede. Llevamos en la calle desde las cinco de la mañana". Dentro, la madre del niño de tres año, muy rubio y muy parlanchín, ha terminado de plegar el carrito y mantiene una conversación con otra viajera mientras el autobús inicia la marcha. La otra mujer le dice: "Es que se ha gastado mucho en cualquier cosa y ahora tenemos que aprender a vivir sin gastar tanto y a valorar más lo que se tiene. Ésa es mi opinión". El autobús, un modelo amplio que cuenta en la parte trasera con una plataforma elevada y asientos especialmente anchos, atraviesa la Alameda y llega a Hacienda, donde suben un hombre con gorra gris y unos zapatos de suela metálica que hacen un sonoro ruido a cada paso y una joven morena con un bolso negro muy grande que escucha música con unos auriculares. En la calle Cuarteles sube una mujer vestida con un chándal rojo y unas zapatillas tipo Converse. El tráfico es muy fluido, propio de un sábado.

En la parada de la Estación María Zambrano no se produce intercambio de pasajeros, pero dos señoras mayores se acercan a comprobar el número de línea del bus mientras arrastran otras tantas maletas enormes y al parecer muy pesadas. Hasta que alcanzan a ver el número transcurren unos segundos. Cuando finalmente lo hacen, se dan la vuelta inmediatamente, como dos religiosas que contemplan algo pecaminoso. Tampoco sube nadie en la segunda parada de Héroe de Sostoa, pero sí en la tercera, ya en Huelin, donde se incorporan tres personas, entre ellas un tipo muy grueso que luce melena larga, camiseta negra y gafas de sol como salido de una banda de rock. Sube también una mujer que se apea ya en la siguiente parada, frente a la gasolinera. En la primera parada de la Avenida de Velázquez sube un viajero y se baja otro. Las estaciones del Metro son ya visibles y el autobús circula con total soltura por unos carriles prácticamente desocupados. En la siguiente parada de la avenida baja la mujer del chándal rojo y suben una señora cargada de bolsas y un señor mayor con un sombrero tipo Panamá. En la parada de La Luz no hay intercambio de pasajeros, pero en Virgen de Belén suben otros dos usuarios, un joven que lee un periódico y otro señor que viste una gorra de pintor. En Puerta Blanca baja la chica de los auriculares. El Novotel despide un cierto aroma a hotel abandonado. El autobús deja a un lado el Polígono de la Azucarera con sus naves industriales cerradas, sus bloques de pisos, sus aceras llenas de coches mal aparcados y su estampa decadente. Una pintada invita en un muro a sumarse a la huelga general del 29 de septiembre. Después quedan al otro margen el acceso al Aeropuerto y el de la Base Aérea, sin nuevos pasajeros y sin bajadas. El aparcamiento de Ikea aparece ya con un nivel de ocupación notable a pesar de la hora temprana. El autobús toma la Carretera de Coín, donde asoma de manera ostentosa el luminoso de un club de alterne: Geisha imperial.

En la primera parada de la calle sube una joven vestida con ropa vaquera que se sienta en la parte trasera mientras la mujer que sigue hablando con la madre del niño de tres años pronuncia el siguiente comentario: "No todos los que van en silla de ruedas son minusválidos". En el centro comercial bajan tres viajeros. Las aceras presentan su anodina sucesión de naves, locales y tiendas. En la siguiente parada se apea otro usuario, antes de que el autobús salga de la vía mediante el acceso a la calle Julio Balbas. El paisaje cambia de manera radical, con urbanizaciones y chalets adosados en una amplia extensión sin apenas zonas comunes. En la parada de esta calle bajan tres pasajeros (entre ellos el niño de tres años y su madre) y sube uno. La misma tónica se mantiene en la calle Maestro Vert, donde no circula un solo vehículo y en la que apenas se ven vecinos asomados en sus casas. En el centro de salud no hay intercambio de pasajeros, pero sí en la parada de la Biblioteca Pública José Moreno Villa, donde se apean dos viajeros. Tras el cruce con el Camino de Torremolinos, el autobús llega a la calle Teresa Blanco. El perfil urbano vuelve a cambiar de forma brusca. Las viviendas siguen siendo en su mayoría unifamiliares pero ahora son todas distintas, aunque en su mayoría responden al modelo de casamata, encaladas, con macetas en las fachadas y con tejados tradicionales. El mercado exhibe un ambiente notable, propio de un pueblo cualquiera a esta hora del día. Un nuevo usuario se incorpora en la parada. El corazón de Churriana se revela con una municipalidad completamente distinta, como si el autobús cubriese un servicio provincial. El automóvil enfila la cuesta del Camino Nuevo, que se estrecha por momentos, y en la siguiente parada baja un pasajero. En el interior ya sólo quedan cinco. El vehículo se interna entonces en un entramado de calles por los que parece caber a duras penas y siempre en pendiente. Las aceras, sin embargo, están mucho más pobladas, lo que añade más emoción al viaje: hay niños jugando a las puertas de sus casas, jóvenes que pasean a sus perros, amas de casa que conversan fregona en mano y jubilados que observan el autobús con mirada inquisitorial. En el pequeño cementerio del núcleo, que tiene sus puertas abiertas, hay una parada de la línea pero nadie aguarda y nadie baja. A continuación queda a la derecha un enorme solar, que ocupa una gran extensión de terreno entre casas pequeñas en la que pastan dos caballos y en la que otro joven juega con un perro. Hay algunas cafeterías, en su mayoría vacías. En el cruce de Eduardo Palanca y Los Jazmines suben otros tres pasajeros. Uno de ellos es un adolescente que se sienta en la parte trasera, extrae un bocadillo envuelto en papel de aluminio de una bolsa, retira el envoltorio y empieza a comer con deleite. La señora que preguntaba por la mujer de su cuñado, que sigue a bordo, exclama: "¡Qué pechá!" mientras ensaya otra postura en el asiento. En la calle Caliza el chófer sortea una curva muy pronunciada antes de bajar una cuesta peligrosa y llega al IES Carlos Álvarez. En La Carolina sube un viajero y baja otro, igual que en la Plaza de Lola Flores, donde hay un parque de columpios arrasado por el maltrato. En la Huertecilla sube una mujer con su hija de no más de cinco años. Al fin, en la Plaza de la Inmaculada, la señora que buscaba a su compañera toca tierra. Diez pasajeros aguardan ya la salida a la Alameda. Son las 10:57. Fin del trayecto.

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